Mi primera película
Con ojos de niño
Por Nicolás Longinotti
Recuerdo bien la primera película que fui a ver al cine.
No sé si es un recuerdo propio de mi persona o si es una creación a partir de lo que me han contado a lo largo de mi vida mis padres. Recuerdo imágenes, algún que otro olor y otras tantas sensaciones. Teniendo en cuenta mi carrera universitaria, la primera vez que fui al cine debería haber significado un momento importante en mi vida, quizás el momento clave en el que decidí a dedicarme a esto. Pero no lo fue. O si lo fue, no lo recuerdo así. Porque quizás nada de eso existió. Mi mente (esa maquilladora empedernida) me dicta cosas que muy probablemente se alejan de lo que en realidad sucedió. Pero, se sabe, la ficción siempre supera a la realidad. No sólo la supera, la destroza. Quizás porque la realidad es indescriptible. Por eso recuerdo bien ese momento.
La película, Un ratoncito duro de cazar. El cine, no lo recuerdo. Era un cine y con eso basta. Con las butacas, la gran pantalla y todo eso. Fui con toda la familia a verla. Era un día lluvioso. Tenía siete años. Era petiso, muy petiso. Nos sentamos en la fila del medio. Recuerdo claramente dos cosas: el intenso olor a pochoclo en el aire y la campera roja que llevaba puesta. Era impermeable por fuera y con estampado escocés por dentro. No me la saqué enseguida. Me quedé sentado ahí, al lado de mi madre y de mi hermana, con la campera puesta. Tenía un botón plástico grande y blanco debajo del cierre con el que siempre jugaba. Clic-clic. El ruido podría haber sido molesto para alguien cercano a mi lugar. Me encantaba jugar con ese botón. Mi padre me ordenó que me la sacara luego de unos minutos de estar sentados. También recuerdo una tercera cosa, y es que no veía mucho. Como dije, era petiso, muy petiso. Las cabezas de los de adelante me tapaban parte de la pantalla. Eso no me gustaba. Entonces, plegué la butaca y me senté arriba del asiento, dispuesto verticalmente. Mi altura aumentó de manera considerable y pude ver bien. Es algo que continué haciendo durante muchos años.
Hay otra situación, pero puede ser de cualquier ida al cine, aunque considero que es necesario citarla porque también la atribuyo a ésta: mi padre mirando, durante todo el tiempo que estuvimos sentados antes de que empezara la película, a una pareja que se encontraba detrás de nosotros y que tomaba gaseosa y comía pochoclo ruidosamente. Quizás por eso ahora no soporto a la gente que va al cine para comer. Entran a la sala cargados de baldes llenos destinados a ser tirados a la basura por la mitad, llevan tantas cosas en las manos que apenas pueden ver al suelo mientras suben los escalones. O pagan una entrada para ir a una sala en la que te sentás en un sillón mullido y te ofrecen un menú entero de comida. “Como en casa”. Mi padre, entonces, los miraba. Desafiándolos. El odio. Y la pareja, inmutable. ¡Pssst! Ruido de gaseosa al abrirse. Estaba batida. ¡Bien! Gritos y risas. Por lo menos se mancharon.
Y entonces la sala gradualmente se hizo oscura. El olor a pochoclo, siempre en el aire. Qué hambre me daba. “Próximos estrenos”. No recuerdo qué películas anticipaba. Lo digo porque de chico siempre me gustaba ver los próximos estrenos.
Y luego la pantalla se agrandó. Miré esto hipnotizado. La pantalla se estaba ensanchando. Increíble. Y un sonido grave y sucio, arañazos en la pantalla y una luz blanca. Y el clic-clic del botón blanco de mi campera. Y la película. Me reí mucho (de eso no me acuerdo, pero seguramente fue así). Un ratón que les hace la vida imposible a los compradores de una antigua y lujosa casa. Me acuerdo de una escena en la que un conocedor de la arquitectura se encontraba mirando hacia arriba en el living de la casa mientras exclamaba maravillado “Lars Van Larue” (el nombre original debe distar mucho de ese). La traducción era genial, tenía un humor extra. Las situaciones eran muy cómicas, los personajes patéticamente graciosos. Es una de esas películas que vi varias veces de chico y nunca más desde entonces. Recuerdo haberla alquilado un par de veces luego de ser estrenada en video. Nunca tuve televisión de cable, por lo que solía alquilar películas o ver las de los canales de aire. En mi casa había muchos VHS con etiquetas de películas grabadas de la televisión. Pero nunca tuve esta película. Es algo peculiar. Debe estar plagada de escenas vinculadas a recuerdos de mi niñez.
La voy a volver a ver. Con ojos de niño (porque no hay otra forma). Son los ojos del recuerdo.
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Un ratoncito duro de cazar (Mouse Hunt, 1997) | Gore Verbinski