Somos un péndulo en constante movimiento. Dicotomías mundanas que nos calan la carne hasta nuestros huesos. Pulsiones que nos rigen el cuerpo y recuerdos que se añoran en nuestra mente. Necesidades constantes que nos dictan la manera de sentir, pensar, actuar. Necesidades físicas que nos dejan frente al abismo del hambre, la pasión y la ansiedad. Nos modificamos, nos endurecemos, nos trabajamos. Nos expresamos, nos tatuamos, nos lastimamos. Analizamos nuestros actos, nos evadimos en vicios perfectos. Nos quebramos. Sin embargo, no estamos escindidos. Somos un todo perpetuo, conectado con nuestro propio universo. Único, presente en cuerpo y mente, de carne y hueso.
Carretera perdida / Lost highway
David Lynch
Estados Unidos/Francia – 1997 – 135 min.
Por Anabella Speziale
Él ha muerto.
Ella ha muerto en vida.
Ellos viven en los cuerpos de algún otro, tal vez enredados en sus fantasías.
¿Quién no ha guardado alguna vez las apariencias?
Y la ficción estalla en un laberinto surrealista. Todo se desdibuja en aquella fiesta. El saxo suena lleno de sexo roto. Celos, lujuria, silencios. Paranoia… Impotencias paganas que dominan la mente. Él se desprende de sus huesos. Se transforma, rejuvenece. Pero no alcanza; ella ya está en el burdel del pueblo. Renee lo ha dejado. Ahora su nombre es Alicia y se pierde en un país sin maravillas. Él sabe que nunca pudo poseerla, satisfacerla, comérsela. Su carne, su alma, su mente ya no le pertenecen.
Pero… ¿Quién ha muerto?
¿Acaso no es más fácil culpar a la infidelidad como la responsable de la muerte del amor conyugal?
Alphaville / Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution
Jean-Luc Godard
Francia – 1965 – 99 min.
Por Lara Arellano
Noche de tiempo. Destellos en la oscuridad. El extraño de sombrero pronuncia palabras olvidadas. Natacha se desliza por el tragaluz opaco. La conciencia se hace latido y verdad en el cuerpo. Tu voz, tus ojos, tus labios, tus manos. La boca dice sí. El dedo dice no. Máscara y cara.
¿Hacia dónde caminan en Alphaville? Voz mente, voz cuerpo. El círculo del tiempo anestesia las memorias. Todo presente aquí y ahora, concentra ceguera y sombra de un orden perpetuo.
Natacha busca. Natacha invoca. La capital del dolor se abre. Caen las noches, los cuerpos desplomados. Corazones en llamas pierden el sentido.
El extraño de sombrero rescata su cuerpo. Sobrevive en un viaje sin retorno. Su voz pronuncia palabras que no conoce. Traza un camino hacia países exteriores.
Siente disparos
siente muerte
siente pintarrojo
siente.
Luz de otoño
dice, llora
y desmiente
los simulacros del dolor.
Solaris / Solyaris
Andrei Tarkovski
Unión Soviética – 1972 – 165 min.
Por Leandro Rodríguez Salcedo
Se desprende un fogonazo seguido de un fuerte viento. El océano sondeó nuestros recuerdos. El otoño y primavera. Animales, vegetales y sonidos de la Tierra. Sabiduría y moral. Luego el frío encierro y el mar abierto caldera; una sustancia pensante, una corriente biológica, un cerebro singular. Descubrimientos borrosos y un remedio a lo inmortal.
Gira todo… dios solar. Desmembramos sin salida los misterios. Buscamos tras el espejo, conclusiones, puntos muertos.
Flota el olimpo de ciencia. Incubadora inconsciente. Panteón de extraños fragmentos de frutos de la consciencia. Figuras perturbadoras. Ejecución de la idea. Telescopio, punto externo. Laboratorios y claustros residentes en su seno. Electrones y el fantasma de neutrinos. La mujer junto al pasado, bajo el signo de la noche, de la luna con sus ciclos. Tautológica esa puerta; matriz y reproducción. Niño amante y hombre niño. Sin conductos al espacio, dormitorio y biblioteca.
Dos extremos… cuerpo y alma. Recordamos a Cervantes anclando en puerto Copérnico. Sujetamos alternancias desde nuestro punto interno.
Explorar sólo es ampliar hasta sus confines la Tierra; el amor en condiciones inhumanas, ingravidez, pero lágrimas, ambiciones, muerte y niebla. Junto a la casa del padre, sobre el flotar de las nubes, la laguna; una isla igual y nueva. Fogonazo sobre el mar con un electro telúrico… en el eterno retorno acertó y erró la ciencia.
La vida secreta de las palabras / The secret life of words
Isabel Coixet
España – 2005 – 115 min.
Por Manuela Ledesma
La mujer: semblante firme. Mira serena, aunque sin calidez. Sólo hace, y luego se esconde. Se refugia. No habla.
El hombre: no ve, sólo huele, toca, escucha y saborea. Su cuerpo está quemado y pide auxilio, grita de dolor, se estremece.
