Mi primera película

Bichos raros /// Sebastián Miranda

Mi primera película
Bichos raros
Por Sebastián Miranda

Lo primero fueron destellos de cine, más bien flashes difusos y oscuridad. Alguna película de Disney en Cine Los Ángeles —no se por qué, pero veo la imagen de Mickey vestido de mago— y oscuridad. Hoy me es más fácil distinguirlos como aislados déjà vus que como experiencias cinematográficas en sí.

A principios de los 80’s, ser hijo de padres separados me hacía un bicho raro como a pocos, pero también un frecuente asistente a las salas en mis turnadas salidas de sábado. Nunca con papá y mamá juntos, claro.

Pero hubo una odisea que me quedó especialmente y que creo que debe haber sido hasta tema de debate en casa: “¿Puede ver esa película un nene de apenas 6 años?”. Hoy día sonará naíf pero me refiero a E.T. (“El extraterreste”, decía el afiche), donde un chico se hacía amigo de un Ser marrón del espacio exterior.

Por esos días me regalaron mi primer reloj a cuerda; eso, junto a haber traspasado la marquesina de la sala me acercaba un paso más al mundo de los adultos.

Nuevamente recuerdo oscuridad y esa primera secuencia de bosque, linternas, jeeps, corridas, gritos de unos enanitos y (otra vez) oscuridad. Hasta aquí era una experiencia cercana al terror y a la excitación, que marcaría el pulso de mis próximas noches en campamentos colegiales, donde encender una linterna en plena oscuridad era volver a esa vivencia fílmica, una y otra vez. Empeoró años despues cuando ví a Freddy Krueger.

Pocos metros de película después, E.T. quedaba huérfano en el extraño planeta Tierra, el montaje atenuaba su ritmo pero el relato se ponía inquietante. Ahora un extraterrestre rondaba la casa de una familia disfuncional (?) ya que la ausencia de un padre se iba haciendo notoria. Una mujer sola y sus tres hijos no presagiaban lo que se avecinaba mientras jugaban Monopoly y esperaban al delivery de pizza. Me acuerdo que las cajas y las porciones eran gigantes, de las heladeras con doble puerta, y de los M&M que tanto entusiasmaban al simpático bicho. También de ese Chrysler LeBaron, ese característico coche familiar aspecto de madera, que creo supo trasladar en varias aventuras a Chevy Chase y a su también disfuncional parentela.

Tras lo primeros encuentros con E.T., que seguían rozando la horror movie, enseguida pude identificarme con el que se notaba que sería el niño protagonista. Yo era Elliott (todavía me veo parecido, ¡eh!).

La película mejoraba secuencia a secuencia y el miedo que me producía el feo Ser de grandes ojos celestes se trasladaba ahora a los seres humanos, o mejor dicho, al mundo de especulación de los adultos que distaba (años luz) del de esos chicos que eclipsaban la Luna en mágicas “bicisvoladoras”.

En su momento creo haber visto E.T. mas de siete veces. A esa altura, mi viejo ya me dejaba en la puerta del cine y se iba con su novia no sé a donde y me pasaba a buscar luego. A veces me quedaba en la siguiente función.

Me convertí en un verdadero fan de esta película. Recuerdo un libro para colorear, el LP, el libro (que fue también la primera novela que leí), y el dolor que me producían los rumores-reality de vida narcótica de la hermanita de Elliott, Drew Barrymore.

A partir de aquí vinieron otras películas importantes, Labyrinth de Jim Henson fue mi primer baldazo fascinante de David Bowie; Ghostbusters motivó mi intento fallido de realizar su secuela Super 8 con los pibes del colegio en Parque Rivadavia, y puedo seguir contando…

Pero aquí dejo de esquivar el tema y confieso que todavía no logro reprimir el torrente de lágrimas cuando —ya logrado su phone-home— E.T. se despide a contraluz desde la nave madre. Perdón, no puedo seguir.

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E.T. El Extraterrestre (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg

 

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