A la salida del cine
Barco negro al Sol
Por Raúl Camargo Bórquez
Recuerdo perfectamente aquella vez que, siendo niño, vi por primera vez…
No, en realidad miento.
En realidad, no lo recuerdo.
Siempre he visto con sospecha a aquellas personas capaces de, a manera de autobiografía, hilar su vida en base a una serie de acontecimientos que los llevaron, cual relato cinematográfico, a ser lo que son. Quizás mi amor por el cine experimental provenga de allí, de esa posibilidad de desestructurar el relato. Quiero creer que viene de allí.
Retrotrayéndome en el tiempo, no recuerdo absolutamente nada de mi primera proyección, de esa primera vez en la que fui al cine.
Posiblemente dormido, probablemente siendo aquel bebé que hoy veo en sala llorando junto a una madre que miro con desdén.
Quizás fui ese niño. O quizás no fue que dormí, sino que soñé profundamente gracias al cine.
Lo que si recuerdo es que película fue E.T.: El Extraterrestre.
Gran parte de mis amigos tuvieron una formación cinéfila, una memorabilia emotiva ligada a los grandes clásicos de los 80’. No fue mi caso. Y el hecho que posiblemente me haya dormido todo E.T. en aquel año de 1984 —1985 quizás— marcó un derrotero lejano a la cultura pop, a los grandes relatos y los recuerdos y cofradías asociadas a ellos. Escenas emblemáticas que marcaron a toda una generación de la que no fui parte.
Lo que si recuerdo vívidamente fue la salida de la sala: una luz brillante, que hacía que el cemento del centro de Santiago de Chile pareciera una arena radiante, interrumpida por una serie de piernas que caminaban frenéticas. Recuerdo a mi madre preguntándome “¿Qué te pareció la película?”. Recuerdo nítidamente cómo comenzó a grabarse en mí aquel radiante fondo blanco intenso que era dicho cemento, cual si fuese una pantalla, y dichas piernas formando las más diversas sombras, las más diversas sensaciones. “Me gustó mucho”— recuerdo haberle dicho en mi lenguaje de 4 años. Había creado mi propia película en base a esos blancos y negros callejeros en alto contraste. Comencé a divisar las líneas del pavimento, algunas marcadas, algunas difusas, tal como si fuese una obra abstracta. Esa arena comenzaba a tender dichas líneas hacia mí, como si fuese una red de un barco.
Maravillado, levanto la vista y diviso un gigante, inmenso barco, ahí, a pasos de mí. Un barco negro al sol. Mágicamente, de pronto la imagen se vuelve en colores, un profundo azul con detalles blancos y rojos. Su red me atrapa, voy hacia él y veo que emerge un marinero gigante, más grande aún que el propio barco, con un sombrero de papel que a su vez era un barquito más pequeño, uno donde yo podría navegar. Alcanzo a imaginar en secuencia viajes y aventuras miles en él, cual géneros cinematográficos.
Pese a su gigantismo, el hombre-barco sonríe. Y pese a que nunca sentí miedo, ayudó bastante que fuese un anciano. Eso me tranquiliza aún más. Siento a mi madre. Su mano nunca se desprendió de la mía. Le digo “Me encanta el cine”. Ella habla con el hombre gigante, ella es ¡una gigante también! y me regala un dulce. Lamentablemente el dulce no era gigante como ellos.
Recuerdo la vuelta del cine mirando por el auto, cada ventana siendo una escena, ráfagas de árboles, luces, texturas, sonidos.
Luego no recuerdo nada más, quizás me quedé dormido tal como este recuerdo que hoy vuelve a mí.
Paradojas de la vida: le debo mi amor al cine experimental y mi concepción cinematográfica a Steven Spielberg.
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E.T.: El Extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg