A la salida del cine
Asa Nisi Masa
Por Felipe Fernández
Salen del Arte. Durante la primera cuadra Arturo no dice nada y Fabián se confía en que esta vez puede ser distinto. Eduardo, Sergio y Mario caminan más adelante. A Eduardo todavía le dura el encantamiento onírico de la escena del comienzo donde Guido está atrapado en un auto en medio de un atascamiento de tránsito.
—Al principio esa sensación de ahogo —dice—. La angustia. Después la liberación de volar sobre el mar.
—Asa nisi masa —repite Sergio, fascinado por las enigmáticas palabras que la telépata lee en la mente de Guido—. ¿No será la clave? ¿El Rosebud de Fellini?
Mario se debate entre Claudia Cardinale, Anouk Aimée y Sandra Milo. Se le ocurre que entre las tres podría diseñarse la mujer perfecta. Entonces Fabián, seguido por Arturo, se acerca a ellos y se refiere a la danza del final con todos los personajes y les pregunta si no asociaron esa imagen a la de la danza de El séptimo sello. Eduardo va a responder algo, pero Arturo lo interrumpe:
—Esto no es cine. Es una porquería que nadie entiende.
Lo dice en el tono paternalista de siempre. Ni Eduardo ni Mario ni Sergio le hacen caso. Vuelven a Ocho y medio como si Arturo no hubiese hablado.
—Parece mentira que sea de 1963 —dice Eduardo—. Pasaron once años y no envejeció nada.
Mario habla entusiasmado de la escena con el Cardenal, de los recuerdos infantiles. De los baños. De la mujer de la playa.
—Saraghina.
—Típica de Fellini.
—Sí, igual que la Volpina y la tabaquera de Amarcord.
Fabián les cuenta que los distribuidores norteamericanos querían convencerlo a Fellini de colorear las escenas de sueños de Ocho y medio para que el público entendiera mejor la película. Todos se ríen. Menos Arturo, que sacude la cabeza con incredulidad.
—Esta es la primera y la última película de Fellini que veo en mi vida —sentencia.
Eduardo, Mario y Sergio empiezan a caminar más rápido. Se separan de Arturo, pero Fabián queda rezagado, bastante cerca de él como para escuchar su próximo comentario:
—Y esa musiquita ridícula. No la soporto.
Fabián lo empuja y le grita:
—Por qué no te callás, Mr. Jones. Sos una máquina de decir boludeces.
Enseguida se arrepiente. Tiene miedo de no poder contenerse y empezar a los sopapos como otras veces. Fabián no entiende qué hace Arturo con ellos, por qué se empeña en buscar su compañía. Lo trajo Eduardo, que lo conoció en la Facultad de Derecho, donde él cursa primer año sin mucha convicción, mientras trabaja unas horas de cadete en el estudio de su padre. Mario bautizó a Arturo el Espécimen. Su primera experiencia con él fue nefasta. Estaba en el cuarto de Eduardo mirando un libro sobre Gaudí, uno de sus héroes arquitectónicos; Arturo entró, vio las fotos de los edificios y comentó: “Este tipo es de los más retorcido”. Mario lo tomó de punto enseguida. A Sergio, que estudia psicología, le parece un caso interesante. “Un producto inocuo de la represión burguesa”, lo define. Eduardo y él han sido los más tolerantes con Arturo, pero de vez en cuando los enfurece, como cuando les saca del tocadiscos un long-play de Hendrix que todos están escuchando en actitud de adoración y quiere convencerlos de que lo que toca Hendrix es puro ruido. O la vez que habló de la “deformidad” de la tapa de Artaud y criticó las letras: “Nadie en su sano juicio —se burló— puede cantar eso de ‘la sangre ríe idiota’.” Lo mismo pasa con las películas. Lo llama a Eduardo, se entera de que irá al cine con Fabián, Mario y Sergio. “¿Qué van a ver?”, pregunta. Eduardo siempre le advierte que la película no le va a gustar, pero Arturo se aparece igual y a la salida empieza con sus comentarios despectivos: “Lo único bueno de Busco mi destino son las motos.” “A Rey por inconveniencia le falta gancho.” “No entiendo qué le ven de divertido a ese Buster Keaton.” “Las de Bergman son sólo aptas para psicoanalistas.” “Woodstock es la muestra más clara de la decadencia de Occidente.” “Ni Jacqueline Bisset puede salvar a La noche americana, que es otro bodrio típicamente francés.” “Por lo menos estoy de acuerdo en que la hayan titulado El ángel exterminador, porque esa clase de película extermina espectadores.”
Las frases invitan al insulto y a reacciones más desaforadas como un cachetazo para castigar la ofensa estética y para humillarlo. Lo más irritante es que Arturo no se defiende, acepta el maltrato con un aire de mártir sabelotodo. Fabián —que cursa quinto año y lo llama Mr. Jones en alusión al personaje de una canción de Bob Dylan— sospecha que la mansedumbre de Arturo esconde una especie de oscuro masoquismo, una afición al desprecio que practica de manera solapada para atraparlos a ellos en su juego, provocándolos y hurgando en sus zonas más irascibles para extraerles pequeñas gotas de sadismo. Una vez lo conversaron con Eduardo, Sergio y Mario. Le pidieron a Eduardo que le dijera a Arturo que no viniera más. Fabián fue el más insistente. Eduardo dice que le habló. Dice que Arturo no le da importancia a los insultos ni a los sopapos, que no se siente maltratado. Y Arturo siguió apareciendo.
Fabián ya no sabe qué hacer. Por eso apura el paso, casi empieza a correr para alejarse de Arturo y se reúne con sus amigos que lo esperan en la puerta de una pizzería. Arturo los alcanza, hay unos segundos de fastidio hasta que él se disculpa por no poder acompañarlos porque mañana tiene un parcial. Se despiden con alivio y entran. Ocupan una mesa, piden cerveza y una pizza napolitana. Desde su lugar Fabián puede ver la entrada y descubre que Arturo se quedó afuera y los mira. En sus ojos presiente una envidia triste, una soledad de patíbulo y por fin se da cuenta de que a Arturo le gustaría poder entrar a la dimensión que ellos habitan: una dimensión donde Ocho y medio, Rey por inconveniencia, Busco mi destino y tantas otras películas le parecerían maravillosas. Una dimensión donde la música de Hendrix le resultaría paradisíaca, admiraría la tapa de Artaud y entendería por qué la sangre ríe idiota. O podría gozar de la sensualidad arquitectónica de Gaudí. Pero esa dimensión le está vedada. Fabián trata de imaginarse lo que siente Arturo y lo invade una frigidez espiritual que lo horroriza. Es como perder el sentido del gusto ante un banquete formidable. A Arturo —piensa, mientras toma el primer sorbo de cerveza— le falta Asa nisi masa, la frase mágica de Ocho y medio. No puede pronunciarla y sin ella —sin esa contraseña— jamás alcanzará los dominios donde otros celebran catarsis, transfiguraciones y misterios eleusinos. Ya no le sirve negar obsesivamente los prodigios que desfilan frente a sus narices o creer que a fuerza de sopapos e insultos lo dejarán entrar. Fabián toma otro sorbo de cerveza. Casi siente lástima. No les dice nada a sus amigos, pero sabe que Arturo no volverá a aparecer.
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Fellini 8½ (8½, 1963) | Federico Fellini