Mi primera película
Clara en fila diez
Por Martín Figueredo
Me esfuerzo por recordar. Miro la pequeña e iluminada ventanilla y mi pasado de nuevo agota mis ojos. Lenguaje constructor de eventos vividos que me prohíbe el paso a algunos recuerdos míos. Después de un tiempo el dolor de cabeza se va. Tantos son los años dentro de este pequeño cuarto que se presenta como evidencia única de realidad. El sentir pendulante de mi tránsito diario entre este mundo y el de esas imágenes, me obliga a tomar partido cada vez. Tomar partido, pocas veces voluntario, ninguna, es más. El ritmo continuo que acaba seduciéndome me obliga a ingresar, inocente y víctima, en el aquí y ahora nuevo y cuestionadamente veraz. En el umbral de esos dos mundos soy por primera vez consciente de estar atravesando la frontera. Ese intento de supervivencia casi ni se prolonga demostrándome no ser capaz de manejar semejante poder atrayente. Me reconocí real justo antes de convertirme en otra persona. Eso, a fin de cuentas, termina siendo la burla tentadora y dulce de mi único poseedor y controlador dejándome ver un poco de su gobierno.
El sonido del proyector comienza a correr somnoliento y pacífico pero intenso y controlador, sin dudas. En el momento en que ese ritmo litúrgico ataca, mis pulsos vitales lo acompañan, como si encontrara placer en el film ya percibido. Entro y salgo alucinado e insomne para solamente probar el dulce sabor de ambos mundos y reconocerme incapaz de pertenecer sólo a uno. Pero ya accioné la perilla. Es su séptima proyección. Maldita, me obliga a ser parte de su macabra empresa. Pocas veces logro sabotearla olvidando cambiar el rollo a los veinte minutos. Los gritos de los ignorantes subordinados piden desesperadamente más veneno hipnótico. Encuentro en ese momento mi oportunidad para escapar, pero siempre reconozco la realidad que me devuelve a la pérdida de voluntad elegida: el fin de mes, la subsistencia, el riesgo de despido si no hago bien mi trabajo y mi jefe, éste sin explicación necesaria. Sin embargo, disfruto lo más que puedo de los instantes, olores y texturas que me da el cuarto caluroso y por momentos húmedo, aunque no debería por cuestiones de mantenimiento del celuloide. Pero cómo explicar los llamados de sirena provenientes de esa pequeña ventanita cuadrada. ¡Esa maldita! A veces siento mis manos apoyar en su marco, pero muy pocas lo recuerdo siquiera como un movimiento voluntario. Sigo despierto a la realidad por unos segundos que no aportan nada a mi vida más que el simple hecho de ser libre y luego me dejo llevar por las ilusiones proyectadas en la pared.
Sólo un día en particular encontré en esos segundos de conciencia un ancla a mi ser. Sé, como esclavo ambicioso, que la debilidad de mi amo y maestro celuloide tuvo lugar aquel día con una de esas películas francesas de los sesenta, hace diez años intelectuales y nada más. Esas aburridas y pesadas latas, cargadas con más probabilidad de que me despidan que otras por el cuidado que requieren, fueron mi llave a la libertad eterna y al amor absoluto al fin comprendido. Pobre de mí al no saber tampoco que caía en otra cárcel de la mente y el corazón. Allí estaba ella brillando como una estrella de cine (Faustine tomando el sol todas las tardes en esa isla fugitiva vino a mi mente justo ahí). Sentada en la décima fila al centro. La sala es pequeña, estaba casi al final, pero tenía una butaca privilegiada. Debía subirme a un banco para verla del todo. Creí ver un increíble parecido a mi primera novia Clara, aunque no la veía del todo, estaba incómodo. Corría el riesgo de tapar la boca de luz y volver a los insultos hirientes de los presentes logrando que ella enfadara. Corría el riesgo de salir de un laberinto para ingresar en uno más extenso e iracundo.
