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La película prohibida

Blues del pornógrafo frustrado /// Eduardo Rojas

La película prohibida
Blues del pornógrafo frustrado
Por Eduardo Rojas

“Un sucio canto al desamor filial y al sexo animal e indiscriminado…” Del fallo del Juez Ernesto Sanmartino prohibiendo la novela Nanina de Germán Leopoldo García. 27/06/69.

Un título en singular. Una historia llena de plurales. Las películas prohibidas eran muchas, demasiadas, casi la norma, para los que veíamos cine en Buenos Aires a principios de los setenta. Más aún, lo prohibido, en el cine y más allá, marcó nuestra educación. Perón era (un poco antes, en los sesenta) “el tirano prófugo”; El silencio de Bergman se prohibía para menores de 22 años, aún contrariando la ley que marcaba el límite de lo prohibido a los 18. Ni eso fue suficiente, después de unos días en cartelera El silencio se prohibió para todos, mayores o menores, de cualquier edad. La empresa dueña del vapor de la carrera —el barco que unía Buenos Aires con Montevideo— proyectaba la película apenas cruzaba la frontera acuática en el Río de la Plata; viaje cinéfilo o mejor aún, viaje en busca de lo prohibido. A fines de esa década por petición del entonces célebre Fiscal Guillermo de la Riestra y su colega Fernando Otero, dos fervientes prohibicionistas, el juez Edmundo Sanmartino prohibió Nanina, la notable primera novela del psicoanalista Germán García.

Onganía, Levingston, Lanusse, los nombres de los dictadores se sucedían, la pulsión prohibitoria no. En el camino quedaron La hora de los hornos del actual senador psico liberal Fernando Solanas y Octavio Getino (a la que Samuel Gelblung, un joven periodista de la revista Gente, calificó como “La hora de las mentiras”) y La naranja mecánica entre las más célebres. Hubo muchas otras que pasaron directamente al olvido sin tener nunca la segunda oportunidad de un estreno en libertad (Gas-s-s-s, una extraña película de Roger Corman, imbuida de hipismo, psicodelia y drogas, se proyectó más de veinte años después en una madrugada de ATC durante el alfonsinismo).

Estos casos célebres fueron el resultado de distintas estrategias frente a la prohibición. La censura argentina pidió el corte de algunos planos en la escena de la violación de la película de Kubrick, el director se negó y la película quedó en el limbo durante más de once años. Solanas y Getino, en cambio, pensaron su película en relación a las posibilidades de exhibición, descartando la posibilidad de estrenarla en salas comerciales. Sindicatos, centros de estudiantes, facultades pasaron a ser los lugares de exhibición; una forma eficaz de incorporar la prohibición al propio cuerpo de la película, aún con el inconveniente de que muchas de esas exhibiciones clandestinas terminaban en allanamientos y espectadores durmiendo en la cárcel. La repercusión mundial de La hora de los hornos hizo que en el país de lo prohibido se multiplicara esa forma de exhibición y producción. Algunas de esas películas eran programáticamente políticas como la misma Hora…, Evita de Juan Schroeder, pero también La familia unida esperando la llegada de Hallewyn de Miguel Bejo: o … (puntos suspensivos) de Edgardo Cozarinsky. Lo prohibido está de moda era el título de un music hall en un teatro porteño de la época y en el Ente de Calificación Cinematográfica aparecería poco después el tristemente célebre Miguel Paulino Tato, quien durante muchos años fue crítico de cine con el alias de Néstor. Tato marcó una época, fue el único funcionario que, designado durante la etapa lopezreguista del tercer gobierno de Perón, se mantuvo en su cargo en la dictadura del llamado “Proceso”. Sus caprichos y arbitrariedades eran famosos, persiguió a Torre Nilsson hasta la temprana muerte de éste por un viejo encono personal; prohibió y mutiló infinidad de películas siguiendo sus particulares criterios morales y estéticos. Alguna vez reconoció que se llevaba a su casa las secuencias escabrosas que ordenaba cortar de las películas y las proyectaba para su propia autosatisfacción. Tato tuvo un poder omnímodo e incuestionable sobre las imágenes en Argentina durante diez años.

Los que íbamos a aquellas funciones semi clandestinas nos sentíamos parte de una cofradía de aventureros. Quizá, a nuestra romántica manera pequeño burguesa, lo éramos. Primero el dato de una cita furtiva, ya en el lugar una contraseña nos abría la puerta, la película prohibida nos prometía alguna forma de saber oculto, o era la promesa de un futuro cercano y venturoso, o el snobismo de ser parte de una cofradía secreta y exclusiva. ¿Cómo no sentirse personaje de una novela de Arlt? ¿Cómo no crecer sintiendo que lo prohibido —la película, el libro, el libelo mimeografiado y distribuido por manos presurosas en el pasillo de la facultad— guardaban en sí y por sí mismos algún alto mensaje de salvación? ¿Cómo explicar desde un presente permisivo la atracción de lo prohibido? ¿Cómo entender, al mismo tiempo, la simultánea frustración del deseo insatisfecho que podía acompañar el fin de aquellas performances?

El deseo, su negación y su improbable satisfacción fue una de las claves de nuestra época, en esa dialéctica manejada por otros se educó sentimentalmente mi generación, la que ahora gobierna —en la política y otros ámbitos— nuestro país. ¿Explica algo de nuestro presente aquel pasado de vetos y censuras? No estoy en condiciones de responder a mi propia pregunta. Intuyo que sí, que aquella larga y ridícula historia de represión de imágenes y palabras se transformó luego en represión ejercida sobre los cuerpos, el sexo y la política unidos en el destino final: la muerte y sus vuelos, la noche de la dictadura definitiva.

Somos lo que dijeron de nosotros, lo que nos dejaron decir. Nos acostumbramos a gritar consignas políticas en la oscuridad de una sala de cine. Esa oscuridad tibia es la del sueño, el sueño nos cobija y nos desnuda. Amparados y despojados por la noche maternal del cine salimos a la realidad; muchos fueron arrancados de ella hacia el sueño eterno, otros —por azar o cobardía— seguimos en la noche veleidosa del cine, ya sin vetos, ya ejerciendo una libertad que al principio nos arrastraba con el vértigo de un caballo desbocado.

Es difícil hablar desde el presente de la(s) película(s) prohibida(s). Hay que recurrir a la cita histórica, Bergman, Último tango en París, Novecento, Regreso sin gloria y hasta, vaya alguien a saber porqué, Manhattan de Woody Allen; las novelas de Puig. El nombre, la precisión del dato tranquilizan con el fácil alivio de la risa retrospectiva; lo difícil es evocar el espíritu de lo prohibido, la marca que dejó en nosotros, sus involuntarios protagonistas; la idea impura de una libertad cribada de censuras que duerme en el alma de nuestra generación y que morirá con nosotros, que ahora somos hombres y mujeres maduros, que tenemos más pasado que futuro, que caminamos, amamos y educamos al amparo de esta contradicción. Ustedes, los que vienen, tendrán la propia. La película de nuestra vida estuvo prohibida durante demasiado tiempo. Si pueden comprenderlo serán benévolos con nosotros. También con ustedes mismos.

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La hora de los hornos (1968) | Fernando Solanas y Octavio Getino

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