A la salida del cine

Como dos extraños /// Fabio Villalba

A la salida del cine
Como dos extraños
Por Fabio Villalba

Salió del cine desconociendo a la mujer que tenía al lado. Eran novios desde los 23 años (ahora arañaban los 26), pero para Manuel esa noche todo había cambiado.
No podía precisar cómo había sucedido, pero en el término de dos horas todo lo que amaba de Diana se esfumó. En su lugar aparecieron las risas grotescas, el crujido de las mandíbulas triturando pochoclos, la respiración fuerte y acompasada. Para colmo, como un espejo de esos que hay en los parques de diversiones ambulantes que se ven en las películas, la pantalla reflejaba su inverso: una mujer preciosa de la que todos los espectadores ¬—incluído él— se habían enamorado.
Por pura inercia le sostuvo la puerta de la sala para que saliera. Ya no sentía que ese gesto le correspondiera.
—¡Qué estupidez, por Dios! —exclamó Diana, a lo cual Manuel sólo pudo responder con un “mmm”. Él había amado la película. ¿Se lo diría? ¿Quería empezar una discusión con alguien a quien ahora sentía que apenas conocía? ¿Cómo no lo había visto antes?
—¿Me esperás que voy al baño?
Manuel asintió y se incorporó al resto de los muchachos que esperaban frente a los sanitarios. Más de una vez había reparado en esa situación que le resultaba simpática. Incluso había proyectado una idea para una tira cómica en la cual los chicos que esperaban podían ser superhéroes que salvaban el mundo en el tiempo en que sus novias estaban en el baño. Pero ahora no podía dejar de notar que habitualmente era uno de los últimos en irse. Y eso le molestaba. Se imaginó dando un discurso allí mismo, convenciendo a los otros de largarse. “Las mujeres que salgan de ahí no van a ser las mismas que entraron, así como mi Diana desapareció en aquella sala. Escapemos muchachos”. En su sueño —cuya puesta en escena se asemejaba mucho a las publicidades de cerveza— los otros lo vitoreaban y ensayaban un ligero trotecito en dirección a la salida.
Diana lo despertó. Descendieron los pasillos en espiral que comunicaban los cines con el resto del shopping. Nunca contó cuántos pisos eran, pero esa noche Manuel sintió que la espiral se había convertido en un círculo cerrado.
Hay situaciones en las que estamos con una persona que nos desagrada y miramos a nuestro alrededor buscando algo que nos salve. No encontramos nada, pero todo lo que vemos nos parece más interesante. Nos da esperanzas. Manuel sintió que estaba condenado: no sólo Diana le desagradaba, sino que todo a su alrededor le producía rechazo. “Muy hablada”, “Un poco fantasiosa la parte que…”, “Qué viejo que está Michael Caine”; las mismas frases vacías que salían de la boca de Diana —la “falsa Diana” pensó él— se multiplicaban por todo el pasillo. Estaba rodeado. No podía correr: cada paso le costaba el doble, ya que sus zapatos (los de todos) habían quedado pegajosos luego de dos horas de proyección. El arrítmico crujir de los calzados era la banda sonora de aquel infierno.
Por fin llegaron a la salida, pero el encuentro no terminaba aún. Manuel resolvió actuar con normalidad. Más por comodidad propia que por cuidar a Diana. Además, si ella le pedía explicaciones de por qué la abandonaba ahora él no iba a saber qué responder. Prosiguió con la rutina: pasaron el resto de la noche en el hotel alojamiento que estaba a unas cuadras del shopping. Allí hicieron el amor por última vez, aunque ninguno de los dos estaba ahí: ella era otra y él estaba pendiente más del ruido del aire acondicionado que de otra cosa. En silencio agradeció haber podido sostener la erección el tiempo necesario. De nuevo, más por la comodidad de evitar preguntas —o que ella se pusiera pesada intentando estimularlo—, que por cualquier otra razón.
A la mañana siguiente la acompañó hasta el colectivo, como siempre. Despidió a Diana con un beso. “A la falsa Diana”, pensó él. En el camino a su casa se puso a pensar en cómo dejarla.

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