Nuestra última película
Con los ojos brillantes
Por Paula I. Arella
Este es un cuento de doble mano. Nuestra última película fue, también, nuestra primera.
Se trata de mi padre, Felipe.
En el primero de los cuentos de esta serie conté cómo mi familia materna tuvo que ver con la elección de mi carrera audiovisual. Con mi mamá solíamos ir al cine, a veces nos llevaba a mi hermana y a mí, otras a una de las dos, y a veces sumábamos a alguna amiga a la cita. Pero con mi viejo no recuerdo haber ido solos al cine.
Hace poco más de un mes Daniel, quien me hizo guionista, me invitó a la avant premiere de Esperando la carroza remasterizada. En Buenos Aires, de donde me fui hace casi tres años, no había nadie más con quién se me ocurriera compartir esa película. En realidad, sí, mi querido amigo Facu que se sabe cada línea de diálogo y cada gesto de este clásico nacional. Pero recordando lo importante y valorada que me hacían sentir las invitaciones al cine de mi vieja, llamé a Felipe y, tras asegurarme que la noche del lunes no tuviera ningún plan, lo invité a acompañarme al estreno. Por el teléfono sentí su sonrisa hincharse de alegría. Confesó haber visto sólo algunos fragmentos encontrados al azar en el zapping, así que sentí que mi acierto era doble. Arreglamos mi visita a la ciudad y quedamos pendientes del paso del tiempo hasta el día del acontecimiento.
Llegó el lunes. Lunes de lluvia tormentosa, diluvio. Buenos Aires gris y mojada es hermosa. Aunque transites por las veredas roñosas, si levantás la cabeza y mirás un poco más allá, un poco más arriba, Buenos Aires lluviosa es un mimo al alma de arrabal.
Pasé la tarde con Facu. Por un segundo después de enterarse de mis planes de esa noche, creo que sintió algo de celos: como mi hermano de la vida y fan de la película, acompañarme era su derecho natural. Pero enseguida se disipó su malhumor y hasta accedió internamente a darle el permiso a mi padre cuando se enteró que sería la primera vez que la vería completa, de principio a fin.
De ahí me fui a lo de mi viejo. Los dos nos arreglamos con esmero, como cuando ir al cine era un acontecimiento importante. Empuñamos nuestros paraguas y salimos del bracete, muy entusiasmados.
Llovía a mares. ¡Qué emocionante es una lluvia fuerte!
Bajo nuestros paraguas llegamos a la cuadra del Gaumont. A pesar de ser temprano una multitud se formaba en la puerta. Felipe se puso en la cola y yo me acerqué a averiguar. Enseguida lo encontré a Daniel, nos saludamos contentos, me dio las entradas y desapareció. Volví a verlo a cada rato, como Droopy. Hacia donde miraba aparecía (y desaparecía), organizando y chequeando absolutamente todo… nunca voy a entender a quienes eligen la producción como su área profesional.
En fin, fui a buscar a mi viejo y nos metimos al cine, inundado de personas todas muy elegantes y perfumadas, empujándose con cordialidad para llegar a la mesa de las empanadas y a la del vino. Aunque hubiera sido divertido que sirvieran ravioles, las empanadas era una mejor opción para la ocasión.
El hall del cine estaba adornado con carteles citando frases célebres de la película: “¡¡¿Qué hizo con mi mayonesa?!! Flancitos…”. “¡Yo hago puchero, ella hace puchero, yo hago ravioles, ella hace ravioles… qué país!”. “Tres empanadas que le sobraron de anoche para dos personas. Dios mío, qué poco se puede hacer por la gente… lo único que se puede hacer por la gente es no pensar…”.
Tuvimos tiempo de comernos un par de empanadas y de bajarlas con algo de vino antes de entrar a la sala. Logramos sentarnos en un buen lugar y nos entretuvimos viendo el movimiento a nuestro alrededor y haciendo algunos comentarios al respecto.
Enseguida empezó la película. Los aplausos como estallidos atronadores empezaron a sonar con los títulos y las primeras imágenes. Algunos coreábamos algunas frases, todos reímos francamente y mi padre descubrió que “Una vaca lechera” de Feliciano Brunelli interpretada por Fernando Raymond (nombre artístico de su tío Oscar), es la canción con que cierra la película. Y yo descubrí que el viejo tío Oscar, además de cantar tangos, se había sabido divertir con canciones infantiles.
Las sonrisas y las imágenes de la película nos acompañaron las cuadras que caminamos, bajo nuestros paraguas, bajo la lluvia porteña, hasta encontrarnos con mi hermano Santiago que nos esperaba en la puerta de Güerrín. Terminamos cenando en Los Inmortales, en frente, porque Güerrín estaba demasiado lleno. La película nos acompañó también durante la cena. Santi recordaba algunas escenas con tanta claridad como si hubiera estado en el cine con nosotros.
La noche transcurrió entre risas, recuerdos, descubrimientos, ojos brillantes, pizza y vino. Se gestó un encuentro con el tío Oscar para recuperar historias y muy satisfechos del alma y los estómagos, emprendimos la vuelta a casa. Afuera ya no llovía.
Esperando la carroza, la comedia más amada de los argentinos (dice su página en Facebook), una película imposible de olvidar que sigue produciendo anécdotas y alegrías.
Desde que se me ocurrió contar esta experiencia a propósito de esta saga de cuentos, me di cuenta de que fui presentando a mi familia: en el primer cuento aparecieron mi madre, abuelos maternos, tías y primos. Con en el segundo cuento mi hermana y su marido (¡hoy, a punto de darme una sobrinita!). Y en este tercero a mi padre, mi hermano, mi tío recientemente descubierto como famoso y hasta mi hermano de la vida Facu.
Participar en esta propuesta, cosa curiosa, me reconectó con mi familia de origen, esa que te acompaña incondicionalmente, aunque por momentos te creas una balsa a la deriva. No fue intencional y me alegra que así haya pasado como me alegra que hayamos llegado al final de este paseo… ya no hay más familiares de quienes hablar.
¡Gracias por la experiencia y hasta la próxima propuesta!
//////////////////////
Esperando la carroza (1985) | Alejandro Doria