Mi primera película

¿Arcadia toda la infancia? (parafraseando a Guillermo Cabrera Infante) /// Adriana Carrión

Mi primera película
¿Arcadia toda la infancia? (parafraseando a Guillermo Cabrera Infante)
Por Adriana Carrión

Si hay un espectáculo, un entretenimiento, un arte que gozo desde mi niñez es el cine.

No tengo un recuerdo preciso sobre la primera vez que asistí al cine, sino una miríada de imágenes y sonidos, de títulos de películas, de cines barriales, de cines “del Centro”.

Allá lejos en el tiempo, con cinco años, recuerdo en el Cine Los Ángeles Dumbo, la película; salida con mis primas, sala a oscuras, cine lleno y pantalla gigante, y allí, un elefantito agitando sus orejas y volando… O, en el cine Moreno de Caballito, Los 101 dálmatas (de Walt Disney), con simpáticos perros manchados y crueles humanos que terminaban mal.

Más acá, a los ocho años, salida con mis padres, cine de barrio en Banfield, allí estaba Mary Poppins (de Robert Stevenson): Julie Andrews hacía cosas imposibles, como volar con un paraguas y solucionar los problemas cotidianos de unos niños. Luego de visto el film intenté saltar desde una escalera, con un paraguas en la mano, pero no me salió…

Y también, aquella película, Chitty Chitty Bang Bang (de Ken Hugues), en la que era un auto de carreras el que volaba ahora, transportando a sus ocupantes y a su creador, un joven Dick Van Dyke que nos introducía en múltiples aventuras.

También recuerdo el estreno, en el Cine Gaumont, de Esto es Cinerama (de Merian C. Cooper) y el imborrable vértigo producido por esa montaña rusa, de cuyo carrito caíamos al vacío o los picos nevados de las montañas, que casi podíamos tocarlos.

A estos recuerdos iniciales o iniciáticos en las lides audiovisuales se suma aquella salida compartida con mi amiga y sus primas: una salida transgresora. Fuimos al cine Temperley y ya disfrutábamos que el papá de Cecilia nos llevara a ver un film prohibido para menores de 14 años (claro teníamos dos ó tres años menos algunas de las chicas), pero con la autorización de un mayor, nos dejaron ingresar al cine. Además, nos dejó solas, con el compromiso de que al finalizar el film nos vendría a buscar a la puerta.

La película era Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli. Y no fue cualquier película. Una historia de adolescentes rebeldes que se aman y que harán lo imposible para superar las oposiciones familiares a ese amor. Una reconstrucción histórica deslumbrante con palacios, trajes, bailes, música. Ese relato coherente, ese drama de los amantes de Verona (tomado y escrito por Shakespeare) proponía un mundo —hasta ese momento inadvertido por mí— de pasiones, de pensamientos extremos, de luchas por el poder. Esas secuencias ofrecían una “re-creación” de la vida, de otras vidas, diferentes, pero en esencia similares a la de cualquier espectador.

En definitiva, esa alquimia de imágenes y sonidos —de ese “mago” que es el cineasta— me transportaba a un lugar idílico, a una “arcadia”, en la que frente a una pantalla, en la oscuridad de una sala, pasé los mejores momentos vividos.

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Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, 1968) | Franco Zeffirelli

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