Nuestra última película
Arqueología de la cinefilia
Por Edgardo Cozarinsky
Recuerdo salidas de sábado a la tarde, a mis trece o catorce años de edad. A la mañana llamaba a un amigo de Banfield para consultarle sobre la cartelera de esa localidad o de Lomas de Zamora. Elegíamos entre los programas dobles, aun triples, aquellos que incluían films “prohibidos para menores de dieciocho años” en la capital. A veces nos conformábamos con “prohibidos para menores de dieciséis”.
Los jóvenes me escuchan, incrédulos, evocar los tiempos en que la censura cinematográfica reinaba en la Argentina. Con el paladar estragado por la pornografía hoy accesible en Internet, ríen al oír hablar de cortes abruptos en medio de una escena cuando amagaba con asomar algún casto desnudo, o de películas llanamente prohibidas.
Hubo un momento en que la censura no fue nacional, y en la provincia de Buenos Aires era menos rígida que en la Capital Federal. Tampoco las restricciones de edad eran observadas en el Gran Buenos Aires con tanto celo como de este lado de la General Paz. Algunas salas suburbanas exigían el acompañamiento de un “adulto responsable”. Más de una vez pagamos la entrada a una señora con aspecto de tía o a un hombre remilgado, personajes que merodeaban a la entrada del cine, a la espera de hacer de padre o pariente ante un boletero desconfiado. Una vez en la sala los perdíamos de vista. Eran tiempos en que no circulaba la palabra pedofilia.
(En este aspecto la Argentina de Apold no igualó al obtuso sistema de la España de Franco. Pienso que se debió, por lo menos en parte, al hecho de que el público local, habituado a leer subtítulos, recibió con risas el acento caribe que usurpaba la voz de Ingrid Bergman o de Charles Boyer e hizo fracasar el sistema de doblaje que las compañías norteamericanas intentaron imponer durante un breve período a mitad de los años 40. En Alemania, Italia y España, el doblaje imperó junto con el fascismo e iba a sobrevivirle. Gracias al doblaje, servidor de la censura española, en Mogambo, inocuo film de 1953, una pareja de marido y mujer fue convertida en hermano y hermana con la intención de escamotear un adulterio más o menos consentido; la operación enriqueció al film con la sugerencia, muy apreciada por un público alerta, de una relación incestuosa.)
¿Cuál fue el último film que vimos en esa semiclandestinidad suburbana? No puedo estar seguro. Creo que fue Días de odio de Torre Nilsson.
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Días de odio (1954) | Leopoldo Torre Nilsson

























