Aquella película contigo

Cine de papá /// Nicolás Prividera

Aquella película contigo
Cine de papá
Por Nicolás Prividera

“¿Qué hiciste durante la guerra, papá?”, preguntaba la generación alemana de posguerra que engendró —contra ese “cine de papá”— el Nuevo Cine Alemán, nacido a fines de los sesenta y muerto a inicios de los ’80, junto con su profeta más consecuente… Aquí los juicios fueron un poco más complicados (incluidos los incruentos juicios estéticos). Tal vez por eso el Nuevo Cine Argentino jamás hizo esa pregunta.

Pero esa es otra historia. Ésta está dedicada a los pasos previos a esa doble pubertad, personal y política, que vivimos los que llegamos al fin de la adolescencia en el mismo momento en que llegaba el fin de la primavera alfonsinista. Porque para los que crecimos en plena dictadura, el cine fue también un doble descubrimiento. Y cuando digo cine me refiero asimismo a la sala, ya que nosotros, hijos de la televisión, teníamos a esa altura una amplia cultura cinematográfica (gracias a “Sábados de Super-Acción”) antes de acceder a esa instancia pública, una de las pocas que no estaba prohibida.

O casi, porque teníamos todavía el inconveniente de la edad (el tentador cartelito de “prohibida para menores”) aunque para los niños que éramos lo prohibido era lo normal, lo esperado (sin saber que a los adultos les pasaba lo mismo…). Por lo que entrar a una de esas enormes cavernas oscuras tenía siempre el sabor de lo peligroso (sin sospechar que había espectadores literalmente secuestrados en los cines).

Me es difícil recordar (en general, justamente por el golpe, que dejó al acto mismo de recordar envuelto en una bruma dudosa) esos días, como si no hubieran sido más que un sólo día, dilatado y oscuro, que se extendió durante el tiempo demasiado largo que a uno le toma crecer (al menos en la memoria), para descubrir luego lo rápido que se empieza a languidecer (al menos en la memoria).

Mi padre se había entregado a la rutina del padecimiento, y hasta en sus paseos repetía esa caminata circular (que unas mujeres desesperadas empezaban a hacer con más heroísmo). Los sábados tomaba el subte hasta el centro, para terminar yendo y viniendo por Florida. No se por qué me llevaba con él (supongo que también intentaba repetir el ritual de la paternidad). Yo me cansaba pronto, pero no porque no pudiera seguirle el paso (andaba con la lentitud de un hombre agobiado por un peso metafísico): iba perdido en sus pensamientos. Y de algún modo me transmitía su hartazgo cuando se detenía a tomar un interminable café en la barra del extinto bar Augustus (reducto de una plebe detenida que ya no era la bulliciosa y despreocupada que yo había llegado a ver en el Bar baro, sin saber que esa época ya había recibido su “tiro de gracia”).

Pero yo esperaba mirando el fluir de la vida en la calle, porque sabía que al llegar a Lavalle saldríamos de ese laberinto recto para doblar hacia ese mundo paralelo de los neones, los afiches, y las puertas de cristal, aunque nos limitáramos a caminar mirando las fotos y las leyendas. Raramente entrábamos a alguno de los cines (mi padre no soportaba las películas infantiles, lo que —hoy lo comprendo— debería ser un oxímoron, y en cambio se ha convertido en un modelo). Pero si aún recuerdo la única vez que recuerdo, es porque ese día todo salió fuera de lo previsto: era ya de noche (la hora en que solíamos volver) y la calle bullía de gente más joven y jovial que los habituales caminantes o parroquianos (esos hombres grises que parecían silenciosos facsímiles de mi padre).

Nos recuerdo, entonces, detenidos por fin frente a la cartelera de un cine, aunque no podría decir cual, porque sólo recuerdo unas estrechas escaleras que bajaban hacia la oscuridad, y que a mí me parecieron, en la multitudinaria noche que nos rodeaba, una abertura tan mágica como la que conducía al país de las maravillas (aun antes de escuchar —y menos de entender— la “Canción de Alicia”). Supongo que nos detuvimos ahí porque vimos en el afiche al chico de Melody, esa película que unió a generaciones cuando parecía fácil rebelarse contra los padres y escapar hacia un final feliz.

