Aquella película contigo

Aquella pesadilla contigo /// Daniel Grilli

Aquella película contigo
Aquella pesadilla contigo
Por Daniel Grilli

1998… casi fin de siglo… la gran película espectacular para todos los gustos… Titanic… La sala de cine, necesaria para poder contener tamaña experiencia vicaria, debía poseer todos los requisitos que la pudiesen emparentar a un transatlántico: espaciosa; cómoda; cóncava; con dos niveles. Arriba, en la platea, cerca del cielo estrellado: la primera clase. Abajo, en la planta baja, al borde del nivel del mar: la clase plebeya; una total oscuridad alrededor del tragaluz rectangular que guiaba a la sala en su viaje frío, nocturno y solitario; y último, pero no menos importante… muchos, pero muchos pasajeros-espectadores (total, si nos íbamos a hundir todos en ese futuro fin de siglo, que fuese con imágenes en movimiento que pudiésemos recordar mutuamente).

Y ahí estaba, cual Di Caprio polizón, buscando una cómoda butaca en la platea salvadora, aunque repleta, de la primera clase. Me arrimo a una, en el medio de la sala, visión magnífica, sin cabezas molestas y cortantes delante de mí por la diferencia de niveles entre filas. Un lujo. Solamente una pareja algo mayor a mi derecha, perdón, a estribor. Ya no me quedaba más que apoyar plácidamente la cabeza y sentir que “el naufragar me es dulce en este mar”.

¡Cómo me equivoqué! Bien en el medio del viaje inaugural, durante alguna de las escenas descriptivas de la vida a bordo, mi acompañante de la derecha empieza a comunicarse con su esposa con un cierto y sospechoso afán didáctico: “Ahí, donde están paseando, es la popa: la parte trasera del barco…”. Y minutos después: “Y ahora, donde la pareja se abraza, tomados del mástil, estamos en la proa, la parte delantera…”. “Bueno” —me digo a mí mismo— “siempre viene bien un dato técnico para contextualizar un momento narrativo, anclar (¡anclar…!) la información, y continuar con la historia”. De hecho, la mujer se mantenía callada y, creo, sólo asentía con la cabeza, cosa que en cierta forma me daba la razón. Al poco rato, el hombre vuelve a la carga: “Este va a ser el primer y último viaje del Titanic…”. Y al rato: “Perdieron la vida miles de personas…”.

A esta altura, agobiado por el murmullo que ni los sordos sonidos de metal del barco podían disimular, ensayé mi mejor “¡Shhh!”. Ante lo cual, el experimentado capitán de fragata, respondió: “¡Tengo todo el derecho de hablarle a mi mujer!”. Ante lo cual reclamé inútilmente: “Pero no de molestarme con su voz”. A partir de lo cual, cada diez minutos, todos los pasajeros que merodeábamos las butacas cercanas al capitán, nos vimos inundados por una seguidilla de comentarios básicos, imposibilitados a su vez de evitar nuestro destino (por falta de butacas libres y, quizás, de coraje).

Pero el momento de la derrota final y el consiguiente hundimiento del sagrado pacto entre película y espectador, que se da cuando se produce una violación a la intimidad con las imágenes, se dio cuando, en la escena posterior al choque con el iceberg, mi querido almirante proclamó: “¡Y ahora van a empezar a subir a los botes… que lamentablemente no son suficientes!”.

¡Ya todo se había acabado! A pesar de que aún faltaba que el Titanic desapareciese de la superficie, que a Di Caprio se lo tragase el océano, y que los efectos especiales fundieran imágenes documentales con la fantasía de los personajes principales en el último adiós, mi ensueño se había quebrado definitivamente.

Al encenderse las luces al final de la función, y antes de que pueda dirigirle a mi vecino circunstancial algo así como mi cara de mayor odio posible, la realidad me dio la estocada final. Al levantarse de su butaca junto a su mujer, este destructor de ilusiones se dio vuelta hacia mi lado y dijo: “Tenía razón. Le pido disculpas si lo molesté”. Acto seguido él y su silenciosa pero cómplice esposa se retiraron del lado opuesto al mío (siempre por estribor), y desaparecieron llevándose mi desarmada ira.

Pero a pesar de la perplejidad que dejó en mí este desenlace, al final pude sacar en limpio una moraleja que atesoro desde aquella desafortunada vez: no hay iceberg que pueda hacer naufragar una semilla bien sembrada en el ánimo de la gente.

Hoy, después de tanto tiempo transcurrido, sólo espero dos cosas: por un lado, que mi vecino haya también atesorado con el tiempo esta experiencia, y que no haya vuelto a importunar a su ocasional vecino de butaca. Y, por otro lado, no tener la mala suerte de cruzármelo nuevamente cuando vuelva a ver Titanic en 3D. Por las dudas, esta vez llevaré conmigo un ancla tridimensional, que me prestó mi amigo Luis, ex cadete de la Armada. Y encima oxidada.

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Titanic (1997) | James Cameron

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