A la salida del cine
Céline en Meudon y los alfajores de Le Vigan
Por Juan Antonio Herrera
En 1997 el techo de la Cinemateca Francesa en Chaillot se prendió fuego. Un tiempo fue reubicada en el Palacio de Tokio vecino, y luego se abrió la cinemateca Grands Boulevards más al norte en lo que había sido antes la sala porno Le Brooklyn. En Grands Boulevards la programación cambió para dedicarse más a las cinematografías marginales y al cine B, a la vez que —paradójicamente quizás— su público se parisianizó y nosotros, los chicos de los suburbios, sentimos que ya no éramos tan bienvenidos como antes. En realidad, nunca éramos realmente bienvenidos a París: yo era blanco de aspecto, por lo cual no acarreaba conmigo todos los estigmas que suelen ser los de la vida en los suburbios, pero sin duda vestíamos, hablábamos y nos comportábamos de una manera específica. Pero cuando la cinemateca se tuvo que adentrar en la orilla derecha del Sena con Grands Boulevards todo eso cambió. La sala más chiquita tenía aspecto de cine barrial, el espacio escaseaba y los muchachos chics de la Chaussée d’Antin nos empezaron a hacer sentir que ya ahí estábamos fuera de nuestro territorio.
Aquel día (porque esto que cuento es una historia) yo tenía que ir solo a enfrentar la hostilidad de la cinemateca porque estaban dando los primeros cortos de Eustache, y después de ahí tenía que ir hasta Meudon, otro suburbio particularmente lejano al sud-este de París porque era el cumpleaños de un amigo que se acababa de mudar. La primera película que daban era Du côté de Robinson (Les Mauvaises Fréquentations), un mediometraje del ‘63 sobre las andanzas de dos muchachos de Pigalle, Jackson y Daniel, que intentan seducir a una chica en las salas de baile de Montmartre. Y entonces hacia el principio de la película estaba este diálogo extrañamente digresivo:
La chica: —¿Viven cerca de aquí?
Jackson: —Oh no, yo vivo en Montreuil.
La chica: —¿Y Usted?
Daniel: —Bof… no. Los suburbios son aburridos.
La chica: —Es cierto. Cuando era niña mis padres vivían en Meudon. Al lado de nuestra casa había un médico loco que siempre decía que pronto veríamos a los chinos desembarcar sobre la ladera de Meudon (risas).
Yo sabía perfectamente quien era el médico loco del que hablaba la chica. Unos meses antes había estado leyendo D’un château l’autre, la novela de Louis Ferdinand Céline de 1953 en la que cuenta su exilio de Francia hacia el castillo de los Hoenzzollern en Sigmaringen en 1945 con toda la escoria colaboracionista de Vichy para huir de los aliados y de la desnazificación que se estaba viniendo. Céline, como quizás lo sabrán, además de ser el mejor escritor francés del último siglo también era tremendo antisemita que escribió unos panfletos repugnantes durante la guerra. No era un fascista sino más bien un anarquista de extrema derecha, definitivamente un hombre consumido por el odio de su prójimo, pero a la vez —y quizás en su defensa— era un autor totalmente irrecuperable para la máquina de propaganda nazi.
Su novela empieza con un autorretrato en tiempo presente en el que se describe como un hombre relegado por la sociedad francesa de pos-guerra, abucheado por las calles, sobrevive de su trabajo de médico sobre la colina de Meudon. Una noche, en medio de una especie de delirio de fiebre, siente la presencia de fantasmas sobre la orilla del Sena y entonces baja de su colina hacia el agua donde encuentra a su amigo Robert Le Vigan, el actor de Le Quai des Brumes y Les Bas-Fonds, vestido como un gaucho argentino. Le Vigan está al mando de una péniche, uno de esos barcos de carga largos típicos del Sena y de sus aguas mansas que tiene atracado al borde del río esperando que suban los muertos de Meudon antes de llevarlos hasta las orillas del infierno como si fuera un nuevo Caronte.
Le Vigan, el actor, después de la llegada de los aliados, fue juzgado junto con Céline y en el tribunal lo defendió “heroicamente” según las palabras del mismo. Fue condenado a los trabajos forzados y a la indignidad nacional por lo cual tuvo que exiliarse primero a España y luego a Argentina donde sobrevivió los últimos años de su vida vendiendo alfajores en las plazas de Buenos Aires, pobre y olvidado. Dicen que cuando Arletty iba al Festival de Cine Mar del Plata siempre dedicaba uno o dos días de su viaje a caminar por Buenos Aires para intentar encontrar a Le Vigan y darle dinero. También dicen que a principio de los 70 Truffaut (que siempre tuvo una fascinación extraña por los colaboracionistas) hizo contacto con él para ofrecerle una película y rehabilitar su carrera, pero este habría rechazado el papel que le propuso.
