Una cámara encendida, una motivación secreta, una confesión acalorada. Corre la cinta a su velocidad constante y la franqueza de los cuerpos expuestos, sin asomo de culpa u obscenidad, nos devuelven el ritmo del baile de nuestros deseos.
Y miramos a oscuras, y copiamos a escondidas, y fantaseamos nuestro futuro cortejo. Espiamos anónimos la actuación de un orgasmo… palpitamos la poesía inscripta en la pantalla como propia, olvidándonos que aquél beso interminable nos es ajeno.
El sabor de la sandía / Tian bian yi duo yun / The Wayward Cloud
Tsai Ming-Liang
Francia/Taiwán – 2005 – 112 min.
Por Lucía Carnicero
Ella es una fruta fresca, perfecta como un cuerpo de aroma estelar. Duerme como él, bajo un manto pesado que le impide salir. Sumergidos en las profundidades como anfibios orilleros, viven la inercia sin poder encontrar el movimiento motor que los hace caminar a la deriva: la búsqueda, que con su sed los consume. Viviendo el deseo discurren el tiempo y los pasos para que algo cambie. En ellos la búsqueda no tiene rumbo hasta que el destino lo dispone. Despiertan juntos sintiendo el peso del Sol del mediodía, sus ojos se abren y se miran por vez primera. El agua desbordante rompe el cauce de sus labios que se desgarran como fruta fresca. Sequía, tedio y sed tienen ahora el sabor de las canciones que en sus mentes resuenan. Ella contempla el cielo desde la cama de su habitación, sus pies están en el aire y su mente entre las nubes. Él robotiza el amor para despertar en otros algo que duerme en su interior: su cuerpo es una máquina programada, desconectada y autónoma que ha perdido el deseo. Ella lo encuentra bajo la mesa y allí donde un cigarrillo le da aliento a sus pies, donde el rozar del aire detiene el tiempo, lo vuelve hombre; él despierta del hechizo. Momentos de hacinamiento inundan sus cuerpos. El peso, el hedor, nada importa ya, sólo converger y entregarse, allí donde todo se vuelve insoportable sólo el fluir de sus cuerpos les dará paz cuando el anhelo se vuelva carne. Nada importa ya, sólo morder fruta fresca, caminar sobre tus pies y seguir.
Ella le mostró el cielo entre sábanas de nubes, pero aún no lo sabe, él descubre el sabor de una fruta que nunca probó. Una llave se pierde. Puede que llueva desde las alturas.
Ojos bien cerrados / Eyes Wide Shut
Stanley Kubrick
Inglaterra/Estados Unidos – 1999 – 159 min.
Por Anabella Speziale
Hay una sensibilidad que crece sin darnos cuenta, sin escucharla… que está tierna y brilla debajo de nuestra mirada… escondida entre tanto concreto gris de ciudades obsoletas… sólo tenemos que tomarnos un instante… sin preguntar por aquel secreto que no queremos conocer. Sin embargo, insistimos… y después… y después… y después, ampliando la mirada, lo orgánico… deja paso a lo concreto, lo suave se endurece con el tiempo… y su fantasma crece negro por dentro. Ahora no podemos escapar de aquel saber. Una palabra secreta, la llave para abrir la puerta que contaminará su ser…
Te doy mis ojos, para que con ellos te empapes de mi tristeza. Lágrimas de oro para tu tesoro de nombres, de cuerpos expuestos, de sexo anónimo, de furia, de sentencia.
Ninguna fantasía vivida podrá arrancar de su alma el dolor insaciable… de saber que el engaño a veces no pasa por el cuerpo, sino por el alma.
Persona
Ingmar Bergman
Suecia – 1966 – 85 min.
Por Manuela Ledesma
Falo Palo ¡Atención!
Comienza el juego con discreción
Macabro, odioso,
Sin detenerse hasta el fin del foso.
Entrar, meterse, excavar,
Pero sin tocar.
Eso sí, hay que dejarse llevar:
Éxtasis al sentirse mirado
Placer por ser escuchado
Firme y Delirante al ser tocado
Sin embargo, el juguete no se siente recompensado.
¿Son la misma Persona?
Escucha uno lo que el otro cuenta,
Posa aquel para que uno lo observe.
Sale, se va, eyacula en silencio.
A la distancia el que habla mira.
Mira aquel que penetró e invadió su cuerpo.
Henry y June / Henry and June
Philip Kaufman
Estados Unidos – 1990 – 136 min.
Por Anabella Speziale
La tradición se pasea ajena por las calles de una tierra extraña en aquel verano… despreocupada es vendida en recuerdos instantáneos… fotografiada al infinito, y siempre observada. Siempre observados nosotros… que despreocupados paseamos ajenos a los infinitos ojos que vigilan sigilosos nuestros pasos.
Espejos invertidos de la mirada… todos se mezclan bajo un juego de intercambios en la fiesta de disfraces. Sin saberlo, se sofocan con su propio misterio.
