Aquella película contigo

Cine por medio // Anabella Bustos

Aquella película contigo
Cine por medio
Por Anabella Bustos

Cuando le tocaba a él elegir, solía sucederme que no me importaba el cine. Viernes por medio, entonces, yo no miraba ninguna película sino a través de su gesto, aquietado en la fascinación por una pantalla que —insisto— en esas ocasiones solía no importarme. Efectivamente, torcer la mirada hacia él me salvaba de sus películas llenas de, en el mejor de los casos, héroes que a veces tenían la osadía de despeinarse. Viernes por medio, cuando me tocaba elegir, apenas notaba su incomodidad en la butaca.

En esos tiempos —corrían los últimos años de la década del ‘90—, él le pedía al cine una huída de lo “real”. Que huya, que huya bien lejos, no sé dónde, no sé detrás de qué, ni con qué secreto propósito; que sólo, y tal vez caprichosamente, huya. Eran tiempos en los que yo le pedía al cine que se muestre él mismo y que, en ese acto de honestidad, me muestre —esto lo pienso ahora—, en definitiva, alguna arista poco explorada de mí misma.

Nota 1 —primera sospecha—: Yo por lo íntimo, lo privado y lo impronunciable; y él por lo foráneo, lo lejano, lo vociferado… al final, ninguno de los dos quería mirar al mundo —en el cine— en esos tiempos (tal como si fuera del todo posible).

No era extraño, entonces, que al salir de la sala, viernes por medio conversáramos sobre la cobardía, el poder, el amor… y viernes por medio (¿en cambio?) conversáramos sobre cine.

Por debajo de tales apariencias, sin embargo, sus viernes yo esperaba el café-de-después para oír su relato con la callada certeza de que, cualquier cosa que él comentara, sería escuchada no tanto como un texto que habla de un film sino, sobre todo, como uno que habla a quien lo pronuncia. Y mis viernes… (no vale la pena recuperar mis torpes defensas a, por ejemplo, planos fijos de un minuto de duración); mis viernes él esperaba el café-de-después para interrogarme —esto lo pienso ahora—, por mi posición, en definitiva política, frente a todo cuanto teníamos delante.

Nota 2 —segunda sospecha—: Necesitamos varios años de viernes y de cine para que él empezara a intuir que mi ambición era la de lograr un gesto capaz de decir lo imposible. Fueron los mismos años que necesité para empezar a intuir que la suya era la de protagonizar un acto extraordinario con tintes de heroísmo. A los dos (acaso tan equivocados) nos parecía —sin saberlo— que la ambición del otro era sencillamente una completa tontera.

Hubo un viernes en que, casi como un milagro, coincidimos, sin ningún preámbulo, en el título que iríamos a ver. Ambos recordábamos —con las trampas de todo recuerdo— la versión primera de ese film que aparecía fragmentado en mi memoria, y con la textura propia del VHS con que contaba entonces.

Apocalypse Now (Redux) se estrenó en Argentina en un tiempo —esto lo pienso ahora— que ya era rotunda y subrayadamente el que venía siendo.

Aquella vez, al salir de la sala, el entorno, en el sigilo de la madrugada, me pareció despojado de toda vestidura, de todo ornamento… la escenografía abandonada de un viejo espectáculo que apenas reconocía.

El café-de-después transcurrió en un notable silencio.

Nota 3 —tercera sospecha—: Si esa noche casi no nos miramos, fue para no quebrar la fantasía de que, por fin, no restaba nada que decir.

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Apocalypse Now (Redux) (2001) | Francis Ford Coppola

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