Aquella película contigo

Casualidad /// Marcela Ciccone

Aquella película contigo
Casualidad
Por Marcela Ciccone

Las casualidades, el amor, las casualidades y las historias de amor…

Sí, sobre eso hablaba un libro que nunca terminé, o eso es lo que me quedó a mí sobre ese libro que nunca terminé. Uno de esos mensajes anónimos que el mundo tira sobre nosotros, esas señales que hacen que todo se resignifique y que creamos que alguien nos está intentando decir algo.

No, lo nuestro no fue una historia de amor, eso lo dijo mi psicólogo, pero ese párrafo, en ese libro me decía que lo nuestro había sido una historia de amor marcada por las casualidades, las mil y una casualidades que se habían dado antes de conocernos y ser presentados cuatro años antes. Había que esperar la adecuada cadena de casualidades y yo pensaba que la nuestra había sido perfecta.

“¿Vamos al cine?”

Las palabras salían ahora con completa naturalidad de la boca de mi amigo Mauro. Por esos tiempos ir al cine se había convertido en mi peor pesadilla, porque el cine era sinónimo de la probabilidad de encontrármelo completamente expuesta. No sé si era el miedo a las casualidades, el vacío del silencio, la oscuridad, la soledad que se hace palpable o los anteojos cuadrados de marco negro, característicos de muchos estudiantes de cine que iban a inundar la sala, y la posibilidad que entre todos ellos se encontrara él, con sus anteojos cuadrados de marco negro.

“Bueno dale”

Acepté el desafío interior con aparente tranquilidad de superficie. Un documental, una ficción, un documental ficcionado, nunca me quedó claro. El caos. De repente me encontré con Buenos Aires, sus baldosas, cordones y gente y la inquietud que se proyectaba en todas las direcciones, una inquietud que ya no era de la ciudad sino mía. Llegué a la puerta del cine, huyendo del caos y de los ruidos, refugiándome de las caras y del miedo a que sean (re)conocidas. “Mauro, Mauro, ¿dónde está Mauro?”. Sucediéndose a mí alrededor, anteojos cuadrados de marco negro, remeras de Nirvana y jeans rotos, signos que completaban su identikit, una composición fragmentada y colectiva que a cada momento me quitaba el aliento ante la posibilidad de su singularización, que todo el tiempo me paralizaba pensando que la casualidad volvería a marcarme.

“Mauro”

¡Por fin aparecía para salvarme! Compramos las entradas. Entre los muros de Laurent Cantet. Yo estaba entre los muros y quería huir. Entramos en la sala, la película todavía no empezaba y la luz me exponía. Cada persona que ingresaba era una posibilidad más de que la casualidad volviera a iniciar el ciclo perturbador y persecutorio.

Finalmente se apagaron las luces. Ahora me resguardaba la anonimia de la oscuridad. Luz natural, cámara en mano, un montón de adolescentes y yo que parecía una más del montón, una Esmeralda desfachatada que hubiese querido encontrar en mí. Mauro ya estaba en otro mundo, la educación y Francia siempre fueron grandes temas en su vida ¿Y yo? Yo no podía parar de pensar en el posible encuentro azaroso que el mundo podía tirar sobre mí y reactivar la cadena de casualidades, una vez más.

Siete años atrás, en la puerta de un cine me encontré casualmente con una amiga de la infancia, una charla pasajera y alguien que me llamó la atención, era alguien de quién ya me habían hablado años atrás “Mariano dejó todo para dedicarse a la música”. Tres años después nos volvimos a encontrar y fuimos presentados.

“No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacía él desde el primer momento…”

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Entre los muros (Entre les murs, 2008) | Laurent Cantet

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