Las manos silenciosas lo calman. Pero el cuerpo quemado no las ve, sólo siente el peso de su posar, la textura de su piel, la suavidad de su paso. Siente las caricias que sanan lentamente la piel húmeda y candente.
Una masa fría y gélida, con estigmas que reflejan el pasado. Se tapa y se esconde, huye de lo que puede darle calor, de lo que puede hacerla mover.
Otro cuerpo que hierve y que pide frío. No soporta su estado, atormenta a los otros. Quiere templarse.
Así se equilibran. Primero uno en la balanza y luego el otro que cae y hace tambalear al primero. ¡Pobre! Ha pensado que caía por el impulso de aquél. Pero es sólo un empujón para animarse a saltar, a tropezar, a mirar adelante y confiar. A soltar los estigmas que hacen de su cuerpo un hielo.
Pero es sólo un transmisor, la mente fría se refleja en la masa. Hay que confiar y dejar pasar el calor.
The face of another / Tanin no kao
Hiroshi Teshigahara
Japón – 1966 – 124 min.
Por Andrés Besada
El rostro se fue por alguna fatalidad. Una calavera habla en una radiografía. Ahora nada importa más que otra cara, otra máscara de algún caro cirujano de Tokio, caro a los bisturís; las tijeras; las gasas y las vendas que cubren la negación de un rostro.
Un pulcro consultorio, profuso en acrílico, lleno de aquella modernidad. Modelos a escala de una realidad perfecta, deseada, descansan en los anaqueles. Látex y algodón. Aquel acero corta la carne, la membrana divisoria entre el pellejo y la calle de luces de blanco neón. Cuando ya en la intimidad, su mujer no rechaza el beso de la blanca, pulcra máscara, se pregunta por qué las luces de la casa están apagadas. Aquel accidente parece tan cerca y tan lejos a la vez. Luego, cuando en la intimidad de la penumbra se acerca a su mujer para darle un beso, ella no le teme a la máscara de gasa. La venganza a cualquier precio, porque nadie lo dice, pero toda esa cirugía sale mucha… mucha plata. ¿Pero qué importa el dinero cuando se trata de un nuevo rostro? Encuentran al desconocido, que por unos miles de yenes les va a prestar la cara. ¿De qué se trata todo esto? Nadie hoy nos prestaría una cara. El dicho dice: calavera no chilla. ¿A quién le importan los dichos? Los hechos son más importantes. La personalidad cambia. Con una cara nueva, siempre nos sentimos mejor. El médico y el nuevo rostro caminan bajo las luces de una noche que los devora. Brilla el pavimento. Una calle de Tokio. El médico y el nuevo rostro. La noche que los devora.
La fuente de la vida / The fountain
Darren Aronofsky
Estados Unidos – 2006 – 97 min.
Por Jorge Sebastián Noro
“La muerte es una enfermedad como cualquier otra”. Punto exacto en donde el destino llega a su fin y la eternidad inicia su recorrido. Es aquí donde la libertad se apodera de todo el cuerpo: la mente y los movimientos se disocian, se abren resquicios entre la carne y los huesos. Ya todo dentro de ese cuerpo tiene la misma forma, los sentimientos antes contradictorios se confunden, se superponen. Sólo la naturaleza, la que dio nacimiento, el principio de todo, puede demorar este proceso. Si la naturaleza no llega los resquicios se abren por completo y se llenan de luz. Desde un blanco total todo lo que estaba en aquel cuerpo se transmuta, adquiere una forma renovada, conciencia nueva, se desarrolla en otro espacio, con otra piel. La naturaleza es la que permite nuevamente el principio de todo.
Fast food nation
Richard Linklater
Estados Unidos – 2006 – 116 min.
Por Pablo Apiolazza
«Come de mí, come de mi carne». Detrás de un poco de carne, una mole se cierne. Amorfa como un cuarto de libra, y un poco más sucia. Y detrás de eso, un corte rebana todo. Todo está escindido: Marketing/Industria. Empresa/cliente. Empleador/empleado. Legal/ilegal. Estados Unidos/México. Y sin embargo todo está amalgamado, todo se filtra, como la sangre sobre las vísceras. Todo circula, fluye y refluye.
El chicano se inserta en el «primer mundo». El jefe de marketing, en el matadero. El American Way of Life, en el inmigrante. La consciencia social en el joven local. La discordia en la familia.
El chicano es el que peor la pasa. Él pone el cuerpo por un sueño, y pierde la mente en él. Y sin darse cuenta, se vuelve engranaje de la Máquina. Máquina que se come todo por igual, carne, hueso, cuerpo y mente de todo el que quiera (o no) entrar. Y sólo sabe vomitar billetes. Detrás de sí deja un tendal de huesos, un festín de sangre. Las mentes libres del sistema tratan de poner el cuerpo, intentan atacarlo con una inocencia desgarradora. La misma inocencia que las hace creerse libres. Todos son hijos de esa máquina, quieran o no. Negarse a ello es tan ridículo como proclamarse vegetariano entre caníbales.
El único camino es dejarse llevar. «Come de mí, come de mi carne».

