Mundo de relaciones interpersonales: y él se desvela junto a dos mujeres en la misma cama. Ella lo persigue, la persigue, la desea, lo desea, se encierra en su sistema sin recelos triangulares, pero sólo para vivir eufórica los apuntes de su novela.
Por encima de sus cabezas, la noche les es ajena, todos danzan el arte de las sábanas y las bicicletas. Nadie sabe quién engaña a quien.
Y la tradición… la tradición saluda incierta sin dolor… mientras tiembla bajo las apariencias.
Crash
David Cronenberg
Canadá – 1996 – 100 min.
Por Diego Cirulo
Crece. Mi esplendor crece.
Sepulto mis partes viscerales para encontrar la máquina en mí. ¿Lo verá? ¿Lo sentirá?
Su carne. Su carne rubia se ennegrece en el pasto. ¿Hasta dónde hemos de llegar?
Rojo y más rojo entre su herida y la mía. Quiero mucho más que esto. Mucho más.
Hagámoslo de nuevo. Nuestro padre muerto lo pide.
Recuerdo mi pierna, y otras. Mi extensión, mi ardor… su calor, su aceite.
Su suspiro femíneo, entrecortado e irradiado por el acero, doblega mis párpados. La sueño cromada y destrozada mientras la hago mía. Su aire, mi hedor.
Nuestro canto, ahogado y oscuro, se envuelve en pesadas agonías. Sí.
Endurezco mis caderas para demostrar su humanidad. ¿Lo entenderá?
Carmines y tierras entre nuestros vientres. Nos hacemos uno entre el fuego.
El padre muerto ha dejado su legado.
El pequeño bastardo ha dejado su marca en nuestros muslos. Nos quiere ver engendrar.
Ella escribe con su boca la sentencia en mi oído.
Lo entiende. Lo entiende y lo cree.
Queremos mucho más que esto. Seremos mucho más que esto.
Corazones en fuga / Age of consent
Michael Powell
Australia – 1969 – 103 min.
Por Andrés Besada
Los cuadros. El artista. La galería. El amigo. Al principio, la rutina y la ciudad. Un después. Llegar. La isla: el verde de las palmeras, el agua turquesa, néctar y belleza. Acarrear los pinceles, encargar más colores, pintar las nubes de algodón y la casa con crayón. Un modelo inerte habita la tela. En su mente: cuerpo de la serena, sirena rubia, mujer encantada. Bajo los arrecifes, bajo el agua, el cuerpo: meseta, llanura, para llegar al bosque y luego a las montañas, o volcanes si se quiere. El paso siguiente: el papel, lograr que ese cuerpo lo habite, llenar el blanco de ese cuerpo. Un perrito que ladra y mueve la cola, la cola que el artista no tiene, la cola que de seguro movería de felicidad. Sobre la arena, siempre vestida, enarbola los atributos que bajo los ropajes esconde. Ella domina la situación. Sin modelo no hay cuadro, sin arte no hay felicidad. Mi amor, me voy, ya junté la platita. Chau, dame un besito.
Y tu mamá también
Alfonso Cuarón
México – 2001 – 105 min.
Por Jorge Sebastián Noro
Julio y Tenoch lo sudan, lo piensan, lo practican en cada instante de una vida que está en pleno crecimiento. Sus cuerpos jóvenes no pueden contener la pasión desenfrenada por el placer continuo. Es un juego permanente, de niños, sin límites aparentes, donde todo sigue su curso natural. El cuerpo no ocupa el lugar del otro. Es mirado, observado, pero no es ni invadido, ni tocado. La división plena es lo que permite justamente el núcleo inseparable.
Llega la mujer, trae consigo la reflexión, el amor, la infidelidad. Julio y Tenoch se enfrentan con sus cuerpos, quieren estar en el mismo lugar. Aquello que antes no molestaba, no importaba, ahora incomoda, hace desestabilizar a los cuerpos. Se sitúan alejados, también mucho más cercanos. Se activa el amor para teñir el sexo de los cuerpos, para matar aquel juego sin límites. Es tiempo de asumir lo que se siente, de aceptarlo, pero todavía se piensa en sexo, no existe inquietud por apropiarse del amor.
Corazón Salvaje / Wild at Heart
David Lynch
Estados Unidos – 1990 – 124 min.
Por Anabella Speziale
Ella lo nombra a escondidas, en silencios que se hunden en el destierro. Y alguien juega a saltar la soga en la sombra de la infancia. Historias perdidas profanan anónimas el pavor de sus ojos reflejados en la piel llana. Ya no quedan desiertos de corazones rotos. Se gritan secretos al viento en el éxodo que quema las inocencias en un cuarto de hotel. Lula y Sailor ya no son quienes portan sus cuerpos.
La pasión duele en caracoles destrozados. Una bruja lo nombra viajando negras distancias. Lo persigue, lo acorrala. A quién le importa la fauna en la mediocridad de la noche. El andén se quiebra sobre su espalda, se posa en el umbral de los mundos dejando atrás un manto inaccesible de incertidumbre.
Sailor sigue cantando su hechizo de amor… Lula se desvela enamorada.