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A la salida del cine

Con Dioses en el Olimpo /// Matías Orta

A la salida del cine
Con Dioses en el Olimpo
Por Matías Orta

Este año tuve el privilegio de cubrir el Festival de Cannes. El Mundial del Cine, en un contexto de ensueño: Mar Mediterráneo, yates, palmeras. Una oportunidad única de ver films muy esperados y de tener ahí mismo a sus principales responsables. En varios casos, cineastas a los que admiro desde hace décadas.

Sí, Cannes es aún más maravilloso de lo que uno puede vislumbrar por las noticias. Fue una experiencia única: primera vez en el festival, primera vez en Francia, primera vez en Europa, primera vez tan lejos de Argentina… Vaya cantidad (y calidad) de debuts.

Cada minuto en aquel Paraíso del Séptimo Arte implica una anécdota, pero bien vale destacar la que más se ajusta a la premisa por la que muy amablemente me convocaron.

Promediando la mitad del evento, en el teatro Debussi, dentro de la sección Un Certain Regard, el actor Ryan Gosling presentó su ópera prima: Lost River. Allí estuvo el astro, junto a parte de sus protagonistas, como Christina Hendricks —paradigma de Mujer— y Matt Smith, uno de los más celebres Doctores Who. El presentador también anunció la presencia de otros pesos pesados en la sala: Win Wenders, Willem Dafoe y Nicolas Winding Refn, quien dirigiera a Gosling en Drive y Only God Forgives. Ya había visto a Refn y a Dafoe en la conferencia de prensa del jurado de la competencia oficial, de las que ambos eran parte, pero todavía nunca fuera de aquel contexto. Refn se sentó a pocos metros de mí, y no lo perdí de vista.

Empezó la película. Si en la máquina de La Mosca metemos a Harmony Korine y a David Lynch y a Terrence Malick, sale Lost River (perdón, sé que no es importante ahora, pero resulta evidente que no puedo despegarme de mi actividad).

En fin, la película terminó (mejor de lo que dijo la crítica… pero, una vez más, es tema para otro texto) y hubo aplausos interminables para Gosling, su elenco y su equipo técnico. Me acerqué lo más que pude y los ametrallé con fotos. Un golazo ser testigo de un momento tan especial en la carrera de una figura ya consagrada. Quise avanzar más, tocarlos incluso, pero se los llevaron rápido, por otro lado. Sí, el protocolo que mencioné.

Las puertas se abrieron, y quienes sí salieron por ahí, como casi todo el público, fueron los técnicos de la película, entre los que estaba Benoît Debie, director de fotografía que había trabajado con Gaspar Noé en Irreversible y Enter the Void y con Korine en Spring Breakers. Me moría por saludarlo, y sacarme una foto con él… o mejor aún: que él me sacara una foto a mí (¿?).

A todo esto, nunca me olvidé de Refn, y sin tampoco descuidar a Debie, pasé entre el gentío y fui hasta él. Sí, es cierto que uno se topa con astros todo el tiempo en Cannes, pero hay tanto protocolo que es difícil encontrarlos así, andando con libertad, sin guardaespaldas ni otra figura de autoridad al lado. Así que estaba ante una oportunidad única para tener un contacto directo con el genio.

En el hall, en medio de más tumulto, di con Nicolas. Me presenté (en el mejor inglés que pude), me saludó, nos estrechamos la mano, aceptó una autofoto y debió seguir su camino. No nos quedamos conversando ni nada, y la foto no es maravillosa desde lo técnico, pero alcanzó y sobró para decir: “¡Conocí a Refn!”.

Y medio segundo después, apenas me doy vuelta, lo veo saliendo de la Debussi: Abel Ferrara. Corrí hasta él, le dije: “Abel, Abel” (pronúnciese “Éibel”, y de manera rústica), se dio vuelta para mirarme, le dije: “I am Matías, from Argentina”, dijo: “¡Oh, Argentina!”, me estrechó la mano bien firme, una bonita mujer a su lado dijo: “Io parlo argentino” (sic), le digo (en argentino) si nos puede sacar una foto, agarra mi cámara siempre lista, abrazo a Abel, sonrío como nunca en mi vida, FLASH, “Thank you, lady. Thank you, Abel”, y el ídolo y su compañera se van, y yo me sentí Superman.

Minutos después, en la fiesta BAFICI organizada en el sector del INCAA, a orillas del Mediterráneo, brindé y festejé por tan glorioso momento.

Admito que estas historias calificarían como anécdotas de “cholulaje”, pero sigue siendo un momento sublime. Un día tenés 16 años y estás viendo Un maldito policía por VHS, en una zona industrial de Remedios de Escalada, y de pronto el director está frente a vos, en la ciudad más top de Francia.

Vuelvo a mirar las fotos y me emociono. Mi foto con Ferrara es peor que la que aparezco con Refn (mi cara, para empezar), pero no importa. Nadie puede sacarme la felicidad.

Hay más historias vinculadas a aquel festival tan mágico (como mi interacción con David Cronenberg, y las funciones por los aniversarios de El loco de la motosierra y de Tiempos violentos, con los directores ahí mismo, o incluso cómo me regalaron 250 euros en el viaje de ida), pero quedarán para otro momento.

Todavía no puedo creer que estuve en Cannes, con esos ídolos de siempre, con Dioses en el Olimpo.

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Lost River (2014) | Ryan Gosling

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