Mi primera película
Batman no se va, Batman vuelve
Por Fabio Villalba
Cinco años y Batman vuelve (Batman Returns, 1992, Tim Burton). Mi edad y el film que sería engalanado con mi primera asistencia a una sala de cine. Hecho que obviamente marcaría para siempre a dicha película. Y a mí también, ¿para qué negarlo?
Fui llevado por mis padres, quienes seguramente me habían vestido “para salir” (y no para matar… Perdón, era un chiste inevitable). Por esos años a uno se lo vestía “bien” para ir al cine. Era una salida hecha y derecha que culminaba siempre en alguna pizzería o local de comida rápida.
El histórico hecho se produjo en el cine Metro, ubicado frente a la famosa avenida 9 de Julio y a unas cuadras del Obelisco, en pleno centro porteño. Si a alguien se le ocurre visitarlo no pierda tiempo, el cine Metro hoy en día ya no es cine, y está dedicado a menesteres tales como ofrecer dudosos espectáculos de dudoso tango a crédulos turistas.
Una vez allí, con mis padres participamos de ese acto del orden y el progreso que es hacer la fila. La película era proyectada en alguna de las salas del piso de arriba, ya fuera en la Metro 2 o en la Metro 3; por lo que la fila se hacía en sentido ascendente sobre la escalera. Minutos más tarde comenzamos a avanzar, lo cual generó en mí ansiedad. Ansiedad que no disminuyó ante el despliegue humorístico del personaje conocido como El Cortador de Entradas, quien, sagaz ante la velocidad en que avanzaba la fila vociferó: “No se apuren… no se apuren… que Batman no se va, Batman vuelve”. Puede que tuviera 5 años, pero sabía que ese no era un buen chiste (años más tarde yo haría chistes aún peores, pero esa es otra historia…). La fila continuó avanzando, nuestros boletos fueron cortados y así accedí por primera vez a una sala de cine… Fin de la primera parte.
Intervalo. Cabe señalar ahora que ya atravesamos il mezzo camino de este racconto, que vi la anterior película de Batman (Batman, 1989, Tim Burton) junto a mis padres y mis dos hermanos (mayores que yo) en un formato ya en extinción: el VHS. Esto me recuerda que en ese entonces teníamos un televisor cuyo botón de encendido (el botón actualmente conocido como “Power”) estaba falseado, lo que provocaba que el aparato no pudiera mantenerse prendido. Pero por suerte, la tecnología estaba a nuestro favor y disfrutamos de los servicios prestados por miles de escarbadientes que colocábamos para mantener el botón de encendido en su posición. Así pudimos disfrutar del televisor unos cuantos años más. Fin del Intervalo.
Comienzo de la segunda parte. La sala se me antoja enorme en el recuerdo, pero es cierto también que yo era muy chiquito. La pantalla ocupaba casi toda la superficie de la pared y toda la sala tenía una tonalidad ocre o rojiza. Aunque esto último quizás sea producto de que mis recuerdos estén algo oxidados.
Con mis padres nos sentamos en las filas del fondo, hacia el centro. Lo cual iniciaría toda una tradición para mí, que siempre trato de ubicarme en ese sector de la sala.
Las luces se apagaron de manera progresiva, pero una luz mucho más potente se encendió de golpe. La luz del proyector. Las imágenes iban impresionando en la pantalla y en mí (frase cursi, pero no por eso menos sincera). Ya desde la primera imagen me deje llevar, como el moisés arrastrado por la corriente subterránea de las cloacas de Gotham City. Numerosas son las imágenes que desfilaron unos segundos por la pantalla, pero se quedaron en mí por mucho tiempo: The Penguin en su niñez encerrado en una jaula y comiendo al gato de la familia, los aterradores y criminales payasos (confirmando mi miedo hacia estos seres), la batiseñal sobre el rostro pensativo de Michael Keaton, Michelle Pfeiffer metiéndose el pajarito en la boca… Bueno, esta última imagen sigue impresionándome hasta el día de hoy, aunque ya con otras connotaciones…
A lo largo de los años he vuelto a ver el film cientos de veces. En VHS, en TV, en DVD. Naturalmente, mi percepción ha ido cambiando. Y en ese cambiar he ganado algunas cosas, y he perdido otras. Por ejemplo, me resulta sorprendente que ciertos momentos que de niño estaban pletóricos de sentido (como esa suerte de bilis negra que brota de The Penguin en sus últimos minutos de vida o la resurrección de Catwoman gracias al aporte de unos cuantos lengüetazos felinos), hoy en día se me vuelvan ilógicos, como si hubiera perdido una suerte de código secreto, propio de la infancia, que me permitía acceder al total entendimiento de dichas situaciones.
La proyección concluyó. Y así como en la historieta Bruce Wayne sale de ver La marca del Zorro y luego de un hecho trágico se convierte en Batman, yo salí de ver Batman vuelve y luego de comer una pizza… acá estoy. Por lo tanto, supongo que debo echarles la culpa a mis padres (nada más fácil que eso) por no haber sido asesinados a la salida de la función. Igual no sé de cuanto habría servido, ya que no tenían un imperio económico y mucho menos un mayordomo llamado Alfred.
Pero, aunque yo no me convertí en Batman, y aunque después de Burton vino Schumacher, no todo está perdido. Porque como ya dijo cierto Cortador de Entradas: Batman no se va, Batman vuelve… y sino pregúntenselo a Nolan…
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Batman vuelve (Batman Returns, 1992) | Tim Burton