La recuerdo incluso, de otras veces. Comienzo a unir esas imágenes y sonidos fragmentados en un devenir único y total. La veo frecuentar la misma butaca en tiempo de las mismas películas francesas. Comienza con su voz pidiendo la entrada en el cuarto de junto. Acento francés, como subtitulada a un mal español. La puedo escuchar y suponer que ese resabio de mi memoria pertenece a la misma joven. Viajo así a un recuerdo pasado que me empuja a la vez a uno mucho más anterior: de esa primera vez en el cine. Fue aquí mismo. Mi madre me sentó en la fila diez, justo donde ella está ahora, desde donde mejor se ve. Mi madre siempre quiso lo mejor para mí. Recuerdo la gamuza un tanto áspera pero divertida. Hoy cubierta por cuerina sintética. ¿Por qué vienen a mi esas sensaciones pero nunca lo que en la pantalla se proyectaba? No puedo recordar esa maldita película, la primera que vi. Pero sí la voz de la francesa de pelo oscuro que me hace volver al cine con sus risas. Ahora toma forma de recuerdo. Ahora todo confluye en dar sentido. Esa risa con acento extraño y un tanto molesta que se hace presente en momentos de silencio romántico u horror a la antigua, me seduce muy de a poco. Nunca entendí por qué esa chica reía cuando no debía hacerlo. Hasta sentía como todos giraban haciendo crujir la cuerina sintética, los chistidos. Ahora noto que era ella. Hoy logra intrigarme de maneras insospechadas. Me pregunto por qué nunca me percaté de su presencia. Ha de ser porque la gente que viene a ver esas películas me resulta poco interesante. Odio las películas francesas en blanco y negro.
Uno nunca sabe. Tal vez la primera película que mi madre me invitó a ver haya sido una de esas que tanto detesto. No creo que logre ser la razón de mi sorpresivo e intenso fervor por la joven de la fila diez, pero he escuchado mucho acerca de cómo se forja el carácter de un niño en el cine. En este momento de mi vida resultaría halagador e incluso necesario saber cuál fue el inicio de mi conducta, el provocador de lo que hoy soy. Debo recordar esa primera hipnosis. Era muy joven, no sabía que todo era ficción. Entré de la mano de mi madre y miré hacia un costado, arriba, vi a una dama elegante que sonrió de manera seductora pero pervertida (repito, era solo un niño). Ocultándome su rostro, pero haciéndome ver sus expresiones extrañamente, nítidas en su opacidad. Parecía la joven de la fila diez que nunca mira hacia mi ventanilla. Recuerdo a esa mujer de la cual me fasciné tan sólo por esa mirada confusamente depravada. Marcó mi infancia y cuales serían mis fantasías de ahí en más. No sé por qué opté por conservar ese recuerdo y no el de la película que fui a ver, su actriz principal por lo menos. Sé que esa mujer estaba ahí pero no la razón por la que fuimos, el film.
Vuelta brusca pero eficiente: hora de cambiar el rollo de nuevo. Gritos irritantes entran por la ventanita infernal. Nunca me había equivocado dos veces con la misma película. Luego del primer error suelo prestar más atención. Por esta vez, sólo por esta vez, primero me asomo para verla a ella voltear e insultarme, revelando, atrapada ya, su rostro incógnito. Al estirarme veo que permanece paciente mirando a la pantalla. Inmóvil. No sale de su estado hipnótico. Admiro su fijeza y me contagio de la misma manera que por el ritmo del proyector. Parece que en su lucha por dominarme las fuerzas son parejas. Cambio el rollo y el bullicio es reemplazado por el diálogo lento de dos personajes que se preguntan si el año pasado se amaron. Inverosímil. Imposible no recordar el amor. No creo ni una palabra de lo que dicen, ni siquiera puedo seguir el relato disonante. Si tan enamorado estaba ese hombre, no dudaría en reconocer el rostro de su amada en ella.
El proyector comienza a hacer su trabajo controlando mi realidad y poniéndome en el cuerpo del francés en blanco y negro. Ya me veo en él. Ahora soy yo quien recorre esos jardines de arbustos tallados y estatuas sentimentales y yo quien duda de si esa mujer es la que amo. Sacudo mi cabeza tratando de evitar el pasaje al otro mundo y me asomo por la ventanilla nuevamente. Sigue ahí mirando la pantalla. ¿Por qué no la recuerdo de otras proyecciones? Nunca la miré, pero supe que estaba allí cada vez. Conozco todo de ella a pesar de saberla hace sólo unos minutos. Como una película clásica, entra en mí con personajes románticos sin que siquiera lo note y controla mis acciones en vida, mis saberes. ¿Será ella una proyección de mi imaginación? ¿Será que necesito tanto alguien que me recuerde a Clara? No puedo ver desde aquí arriba si es del todo real. Veo sus piernas, algo de su cabello cobrizo, sus delicadas manos sin anillos ni pulseras accesorias. No debe tener rostro. Es el monstruo nunca mostrado del film que nos obliga a completarlo terrorífico a la medida de cada espectador. Yo la completo a mí medida también: Perfecta. Hermosa y solemne. Inalcanzable también. Clara vuelve a hacerse presente en su cuerpo.
