A la salida del cine
Avant Premiere
Por Diego Sabanés
Tiene las manos sudadas. Aprieta la baranda de bronce y escucha el sonido molesto. Frota las palmas sobre el empapelado, que parece más una alfombra que un papel.
—No se puede estar acá.
La voz llega desde el otro extremo del pasillo. Los pasos apenas se escuchan, amortiguados por esa mata de pelo azul y rojo que continúa por las paredes, envolviendo todo el cine.
—Soy el director de la película.
—¿De qué película?
—La de la sala 3.
—¿Te sentís mal?
—Un poco.
—¿Querés salir a tomar aire? Hay muchísima gente.
—Son los nervios, supongo.
—¿Es tu primera película?
—Sí.
—Qué bien. ¿Estás contento?
—No. Me quiero morir.
—¿Por qué?
—No sé. No la puedo ver. Lo único que veo son los errores. Todo lo que tendría que haber hecho distinto. Ahora lo veo tan claro que me da vergüenza que la película se muestra así…
—¿Y hay muchos críticos?
—No, peor: colegas, gente del medio. Algunos amigos… Y todo el equipo. Encima hay una fiesta…
—Así como lo contás suena todo muy bien. ¿Dónde es la fiesta?
—En un bar de Palermo. Tomá. Si querés pasar, esta es la tarjeta.
Otro acomodador se acerca por el pasillo hasta la puerta de la sala 3 y la abre. Desde adentro llegan aplausos, cada vez más fuertes; un oleaje que sube hacia ellos. El director debutante se escapa antes de que la marea lo arrastre. Sube las escaleras circulares. Piensa si debería irse en un taxi. De pronto alguien lo detiene.
—No pude llegar a la función. Estaba en un evento en la Embajada de Francia, pero quería saludarte. ¿Cómo fue?
—Todo bien. Sí. Gracias por venir.
—Estás pálido.
—No comí nada en toda la tarde.
—Te están buscando para saludarte.
El director debutante sonríe. Ya no hay forma de huir. Un amigo lo abraza efusivamente. El gestor cultural se aleja para saludar a la protagonista, que sigue con sus anteojos ahumados. El amigo le sacude los hombros al director.
—¡Qué emoción ver tu película, después de tantos años, tanto esfuerzo!
—Sí, sí. Es todo un delirio.
Por detrás ve pasar a los invitados. Algunos se están acercando. Otro director joven se escurre para no mentir algún elogio. El debutante les da la espalda. Pero la actriz amiga aparece por el otro lado.
—¡Qué grande!
—Gracias. ¿Trajiste tu auto?
—¿Mi auto? Lo vendí el año pasado. No tenía un mango…
—Perdón. ¿Se conocen? Fer, Mary… ¿Luciano vino en auto?
—Sí. Lo fue a buscar.
—Vámonos.
Agarra del brazo a los dos amigos y los obliga a girar. Bajan por la escalera, mezclándose entre los espectadores de las otras películas.
—Esperá. La gente te quiere saludar.
—No puedo. Vámonos.
En el auto apenas caben los cuatro. Luciano maneja. Fernando va de acompañante. Mary y el debutante van detrás, casi escondidos.
—¿A dónde vamos?
—A la fiesta.
—¿Pero dónde es?
—No sé. Le dí la tarjeta a alguien. Vámonos a otro lado. A una pizzería…
—Yo la tengo, la tarjeta.
—No quiero ir.
—¿Cómo no vas a ir? Es tu fiesta.
—No quiero ver a nadie. No se rían… Lo digo en serio.
—Bueno, estás en mi auto así que ahora no te podés escapar.
—Un rato, nada más. Por favor…
—Dale…
Dan muchas vueltas para estacionar. En la puerta del local esperan un par de amigos, fumando. El director de arte es el primero en recibirlo.
—¿Dónde estabas? Todo el mundo pregunta por vos.
Mientras hablan le acomoda la ropa: le quita un echarpe blanco y le cierra un botón de la camisa.
—Esto no. Mejor así. Dame que te lo guardo. El chaleco te queda muy lindo.
—Es lo único que me compré para el estreno. Mirá los zapatos. No, mejor no los mires.
—Igual hay tanta gente que no se ven los pies de nadie.
Y es cierto: hay más gente de la que cabe. Al cruzar la puerta todos los invitados se giran y uno empieza a aplaudir. Los demás lo siguen. Pequeña ovación. Por primera vez el director debutante sonríe. Una sonrisa incómoda; no sabe dónde meterse.