Príncipe y mendigo era milagrosamente apta para todo público (creo que no había pasado lo mismo con Los tres mosqueteros, imagino que por el subversivo escote de Raquel Welch), y estaba por empezar la función “trasnoche” (palabra que evocaba de por sí una doble trasgresión, visto que a esa hora todos los niños de buena familia debían estar en sus camas). Mi padre debió ver el brillo en mis ojos. O tal vez sólo quería prolongar más ese día ya tan particular (nunca sabré por qué). “¿No te vas a dormir en el cine?”, preguntó. Negué con la cabeza, ya completamente desvelado por la adrenalina del debut (y desde entonces, nunca me dormí en un cine…).

Bajamos por las largas escaleras (y todavía hoy conservo el gusto morboso por esos raros descensos, repetido luego —por ejemplo, y para hablar de otro nítido recuerdo— al ver las dos Halloween seguidas en un programa doble en el Roxy de Mar del Plata, con más temor por las inquietas siluetas de los valijeros que me rodeaban antes que por la previsible resurrección de Michael Myers). Pero apenas si recuerdo algunas imágenes: había —claro— espadas, peleas y alcoholes. O sea, todo lo que un niño sólo podía vivir en una película… a condición de haber intercambiado roles con un príncipe.

Como sabrán, la trama de la novela original remedaba ese viejo miedo (atávico y psicoanalítico) a ser confundido con otro. Algo que en la Argentina de ese ‘77 o ‘78 muchos niños empezaban a vivir, aunque pocos lo sab(r)ían. No es casual, entonces, que la película me haya impresionado: yo era (como todo niño feliz que deja abruptamente de serlo) un príncipe vuelto mendigo. Y tal vez por eso la escena inevitablemente me recuerda a su vez —aunque recién al escribir esto entiendo por qué— otro cine y otra película.

Unos años más tarde, del otro lado del río, en una de las viejas salas de la cinemateca uruguaya (tampoco recuerdo cual, y ahora sus altos techos se me confunden con los de la persecución final en la película misma) vimos Oliver Twist, en la clásica versión de David Lean. Para entonces también yo empezaba a vivir un tiempo más callejero (en esa ciudad que replicaba la que habíamos dejado atrás pero a una escala habitable, al menos para un niño que empieza a escaparse de casa, del mismo modo en que su padre había escapado de su país), por lo que esa vieja película, con su atmósfera de vieja fábula, condecía de algún modo con esa ciudad detenida en el tiempo (como aún sigue siéndolo Montevideo, mientras que Buenos Aires se entregó hace tiempo —sobre todo en la neo década infame, que se llevó nuestros veinte años— a la dudosa modernidad del urbanismo reaccionario: los cartoneros como inexorable contracara del diseño palermitano de restos).

Oliver Twist es la historia de una ciudad infame que devora a sus hijos. Pero su alegato no es menos moralizante que el de Príncipe y mendigo: si en ambas los niños perdidos encuentran padres sustitutos que los llevan por el mal camino, finalmente terminan encontrando una amorosa familia “real”. Finalmente, eso es lo que une a príncipes y mendigos: los padres no se tienen, se encuentran… Pero también podemos hacer una lectura menos lineal (aunque no menos optimista) de esa genealogía: el arte es, finalmente, un modo de reconstruir otra genealogía posible que la dada, de reclamar otras herencias (como lo propusieron Tinianov y Bloom, cada uno desde su propia tradición reinventada). El acto creador siempre implica un parricidio (pero a conciencia, no edípicamente…). Para escapar, justamente, de la maldición o bendición de la sangre.

Lean fue para mí uno de esos padres (películas mejores no superaran nunca la indeleble impresión que dejó en aquel niño Oliver Twist, y más tarde Lawrence de Arabia —otro film paradójicamente conservador sobre la construcción del yo— en un adolescente que empezaba a buscar su propio camino, algo siempre íntimamente épico). Hubo muchos otros, claro. Pero para entonces ya iba al cine solo… Lo que también implica empezar a descubrir un camino propio. Después de todo, las películas que hemos elegido (rever, tanto como hacer) dibujan un rastro, una estela que aún podemos seguir en la oscuridad.

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El príncipe y el mendigo (The Prince and the Pauper, 1977) | Richard Fleischer

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