Mi primera película
Cielo en movimiento
Por Pablo Acosta Larroca
A mi padre
La#-Do#-Sol#-Sol#(una octava más abajo)-Re#. Un puré de papa gigante en el plato de un hombre barbudo, autitos eléctricos de juguete recorriendo la madera del piso, un monito chocando los platillos, un niñito envuelto en luces anaranjadas, un teclado multicolor y luces de colores atravesando el cielo nocturno.
Y el niñito saliendo de las luces…
Como sabemos la memoria no está regida por un principio ordenador y clasificador inmutable, pues el recuerdo es una creación propia —caótica y en constante cambio— de los acontecimientos transitados emocionalmente, de hechos pasados que al evocarse conllevan irremediablemente el filtro de la distancia que los carga de imaginación propia y foránea, de sueños y relatos heredados, que hacen difusos los límites de lo real cuando se pretende encerrar lo acontecido en una pretenciosa rigurosidad historicista. Convengamos que si la realidad es siempre una construcción y que existe una realidad por cada punto de vista, este tipo de empresas que persiguen la veracidad absoluta rayan el absurdo.
La memoria entonces somos cada uno de nosotros que cargamos de sentido algo que creemos que nos ha sucedido de cierta forma. Como en los mitos, contamos verdades como mentiras.
Hecha la aclaración puedo afirmar a viva voz que desde pequeño he sido memorioso. Desde siempre he ejercitado la repetición, construyendo hacia adelante pero sobre la base del pasado, con todo el background latente y al borde de la expresión, (re)actualizando constantemente los hechos a través de diferentes rituales que unen imágenes y sonidos con el placer de jugar, dibujar, narrar y, un poco más tarde, de escribir, interpretar, actuar e incluso bailar mis relatos, fotografiar, y en algunos casos, transponer nuevamente a imágenes y sonidos en movimiento. Trovador inagotable, verborrágico y arengador, los mismos recuerdos se reciclan y (re)versionan una y otra vez hasta el día de hoy. En mi caso entonces, la memoria es cultivo de la obstinación.
Desde muy pequeño asimilé la idea de mundo con la de juego. Todo alrededor me maravillaba y era absolutamente inspirador y merecedor de ser explorado, desde los bichos bolitas resguardados bajo las piedras de las macetas de mi mamá Betty, las peregrinaciones de las hormigas, las arrugas y el cuartito de herramientas de mi abuelo Cacho, el cajoncito de la máquina de coser de mi abuela María Elena, el olor a talco y a recién afeitado de mi abuelo Nato, la cinta cura-empacho de mi abuela Elena, el cajón prohibido de mi hermana mayor Andrea, la inagotable generosidad de mi tío Carlitos, el ojo blanco (perdido de pequeño por un manzanazo) de mi tío Raúl, la nariz de mi tía Norma, el galpón de mi tío Miguel y sus almanaques estimulantes, el asombro y la fascinación al descubrir un nuevo mundo debajo de la bombacha floreada de la pequeña Laurita (hermana de mi inigualable amigo de la infancia Pablito González), el eco generado por el pasillo de mi casa y el efecto intermitente al soplar frente al ventilador, la duplicación de mi realidad al ponerme bizco, el sonido del tren que me protegía en las noches de horror debajo de las sábanas, el detrás de la cortina de la bañera, la parra de la casa chorizo de Balbastro, los tatuajes con el ácido de la cáscara de mandarina, las tetazas de las señoras en malla en la pileta de La Cumbre, el mundo debajo del agua, los Reyes Magos, el olor a Jhonson’s de mis entrañables primos menores, la textura y el don retráctil de los ojos de los caracoles, el gusto diferente entre el jugo de casa y el jugo aguado que preparaba Vigi, las formas antojadizas de las nubes, las fogatas que se hacían en “la cortada” de la esquina, el olor a tierra mojada por la lluvia, los objetos maravillosos encontrados debajo de los muebles, los pies de mis familiares debajo de la mesa, los ojos de los gatos alumbrados por la noche, la casa abandonada de la esquina, y todo aquello a lo que le pudiera imprimir mis propias fantasías.
Y entre ellas dos juegos de invención propia, orientados al firmamento, que merecen la pena contarse.
El primero, un cielo en movimiento provocado a través del vidrio de la luneta de la Chevy de mi padre, sobre la que me recostaba al volver los domingos de la casa de mi abuela. Mi (pequeño) cuerpo cabía perfecto. Desde allí, dominado por la dirección que asumía el desplazamiento del automóvil, un cielo en movimiento testigo de formas blanquecinas y celestes, de rascacielos, de cables telefónicos, de copas de árboles, de pájaros, semáforos, postes de luz y, en ocasiones, algún avión. Un juego que provocaba mi fascinación al tiempo que me deslumbraba en pensamientos mágicos y personajes fantásticos que al llegar a casa trasladaba con colores sobre el papel, y algunas veces, ayudado por tijera y plasticola, tomaban cuerpo, erigiéndose en forma de maqueta.