El local es un viejo PH convertido en bar. Su micromundo de estos últimos meses está ahí: los actores, los técnicos, los amigos… La rubia-que-lo-acompaña-a-todas-partes se acerca con un gin tonic para él y una cerveza en la otra mano.
—Creí que te habías fugado.
—Lo intenté, pero no me dejaron.
—¿A dónde te ibas a ir?
—No sé. El cine estaba lleno de gente que no quería ver. Tampoco quiero estar solo. O sea: no quiero tener ahora esta multitud y después llegar a casa y que no haya nadie…
—¿Es una invitación? Tarde piaste…
La directora-joven-con-más-experiencia se acerca con un whisky.
—¡Salud! Ahora a disfrutar. Emborrachate y no pensés en nada más.
—Estábamos hablando de eso. Quiero no pensar. Desconectar el cerebro. No soporto ver la película.
—Es típico. Nos pasa a todos. En el rodaje tomás un montón de decisiones que te parecen las más sensatas, o las únicas posibles… y después te pasás meses editando, sonorizando, mezclando… Y volvés a ver cada plano veinte veces…
—Y te querés matar.
—Hablá con cualquier director: ninguno vuelve a ver sus películas. Y preparate para los festivales. Vas a contestar cuarenta veces las mismas preguntas. Te conviene llevarte algo armado, para que escriban lo que vos querés, no lo que vean. Hacé como Almodóvar, que habla de todos los problemas de sus películas como si fuesen decisiones.
—No sé a qué festival le puede interesar esta película… El cine que esperan de un director joven es más despojado… El otro día pensaba que se podría formular un axioma de los festivales de cine, como esos derivados de la Ley de Murphy. Sería así: “la probabilidad de que una película compita en un festival clase A es inversamente proporcional a la duración del tercer acto”.
—¿Cómo, cómo?
—Si la historia tiene un final abierto, apenas sugerido, hay buenas chances. Si tiene un tercer acto donde todo cierre, mal asunto.
—Yo diría que es directamente proporcional a los contactos del productor.
—Cierto. Y también a la fama del director, porque si es la película nueva de un consagrado, no importa si es genial o es un desastre.
Otro actor se suma a la conversación.
—¡Salud, director! Ahora, a pensar en la próxima.
—Eso.
—Uf, dejame procesar todo lo que pasó en estos años. Además, hay un montón de temas por resolver todavía. La contabilidad de esta película es como el asesinato de Kennedy: todo el mundo tiene una versión distinta…
—Disfrutá el momento.
—Sí, qué fácil decirlo. Lo primero que tengo que hacer es volver a la tele a generar guita. Estos meses sin trabajar me van a pasar factura.
—¿Vamos a fumar afuera?
En la vereda hace frío. Es invierno y el joven debutante, ya más relajado, comparte un cigarrillo con la rubia-que-lo-acompaña-a-todas-partes. Han pasado un par de horas. Fuman en silencio. Sólo llega el ruido de la fiesta cada vez que alguien abre la puerta.
—Todos conversan, pero nadie baila.
—Nos vamos poniendo viejos.
—Por favor, que ya estoy bastante bajoneado… ¿Sabés? Estoy contento de terminar esta etapa y al mismo tiempo me da miedo lo que vendrá. Es como que ahora, en lugar de estar más seguro por la experiencia, siento que soy más consciente de todo lo que me falta por aprender.
—Bueno…
—¿Bueno?
—¿Qué querés que te diga?
—A veces tu sinceridad me mata. ¿No me traés otro gin-tonic?
—Pero comé algo que te va a caer mal.
—Traeme algo de comer, también. Dale…
El director debutante se queda en la puerta. Fuma la última calada. Tira el cigarrillo. Se mete las manos debajo de las axilas.
—Hola…
—Hola. Ah… Qué sorpresa…
—Al final me animé, ¿viste? Es que vivo cerca.
—Muy bien.
—¿Estás mejor ahora? En el cine parecía que te ibas a desmayar.
—Estoy un poco borracho así que mucho mejor. Qué bueno que viniste.
—¿Entramos?
—No sé… Hay demasiada gente. ¿No conocés algún lugar más tranquilo? No se puede estar acá.

























