Nuestra última película

Argo /// Natalia Taccetta

Nuestra última película
Argo
Por Natalia Taccetta

El 4 de noviembre de 1979, la revolución en Irán alcanzaba un punto álgido. Un grupo de militantes irrumpían en la embajada de Estados Unidos y tomaba cincuenta y dos prisioneros, pero seis lograron escaparse refugiándose en la casa del embajador de Canadá. Ben Affleck sale al rescate en su calidad de eximio agente de la CIA. Se le ocurre un plan arriesgado, absurdo: fingirá ser productor de una película canadiense y, junto a su equipo igualmente falso, intentará salir de Teherán.

Habían elegido esa película por algún motivo. Porque Affleck es mejor director que actor —aunque aquí actúa— o porque hacía mucho calor y había que entrar a algún lugar con aire acondicionado, o porque las películas basadas en hechos reales generan alguna conversación interesante después del cine. Se trataba de una operación “clasificada” de la CIA que había sido “desclasificada” en 1997. Eso le daba algún interés extra, aunque no existió una conversación posterior, ni un café, ni siquiera una caminata muy prolongada. Él se tenía que ir como siempre. Pero lo más importante es que habían decidido ir al cine para uno de sus encuentros, sin saber —o sí— que sería de los últimos.

Era el 8 de noviembre. Por más que lo intentaba, ella no encontraba ninguna relación entre esa fecha y alguna de las que resultaban significativas y, sin embargo, la recordaría con más exactitud que otras: no era el día en que se habían conocido, ni el día en que habían comenzado su vida juntos, ni aquel en que habían decidido convivir, ni alguna fecha en la que hubiesen viajado, ni el día en que se habían separado. Era, simplemente, el día de su último encuentro.

Esta última salida y la película tenían algunas cosas en común: había una historia de amor trunca, un hombre de pocas palabras y algunas situaciones fingidas. En la película, la CIA queda representada por un agente impecable y valiente, todo el crédito se lo lleva Estados Unidos, la participación del gobierno canadiense y su embajador queda minimizada y Méndez recibe la “Estrella de Inteligencia”, un premio que no debía mostrar a sus amigos por el carácter confidencial de la misión. En la realidad, él está en pareja y ella finge que no lo sabe.

La película pone en escena el recurso más viejo del cine: la representación en la representación (treta autorreflexiva que encanta al cinéfilo más ordinario), pero le agrega un nivel más al volver controvertidos algunos aspectos de la historia real, o mejor, al mentir descaradamente sobre cómo fueron las cosas. Lo mismo pasaba con ellos muchas veces, aunque siempre lo hacían para seguir viéndose motivados por un afecto difícil de catalogar al que él no quería poner etiquetas. Aparentemente, la película no explora el alcance de la actuación canadiense con justicia (resumiendo incluso dos personajes importantes en uno solo) dado que fueron ellos quienes más se preocuparon por obtener los visados falsos, los pasajes de avión y el acento canadiense de sus futuros fugados. Parece que el gobierno de Canadá no se mantuvo inmóvil esperando el accionar de la CIA y que la misión “Argo” no era el modelo de cooperación internacional que Affleck dibujó. Ellos salieron hablando de eso, coincidiendo en que la película hace quedar muy bien a la inteligencia norteamericana, que eso hacía a la película “insalvable” y él hasta recordó un documental que podía funcionar como el complemento perfecto de la versión yanqui. A pesar de que ya había un abismo entre ellos, pudieron intercambiar algunas ideas como si el tiempo no hubiera pasado y como si no le hubieran perdido el gusto a ver películas juntos. No dejaron de mencionar que lo más indignante era el clímax en el que la película derrapa en un mar de clichés con iraníes encandilados hasta el ridículo con el merchandising de una película de ciencia ficción. O tal vez se fue volviendo indignante con los días como algunas otras cosas.

Aunque llena de mentiras, la película entretiene mucho. Tiene todos los elementos que para ella hacen la ecuación cinematográfica perfecta: trasfondo histórico, imágenes pseudo-documentales, ambientación de los años setenta, pantalones Oxford y galán al frente del elenco. Él sabía que para ella eso bastaba. Sabía que ella huía por igual de Mel Brooks que de Straub y Huillet. Sabía que los setenta tenían el encanto de las buenas películas de Lumet y Argo tenía algo de eso. Sabía todo, los dos sabían todo. Y, aunque los pasajes los hubieran comprado los canadienses y no los norteamericanos, aunque el farsi no les hubiese permitido burlar a los temibles guardias iraníes, aunque no hubiera existido la persecución de aviones en la historia real, algo de verdad había en esa película: los dos estaban allí, muertos de frío ahora por el aire acondicionado, en la sala oscura como tantas veces y como ninguna más. ¿Qué podía importar que Argo fuera un panfleto y no una rigurosa película histórica? ¿Qué importaba eso si por dos horas todo volvía a ser como antes? ¿Qué importancia tenía que nada en la película fuera cierto si había vuelto realidad ese último encuentro?

En la realidad, salen del cine debiendo esquivar una muchedumbre infame que toma las calles para un cacerolazo y casi no vuelven a verse. En la película, el héroe recupera a su familia, los rehenes son liberados, Estados Unidos festeja. Hollywood es una gran fábrica de fantasías. Quedaba comprobado una vez más.

//////////////////////

Argo (2012) | Ben Affleck

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.

Copyright © 2022 - GrupoKane

Salir de la versión móvil