Mi primera película
Cine y burbujas
Por Gustavo Farray
Por el mismo precio les voy a contar de mi primera película y de mi segunda película y, Aunque Usted no lo crea, también de mi tercera película en el cine.
Una burbuja perfecta, entre muchas de las que producía sin cesar, fue mi guía hacia el cine. Pero se trataba de un proceso complicado que llevó un tiempo recorrerlo y va a llevar un tiempito contarlo.
Resulta que en el edificio de la calle España 474 de la ciudad de Rosario y específicamente en el séptimo piso, yo vivía desde bebé con mi propia familia, aunque desde hacía un tiempo había ascendido ya a la categoría de “chiquito”.
Mi mamá Rosa, incansable cocinera de ilusiones, fue para mí la fundadora de un cine mucho más real que el cine en 3D. Ella fue la primera realizadora cinematográfica que he conocido. En esa época todo era cine para mí, aunque todavía no lo sabía; simplemente vivía maravillado por la magia de la vida y eso incluía los buñuelos que mi mamá cocinaba para mi hermano Jorge y para mí. Más tarde descubriría que muchas de las cosas que ella nos contaba eran cuentos, con la salvedad que ella no usaba libros de cuentos. ¡Improvisaba! Mi mamá le daba magia a la realidad y ésta, así tocada, se imponía lujuriosamente. Creo que nunca podré recuperar por completo ese nivel de fascinación.
Por ese motivo es que todos los días tenía una rutina que incluía fruncir el ceño y romper cosas para mirar cómo eran. Dibujar mi propio universo de colores sobre una pantalla de papel blanco, o rayado, o escrito. Crear un conflicto entre Súper Osito y mis otros muñecos mayormente destruidos. Vale aclarar que a Súper Osito le faltaba un ojo pero tenía una capa que legitimaba y reconocía sus superpoderes, y aunque siempre incluía la violencia en sus soluciones finalmente todos terminaban siendo amigos.
Y una burbuja era perfecta: yo las producía a gran escala desde el balcón del frente, que daba a la calle España.
El balcón del frente era mi preferido en esos años. Más tarde descubriría la importancia del soleado, pero a la vez encajonado balcón del fondo, cuya pared no me permitía ver más allá por mi escasa estatura. El balcón del frente tenía una baranda verde y enrejada. Para mí era un palco exclusivo al universo. Desde allí, el cielo infinito con el infinito azul del cielo rosarino. Desde allí el laberinto gris ambarado de la ciudad. ¡Desde allí el viento! Desde allí los sonidos de la calle que opacaban el sonido artificial y desdibujado de la radio de la cocina. Desde allí todos mis radares puestos en detectar murciélagos en la noche; primero el chillido, a duras penas verlos. Desde allí el increíble concierto de rayos y truenos y la primera nevada escasa que me dejó con todas las ganas. La diferencia con el cine que funcionaba en el interior de mi casa consistía en que el cine balconero era un poco menos interactivo. Este universo que me llenaba los ojos estaba fuera del control total de mi mamá y del mío, aunque de todas maneras yo me las rebuscaría para influir en él…
Para influir en ese mundo las burbujas serían fundamentales. Vasito de plástico, agua, detergente, un alambre convenientemente instrumentado… ¡y a producir! Las burbujas son poderosas desde un balcón elevado. El viento las guía, las arremolina, las dispersa o las une. Forma burbujas amigas y de repente el descontrol y el reviente. Esa era mi forma de llegar más allá de la baranda, siguiendo las burbujas que producía.
Aunque en ese momento aún no lo sabía, yo era como una nave madre y las burbujas mis naves exploradoras. Y gracias a ellas mi mirada fue pasando del cielo y la elevación hacia más abajo… y más abajo y más abajo, hasta que llegué al piso. Es curioso como uno de chiquito suele deslumbrarse mirando hacia arriba y con el tiempo va dirigiendo su mirada hacia el suelo.
Las burbujas fueron hacia abajo. Burbujas deambulando sobre los autos, sobre los viejos y sobre otros chicos. El detergente berreta que compraba mi papá era un problema para llegar entero y sin reventar. Pero eventualmente sucedió que descubrí la heladería de la esquina: Copacabana. ¡Copacabanaaaaaaaaaaaaaaa! Copacabana Especial sería mi gusto preferido. ¡Chocolate con nueces y frutillas enteras! Para ese entonces ya había comido helado pero este descubrimiento desde arriba me dio instantáneamente la facultad de desear helado y romper las pelotas junto a mi hermano para conseguirlo ya. Y así sucedió.
Mi mirada quedó condicionada hacia la derecha, hacia el extremo derecho del balcón, que daba a la esquina con la calle Italia y la heladería. Nada que ver con el tenebroso techo de zinc que se veía hacia el extremo izquierdo y que provocaba quejidos cuando soplaba el viento fuerte. Y con mi mirada puesta en la heladería llegaría algo extraño (no sólo para mí que era chiquito y todo era extraño para mí).
Una noche de verano la heladería trajo un cine portátil para atraer clientes. Películas infantiles de Disney, de los geniales Tom y Jerry y además… ¡El Correcaminos! ¡En una gigantesca pantalla de tres por dos! ¡Justo en la vereda de la calle España! ¿Por qué es que ya no pasan estas cosas? ¿Será que no salgo lo suficiente?
La heladería se llenaba de gente y todos iban a sentarse frente a la pantalla a comer su helado. Algunas películas estaban cortadas, El libro de la selva se veía de a partes, pero era mucho mejor que el zapping de la actualidad. La Cenicienta, Blancanieves y de vuelta un capítulo completo del El Correcaminos. Un éxtasis para un chiquito como yo.
Mi tercer cine, en una versión más parecida a la actual. A veces subido a la sillita plegable en la vereda, a veces relojeando desde el balcón. Los colores de la pantalla que compiten con el neón del cartel de la heladería usurpado por bichitos de verano.
Historias tan surreales como mi alucinada realidad de esa época. Una realidad luminosa y más difícil de tocar.
Hasta allá no llegan mis burbujas pero… ¿Y si escribo una película?
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Tom y Jerry (Tom and Jerry, 1940) | William Hanna, Joseph Barbera, Gene Deitch y otros.