El segundo, un cielo en movimiento provocado por el reflejo sobre la superficie metálica de la bandeja que descansaba en la mesa de la cocina, dominio de mi madre. Salía al patio sosteniendo la bandeja contra mi pecho. Sobre ella se reflejaban el cielo y las cuerdas del toldo. El juego consistía en caminar mirando el reflejo sobre la bandeja, lo que me daba la idea de estar caminando sobre la cuerda floja, disponiéndose ante mi mirada un abismo conformado por el infinito celeste. Así, lentamente, como un trapecista, cruzaba el patio de punta a punta, caminando sobre las cuerdas del toldo reflejadas en la bandeja. La concentración y la sensación de realidad eran tal, que en ocasiones me salía de la línea y sentía el vértigo de caerme al abismo. Inmediatamente corría la bandeja y entonces me encontraba con la realidad de las baldosas, que rechazaba por completo.
De una u otra manera, desde pequeño, siempre necesité de un cielo protector y un lente a través del cual filtrar la vida, conformar mi mirada sobre el universo.
Mi papá Walter (Hugo para los amigos), sensible ilusionista e irremplazable copiloto de vida, fue el mentor que alimentó este arte de relatar lo acontecido, forjando algunos de los gustos, obsesiones y pasiones que me definen. Entre ellos la curiosidad por lo oculto, la historia, los cuentos, el chamuyo, el cine y las mujeres. Noche tras noche leyéndome Érase una vez… el hombre, Lo sé todo, Enciclopedias de Ciencia Salvat, El desnudo en el arte con imágenes a colores, las Fábulas de Esopo, Historia del dibujo animado de Lo Duca, El Antiguo Testamento, la Enciclopedia de la Segunda Guerra Mundial, la Revista Muy Interesante y cuantos inventos y artefactos pudiera crear con sus manos para alimentar mi formación de vida, incluyendo un cine casero, hecho con dibujos sobre láminas transparentes proyectado sobre la pared con la luz del velador, cuyo movimiento era generado por dos palillos en disposición papiro. Y todo ello siempre acompañado por la escucha entusiasta y el diálogo interesado.
Mas tarde llegarían las “salidas de hombres” al Centro y con ellas, mi primera película en cine.
Antes de proseguir y haciendo alarde de mi condición trovadora, podría contarles hasta de mi segunda y mi tercera película. En ellas también, como en la primera, hay cielos y hay movimiento, tamizados por los rojos de la capa de mi único superhéroe y de un globo inmenso respectivamente. En ambos casos la capacidad de volar, de flotar por los aires; y aunque mi psiquis de 4 años me permitía dilucidar que no era conveniente arrojarme de un noveno piso, íntimamente sentía que tenía alas y que algún día mi fuerte deseo lograría levantar vuelo (creencia que siento visceralmente intacta hasta hoy día).
Pero vayamos entonces al primer cielo en el cine. Corría el año 1980. Con apenas cuatro años entraba por primera vez a una sala cine de la mano de quien fue sin lugar a dudas mi primer gran maestro: mi padre. Aunque borrosas, con un poco de esfuerzo y a fuerza de ficcionar vienen a mi memoria algunas impresiones de ese viaje iniciático:
La#-Do#-Sol#-Sol#(una octava más abajo)-Re#. Un puré de papa gigante en el plato de un hombre barbudo, autitos eléctricos de juguete recorriendo la madera del piso, un monito chocando los platillos, un niñito envuelto en luces anaranjadas, un teclado multicolor y luces de colores atravesando el cielo nocturno.
Y el niñito saliendo de las luces…
Y mi padre contestando en voz muy baja a todos sus interrogantes.
Con el tiempo y ya con el cine formando parte de mi vida y mi vivir, he vuelto muchas veces a ver aquella entrañable película. En ella encuentro la soledad de ese ser incomprendido, que ama a su mujer y a sus hijos, pero que irremediablemente no puede atarse a ellos. Algo muy grande late en su interior. Necesita viajar, volar, conocer otras experiencias. Un cielo en movimiento por encima del abismo.
Definitivamente hay misterios que, como el amor, necesitan ser transitados. Cosas que uno no puede alcanzar o comprender por medio de la palabra.
(…) Y desde que partió, su verbo, vive en mi carne (…)
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Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (Close Encounters Of The Third Kind, 1977) | Steven Spielberg