Aquella película contigo
Aunque no lo veamos, el Troll siempre está
Por Fabio Villalba
a J. M.
Corría febrero de 2010. Una joven pareja se arriesgaba a llevar a cabo una tarea casi imposible: ver Avatar en el Imax. Derrotados por un mísero cartel de “Entradas Agotadas”, los jóvenes decidieron ir al otro cine ubicado en el mismo complejo. Luego de descartar forzosamente la primera opción, la película a elegir era una obviedad para ambos: el reestreno en 3D de Toy Story.
Pero estos jóvenes, que creían haber visto la película, no sabían lo que les depararía el destino: en esa proyección descubrirían cuál era el elemento más importante del film. Un elemento que estaba a ojos vista, y que sin embargo parecía estar oculto, secretamente guardado… Durante esa proyección ambos jóvenes descubrieron… ¡al Troll!
Sí, el Troll (o la Troll, teniendo en cuenta que viste bikini). Ese muñequito con cara de viejita (no stone) y pelo rosado de gran altura. Todavía no sé qué es lo que hizo o qué le vimos, pero apenas apareció nos empezamos a reír a carcajadas. Por suerte la sala estaba vacía y no hubo testigos de nuestro descubrimiento. No podíamos —ni queríamos— revelarlo: ¡la clave de Toy Story era el Troll! Era el mejor personaje, ya que nos hacía reír con su sola intervención (o no-intervención, ya que no hacía más que aparecer en cuadro).
La charla post-película rondó un único tema. Y era obvio, así tenía que ser, dado tamaño descubrimiento. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo lograba ser tan efectivo con apenas tan poco tiempo de aparición? ¡Tenía menos minutos en pantalla que el Alien en Alien! Y encima la película no giraba en torno a él (aunque secretamente sí… los iniciados lo sabemos…).
Lo analizamos desde todos los aspectos: ¿Era su exagerada cantidad de detalles para ser un personaje secundario? ¿Eran sus ojos diabólicos pero adorables a la vez? No pudimos conformarnos con una sola respuesta, tal vez no la haya.
El reestreno en 3D de Toy Story 2 nos encontró en la ciudad de Rosario. Teníamos que verla, no podíamos faltar a la cita con él. Fuimos a uno de los shoppings de dicha ciudad, pagamos la entrada y nos acomodamos en la sala, expectantes de su aparición. Si bien mis recuerdos no son precisos, estoy seguro que charlamos acerca de él. Yo ya había visto la película, pero claro, no había sabido ver, ya que no recordaba sus apariciones. No recuerdo si ella la había visto. Pero lo importante es que él no nos defraudó: sus rasgos marcados, sus ojos saltones, su vertical peinado, todo estaba ahí nuevamente, para el disfrute de dos tarados que se reían sólo con su aparición
Pasó un poco de tiempo hasta que llegó Toy Story 3. Ahora que lo pienso, siempre pasa un poco de tiempo. Todo el tiempo pasa un poco de tiempo. Pero bueno, ustedes me entienden.
La emoción por el Troll se había diluido, pero yo sé que en nuestro interior había algo latente. Sé que cada uno de nosotros dos estaba esperándolo, aunque no lo supiéramos de manera consciente. Y fuimos harto recompensados por esa espera. Los muchachos de Pixar lo sabían. Sabían nuestra historia con el Troll. De alguna manera habían advertido nuestro descubrimiento —y fascinación—. ¿Sino cómo puede explicarse que en el arranque de la película haya un tren lleno de Trolls? Era orgiástico. La multiplicación del bastión, del pilar de la película, nos hizo delirar.
En esa proyección nos sentamos separados, quizás como un anuncio de lo que iba a venir. Habíamos ido al Imax —esta vez logramos conseguir entradas—, y para no sufrir los asientos delanteros preferimos sentarnos en butacas separadas, con un pasillo de por medio. Pero cuando aparecieron los Trolls esa distancia se esfumó. Nos miramos y reímos. Ambos lo sabíamos: Ese tren estaba ahí para nosotros.
El Troll no volvió a aparecer por el resto de la película. Sin embargo, cada tanto volvía a fijarme en las reacciones de ella. Mas no volvimos a cruzar miradas hasta que terminó la proyección.
Hacia el final, con la despedida de Andy a sus amigos, volví a fijarme en ella. Tenía sus ojos llenos de lágrimas, como así también estaban los míos. Obviamente no era sólo Andy: nosotros también estábamos despidiéndonos de Woody, de Buzz, de Jessie y del resto. Pero en nuestro caso particular lo más doloroso era que también nos despedíamos del Troll y su fugaz estrellato en nuestra vida.
Tiempo más tarde, la joven pareja tuvo su despedida. También entonces sus ojos estuvieron llenos de lágrimas. Pero esa es otra historia…
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Toy Story (1995) | John Lasseter
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