Mi primera película
Ayer y hoy
Por Griselda Soriano
No sé cuál fue la primera película que vi. No importa cuánto lo intente: todos los recuerdos de las películas de mi infancia están amontonados sin ningún tipo de orden, mucho menos cronológico. No quiero preguntarles a mis padres: tampoco quiero imponerme uno de esos recuerdos inventados que se tejen apenas uno escucha de boca de otro una anécdota de su infancia.
Recuerdo, sin embargo, muchas cosas: cines viejos que hoy ya no existen, la magia de descubrir que también se podía tener cine en casa —¡el VHS!—, miles de fragmentos de películas para chicos, algunos fragmentos de películas para grandes. Pero entre todo eso, hoy, ante semejante tarea de memoria, sobresale una película. No sé si fue particularmente significativa para esa Yo de hace más de veinte años atrás, pero volvió con violencia a instalarse en mi memoria hace poco, aunque de ella no guarde más que un caleidoscopio de sensaciones.
Recuerdo muy bien la melodía y algunos fragmentos de la canción que abría y cerraba la película, que no podrían encajar mejor en medio de todo esto: Primera emoción que sentí / Recuerdos que el alma guardó… Tal vez alguien ya lo haya adivinado: la película de la que estoy hablando es Ico, el caballito valiente (1983), de Manuel García Ferré.
Si no estoy inventando este recuerdo, debía tener unos cinco años cuando vi la película, porque sé que se estrenó en 1987. Recuerdo poquitas cosas de mi experiencia como espectadora precoz: un campo, un castillo, un rey, una campana, animales, canciones, una historia de amor entre un rubio campesino con deseos de grandeza (Ico) y una princesa de pelo negro (Preciosa), una madre, un malo malísimo, un miedo difuso, unas cuantas lágrimas. Escribo esto sin haber corroborado todavía cuántas de esas cosas son ciertas; ya habrá tiempo más tarde.
La recuerdo, sí, como una película “para llorar”: tampoco sé si fue la primera vez que lloré en el cine, pero no olvido ese final. Ico tenía que elegir entre una vida en el castillo, junto a Preciosa, como caballo del Rey (su sueño, o al menos su sueño inicial), y una vida en el campo, con su familia y amigos, que siempre lo habían apoyado. Vaya encrucijada trágica, rematada con un plano lastimero de todos los que lo querían mirándolo desde afuera de las murallas del castillo. De eso sí que me acuerdo. Pero como don García Ferré no era (tan) sádico, al final Ico entendía que podía tenerlo todo: el amor y la libertad. Y corría, corría y corría por el bosque, como al principio de la película, pero ya no estaba solo: lo acompañaba Preciosa. Y sonaba, otra vez, la canción: Perfumes que el aire guardó / Sonidos que vuelven a mí / Con la emoción de recordar… Me pregunto hoy cuantas cosas como esa me habrán enseñado las películas.
Lloré mucho con ese final. Cuando un chico llora en el cine sus padres siempre intentan consolarlo diciéndole “Es una película”. Les recomiendo que no se molesten y que no lo subestimen: sé tan bien hoy como cuando tenía cinco años que una película es una película, pero sigo llorando.
Recuerdo un cine que bien podría ser el General Paz. O bien podría estar inventándolo, porque —casualidad o no— es el último cine al que fui, justo ayer. Me pone un poco triste ahora ver lo que le han hecho los años, y me pregunto si las butacas y los pasillos pensarán lo mismo de mí. Espero que no.
Recuerdo que tenía un Ico de juguete: no era tan lindo como Mi Pequeño Pony, era flacucho, cabezón, un poco desproporcionado y las patas articuladas no tenían mucha lógica, pero yo lo quería igual. También tenía dos imanes —de esos viejos, de madera pintada— con los que jugaba de vez en cuando en la puerta de metal del lavadero: uno de Ico y otro de Preciosa. Además, y de esto sí estoy segura, mi primera banda sonora fue la de Ico. Un disco (de pasta) que escuché una y otra vez.
Nunca volví a ver Ico. Mi caballito de juguete se perdió quién sabe dónde, y el disco debe estar durmiendo en alguna caja, en algún rincón de casa. Ico y Preciosa, sin embargo, siguen cabalgando en mi heladera, y yo de vez en cuando tarareo “El lugar donde nací”.
Pero no fue ninguna de esas cosas la que me llevó a acordarme de la película hace poco, porque canto la canción casi sin darme cuenta, y debo reconocer que los caballitos-imanes pasan desapercibidos en medio del resto de los pobladores de mi heladera. Fue algo más. Una de esas cosas que trastocan los recuerdos.
Hace no mucho alguien me dijo que en Ico, el caballito valiente había algunos elementos alegóricos que remitían a la dictadura. Me salió un “¿¡qué!?” del alma. Fue como un golpe helado que ilustró en un instante la triste diferencia entre “ser chico” y “ser grande”: perder, en todo sentido, la inocencia. Porque sí, aunque recordaba -y sigo recordando- poco y nada de la película, supe que era así, y que, aunque no había forma de que mi Yo de cinco años hubiera podido verlo, mi Yo de veintipico ahora estaba convencido: todo eso estaba ahí. Las desapariciones. El miedo. El “no te metas”. La madre con un pañuelo en la cabeza. Me dio un escalofrío. Me pregunté si algún padre habría usado la película para intentar explicarles a sus hijos tantas cosas atroces. Y el caballito me pareció todavía más valiente, aunque es raro pensar que García Ferré pueda haber tenido algo que ver con eso: recordando el conservadurismo de la vieja revista Anteojito (otro pedazo de infancia), dudo que una crítica política haya estado entre sus intenciones. Por otra parte, la película se realizó a fines de la dictadura y sólo años más tarde pudo estrenarse, y nadie iba a andar repitiendo tantas veces la palabra “desaparecidos” en ese contexto sin darse cuenta de lo que estaba diciendo. Me contaron que incluso cuando le preguntaron a García Ferré por esas evidentes referencias las negó por completo. No cabe duda de que alguien se encargó de ponerlas ahí, pero para mí su origen sigue siendo un misterio.
El recuerdo inocente que me había construido quedó atravesado para siempre por esa revelación. Y ese miedo indefinido, que había sentido de chica, unido al horror de un tiempo que no viví pero que recuerdo, como un negativo de otras experiencias —como la de ver la película— que no recuerdo, aunque las haya vivido.
Como decía, no volví a ver la película; al menos no todavía. No sé si quiero —si me atrevo— a cambiar mi no-recuerdo de infancia por esta certeza oscura que ya lo ha invadido. Por el momento sigo cantando: Primera emoción de vivir / Refugio seguro y feliz… Y, ahora que lo pienso, también esas palabras cobran un nuevo sentido.
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Ico, el caballito valiente (1981) | Manuel García Ferré