Tengo veinte minutos para bajar y sacarla de la hipnosis convirtiendo mis ojos en la pantalla. Me pregunto cómo lograré mostrar ojos franceses para enamorarla. Debo luchar de todas formas. Voy a bajar y exigir lo que me corresponde por ser quien proyecta sus deseos y fantasías. La besaré. Guardaré en mi retina ese beso, guardaré cada beso de esos años, cada estrella, cada fotograma, los juntaré todos en un mismo rollo para verlos ya viejo (no recuerdo si lo soñé o leí).
Me interrumpen gritos atascados en la ventanilla. De nuevo debo cambiar el rollo. No sólo aburrida, también extensa. Ese hombre debe irse del palacio. Ella no lo recuerda. No es a quien amó. ¿Qué sentido tiene ya jugar esos juegos de ingenio absurdos? Conociendo estas películas quizá ni siquiera exista la mujer, tampoco su novio y mucho menos los jardines y el palacio. Preparo el celuloide para abordar el empalme, apresurado por verla de nuevo. Viene a mí otro recuerdo fugaz de Clara. Me sorprende lo frecuente de ese contenido. Era bonita y sencilla. Le gustaba reír cuando la gente tosía en el cine. Yo sentía vergüenza cuando lo hacía, pero me agradaba de todas formas. El rollo está puesto. Me subo al banco y descanso mis brazos sobre el marco, miro a través de la pequeña ventana en busca de la joven de la fila diez como llegando al clímax de mi deseo. Sé que veré su rostro esta vez y dejaré de poner en ella el inútil recuerdo de alguien más que ni siquiera está aquí ni estará. Me asomo esforzado. Ella no está. La butaca de la fila diez vacía. La película no terminó y ella se fue. El sonido desaparece por fundido, el público insultante se sordina lento. Por primera vez los latidos de mi corazón se detienen sin hacerle caso al ritmo impuesto por el proyector. Lo intenta, no puede controlarme ya, suspira abatido. Por primera vez yo controlé mis latidos.
La película dejó de proyectarse en la pantalla para transformarme en cámara y construirla yo en esta sala antigua. Abandonado por quien me recordaba a mi primer amor comencé a vivir mi propia vida, genuina, mía, solitaria pero mía. Se fue como lo hizo Clara. Yo era niño, lloré. Pero ella fue real y valió la pena. Nunca fue un refinado y bien construido melodrama lacrimógeno. Pero, ¿dónde está? Sigo necesitando a esa mujer sin rostro. Mentí acerca de la demanda de las películas francesas. Dije ser testigo de una enorme concurrencia y de ensordecedores aplausos cada semana durante sus proyecciones. Mi jefe lo creyó todo y comenzó a traer más películas aburridas. Las vi todas con atención. Intenté alimentarme de ellas para tener simplemente un tema de conversación. Para darle una excusa de volver. Pero ella nunca se hizo presente. No ha de haber sido real ahora sospecho. Nunca pude ver su rostro desde aquí arriba. Fue una mujer que lleva el rostro de todas las amadas y las deseadas. Una actriz que interpreta la primera película que nos halla vírgenes y tentados de encontrar en ella a nuestros amores jamás olvidados. Entonces fue una proyección propia a través de esa ventanilla demoníaca.
No pude recordar esa primera película tampoco, aunque quizá esa sea la respuesta. Algo sí creció. Volví a Clara. La recordé de la única manera en que puede ser más real que en esos días mismos. Formada en una película, con saltos de tiempo y primeros planos, con contenido manipulado, simulacro hipersensible de olores que se hacen presentes, en esa joven de la fila diez tan familiar a mi infancia. Veo a Clara en movimiento proyectada en las imágenes internas de mi retina desgastada por los años. La veo en cada película que me llama por la ventanilla ahora más dulce conmigo, todas son ella. Devuelve mi orden real para nunca más atravesar hacia el otro mundo, o hacerlo con cicatrices que me recuerden a dónde pertenezco. El dolor de cabeza dejó de ser mi única evidencia pues ya no le necesito. Clara ocupa el lugar de mi primera película y de las que siguieron: no vista o recordada, más bien vivida.