Aquella película contigo
Bicho de luz
Por Marcos Vieytes
La vi de refilón. Gracias al refucilo de la película. La claridad intermitente de la pantalla me dejó ver primero su perfil y, más tarde, los auriculares. “¿Estaba escuchando música mientras miraba una screwball comedy argentina de los 40?” No tenía el pelo muy largo, pero le cubría la nuca. Llevaba puesta una mini de jean, una remera con las mangas cortas y una musculosa de tela de avión. Me recordó a una chica con la que salía, y a la que vi por última vez alejándose por la 9 de Julio hacia el Obelisco, cerca del edificio del viejo Ministerio de Obras Públicas, después de haber caminado conmigo quince o veinte cuadras. El vaho cálido que ascendía de las bocas de respiración del subterráneo es el único recuerdo abrigado que guardo de esa noche fría de otoño en la que la dejé ir rumbo al sur sin seguirla. Durante varios días anduve con el olor de su pelo a cuestas. Después de eso, nos vimos unas cuántas veces más, pero ya éramos otros.
En el desenfrenado tren de la película que estaba viendo, Ángel Magaña iba y venía de un lado a otro del plano, abría y cerraba puertas, atravesaba estancias, zarandeado por esposas, amantes y pretendientes que lo tenían a mal traer sin que opusiera resistencia a esa marea fabulosa de voluntades femeninas. Pero yo sí que no me movía. Continuaba mirando a esa chica de más o menos treinta años, sentada cuatro o cinco filas delante de donde yo estaba y a la izquierda de mi campo de visión. De vez en cuando la veía sacar una botella de agua mineral de la cartera, tomar un trago y volver a guardarla. No me hubiera extrañado encontrar un blister de Rivotril en ese bolso. Estaba seguro de que tenía cara de pájaro o de caballo. También imaginé el cinemascope de una sonrisa que le dejara ver los dientes y, sobre todo, las encías. Se reía con ganas mirando la traviesa inquietud de la película. Su risa era espasmódica, pendeja, compulsiva quizás, y me hacía pensar en los rebuznos de Baltasar, el burro de Bresson.
Comencé a cansarme de mirar con un ojo la película y con el otro a la chica, sin concentrarme en ninguna de las dos, y opté por una. Desde el cuerpo central de la sala fui moviéndome hasta ocupar, luego de una serie de postas intermedias, la butaca que estaba justo atrás de la de ella. “¿Y si le tapo los ojos con las manos?”, pensé ni bien me acomodé. A veces creo que los otros son capaces de escuchar lo que pienso. Tal vez por eso no me tomó por sorpresa que se diera vuelta de inmediato. Lo que me sorprendió fueron los bigotes de Martínez Suárez. Sí, Martínez Suárez, el hermano de Chiquita Legrand. Me saqué las gafas negras y, para disimular, le pedí un autógrafo. “Cuando termine la película, nene, cuando termine”, me dijo paternalmente. Parecía un poco molesto. Era comprensible. No tuve tiempo de preguntarle por Silvia. Preguntarle por Juanita no daba. Quedé medio desorientado. Tras constatar que no tenía auriculares, agua mineral ni cartera negra, lo que acabó de confirmar que ese señor con bigotes era José Martínez Suárez y no aquella por quien había emprendido tamaña travesía, miré alrededor para entender qué era lo que había pasado. Porque algo decididamente imprevisto, fuera de todo cálculo, estaba pasando.