¡Ah! ¡Y los chinos! Todo D’un chateau l’autre está atravesado por digresiones sobre la invasión china que según Céline se estaba viniendo. “¡Yo les voy [a contar] Europa toda asiática! ¡De un día para el otro! ¡Y afiliada! Y políticamente apasionada… ¡cinco, seis cadáveres por tacho de basura! ¡Hambre y reproducción! ¡El futuro es de los amarillos!”, escribía.
Me quede pensando en todas esas historias, en Sigmaringen, en ese romanticismo turbio propio de los perdedores de la historia y en como París había cambiado mientras volvía del cine en el subte, luego en el tren, y luego en los dos o tres colectivos que tenía que tomar para llegar a la colina de Meudon. El suburbio de Céline era el Buenos Aires de Le Vigan: una tierra de exilio para meter distancia entre él y la prensa, los editores, la justicia y los antiguos resistentes… y ese era el territorio que se nos había otorgado ahora a nosotros, los hijos de los últimos obreros, de los inmigrantes de todo el mediterráneo o de refugiados políticos como era yo. ¿No era extraño que pensara en eso justamente camino a la colina de Meudon?
Predeciblemente cuando llegué la fiesta estaba ya bien avanzada. En el jardín habían unas trincheras que habían hecho para pasar caños seguramente en la cual una pareja garchaba hacia el fondo y otro tipo dormía, y en la cocina encontré a mi amigo el cumpleañero simulando que nadaba braza en un enorme charco de cerveza que había en el piso. Tenía que meterme muy pronto al día con el consumo de alcohol si no quería aburrirme, lo que hice. Muy pronto estaba recorriendo toda la casa y saludando gente en ese estado de agitación propio de aquel que se acaba de emborrachar muy de golpe hasta que me encontré con una amiga que últimamente era la que me solía acompañar al cine. Le conté de la película, del libro, de Le Vigan y de sus alfajores, hasta que empezó a hacerse de día y aquellos que aún estaban en condiciones de caminar fueron esparciéndose hacia sus colectivos. Ella fue la que propuso que vayamos en búsqueda de la casa de Céline, y si encontrábamos una panadería abierta para desayunar por el camino mejor. Intentaríamos reconocerla por las fotos que habíamos visto de él en su jardín, sobre todo esa en la cual el escritor posa parado al lado de Bébért, su gato, que mira a cámara sentado sobre una mesa de hierro. Hacía un frío terrible. A mi amiga le divertía pensar que habría dicho el muy talentoso hijo de puta si se hubiera enterado de ese peregrinaje tan ebrio y despistado que estaban haciendo una chica judía y un argentino zurdo hacia su casa. Seguro me pediría si tengo noticias de Le Vigan. Eso nos recordó otra anécdota cuando Burroughs y Ginsberg al llegar a París habrían ido a visitarlo a Meudon. Habíamos oído dos versiones diferentes de la historia: en la suya Céline había abierto su portón al oír el nombre de Ginsberg para largar sus perros que los corrieron hasta el pie de la colina ladrando. En la mía los había dejado entrar al jardín donde habían hablado no sé de qué. Por eso mismo mi versión permitía más especulaciones: ¿de qué habrán hablado un viejo racista y dos estadounidenses, uno heroinomano y el otro judío y homosexual? Pero tampoco era tan absurda ya que Kerouac ayudó a publicar los libros de Céline en los Estados Unidos, y yo estaba bastante seguro de que había escrito el prefacio de alguna edición en inglés o algo así.
Hablábamos y nos reíamos mientras caminábamos contra el viento helado. Y entonces la encontramos. No podíamos estar seguros de que esa era la casa, pero aun así estábamos seguros de que era esa. Tenía el jardín en pendiente hacia la calle, el portón de hierro, y una roña todo lo más celiniana. No estaban más los perros y sus casetas. 25 route des Gardes era la dirección. Fuimos hasta la esquina y miramos la calle que bajaba hacia el Sena por la cual quizás corrieron Ginsberg y Burroughs. Al pie de la ladera la Isla Seguin sobre la cual en esa época aún estaba la enorme fábrica Renault abandonada parecía un terrible buque de guerra todo de acero y de amianto más que la péniche fantasmal de Caronte – Le Vigan. Qué raro que Céline no mencionara la fábrica. ¿En qué año la construyeron? Nos dimos un beso, enrollé mi brazo alrededor de su cintura, nos quedamos ahí un rato mirando y empezamos a bajar hacia la orilla para la parada del colectivo.
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Les Mauvaises Fréquentations (1964) | Jean Eustache