Una sala de cine actual en la que estén proyectando una comedia argentina de los años 40 es un espacio en líneas generales y hasta cierto punto controlable. En aquella había poco público y no estaba totalmente a oscuras. Las luces doradas del burlete que cubría el filo de los escalones, y las de color verde que indican las puertas de emergencia a los costados de la pantalla, eran más faroleras que las de esas cabinas emperifolladas de los camiones con los que uno se cruza de noche en la ruta y parecen arbolitos de Navidad ambulantes. Pese a todo, yo había confundido a la chica del Rivotril con el director de Arsénico y encaje antiguo. “A esa película no la dirigió Martínez Suárez”, me corrigió súbitamente una voz de mujer con pecas ligeramente marrones en el pecho. Sin volverme a verla, supe que esa voz era la de ella, y que yo me había pasado de fila. En lugar de sentarme atrás, estaba sentado justo delante. “¿Le hablo o no le hablo?”, pensé dos veces. “¿Le hablo o no le hablo?” El dilema no era menor, pues discutir con ella implicaba admitir que esa mujer había sido capaz de oír lo que yo nunca alcancé a pronunciar.
Me di vuelta decidido a encararme con la verdad, cualquiera que fuese. No había nadie. Ni en el asiento de atrás ni en todo el sector lateral de butacas. Se me ocurrió que podía estar jugando a las escondidas acostada en el suelo. Arrodillado sobre la butaca, miré por encima del respaldo. Al principio, no veía absolutamente nada. Luego alcancé a distinguir los listones de madera del piso flotante. Entonces algo titiló en la oscuridad. Me froté los ojos y distinguí un punto de luz intermitente. Fijé la vista en la masa de sombras y volví a verlo. Cada vez que se encendía, una especie de aura semicircular lo rodeaba. Después de tres o cuatro intervalos reconocí los auriculares, que brillaban por su ausencia en cuanto el punto luminoso desaparecía. No había rastros de la cartera con la botella de agua mineral y el probable blister de Rivotril. Ahuequé la mano sobre la oreja izquierda para percibir si esa luz emitía algún tipo de siseo o de zumbido, pero no pude oír otra cosa que la banda sonora del fílmico enturbiado por el tiempo.
El punto fluorescente comenzó a desplazarse. Eso no tenía nada de raro. Para entonces estaba seguro de que era una luciérnaga, y las luciérnagas suelen ir de un lado a otro, por más que a sus trayectos los supongamos en lugar de verlos. Lo extraño fue que su recorrido tuviera una lógica, si se quiere, humana, y que los auriculares fuesen con ella, atados a su parpadeo. Porque se trasladó, titilando, de butaca en butaca y de escalón en escalón, hasta el rellano ubicado entre la pantalla y el auditorio. Y yo atrás. Tengo el vago recuerdo de haberme cruzado con alguien antes de encarar por el pasillo que daba a la salida. No sé si era un conocido o un empleado del lugar. Creo incluso que me habló. Tampoco sé si le dije algo, pero estoy seguro de que no lo debo haber mirado, porque sólo tenía ojos para esa intermitencia que conducía mis pasos yendo siempre un par de metros adelante. Una pesada cortina roja, más bien una especie de telón, separaba el auditorio de las puertas rebatibles. Entre ambos umbrales había una especie de zaguán completamente a oscuras.
Era entonces o nunca. Allí o en ningún otro lugar. Me debe haber leído de nuevo la mente, porque se detuvo de inmediato, fulguró más que nunca, y se apagó. Esperé unos segundos, pero ya no volvió a encenderse. Supe, sin embargo, que por primera vez estaba total, completa, franca, verazmente conmigo. Aislado en la espesa noche de pana artificial, comencé a impregnarme de ella. El silencio era absoluto y maleable. Sin solución de continuidad oí un grillo somnoliento, algo de agua resbalando sobre piedra musgosa, el aleteo de las hojas de un árbol. Ella se había ido casi sin que me diera cuenta, dejándome sus auriculares colgados alrededor del cuello y un sabor acerado en la boca. Abrí la puerta vaivén, bajé las escaleras, salí a la calle y caminé varias horas. A metros de la esquina de Lima y avenida Belgrano me detuve sin razón alguna y sin saber cómo había llegado hasta allí. Encendí un cigarrillo, me calcé los auriculares, y la misma voz con pecas en el pecho me dijo: “Los muchachos de antes no usaban arsénico”.
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Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976) | José A. Martínez Suárez