Aquella película contigo

Conmigo (sí, conmigo) /// Griselda Soriano

Aquella película contigo
Conmigo (sí, conmigo)
Por Griselda Soriano

Al principio suele ser con padres o abuelos. La primera vez da un poco de miedo eso de quedarse a oscuras en un lugar tan grande, y es bueno tener al lado a alguien que te defienda, llegado el caso. Después, con tus amigos. Cuando todavía no podés salir solo, pero sí lograr que el adulto responsable te deposite en la puerta de la sala, se vaya a tomar un café, y venga a buscarte después de una hora cuarenta —promedio—. Unos años después, el chiste es el amontonamiento: ir en masa, hacer mucho ruido, y, sobre todo, probar si te dejan pasar a ver esa que es para mayores de 16 años, aunque tengas 15. A esas alturas uno ya aprendió que muchas veces no importa tanto lo que hay en la pantalla como lo que está pasando en la butaca de al lado.

Ir al cine como excusa para estar cerca de alguien, sin siquiera entender qué significa esa confusa sucesión de fotogramas que no logran que dejes de prestarle atención a quien tenés al lado. Ir al cine con ese alma gemela cinematográfica que todos tenemos, esa persona con la que te mirás de reojo y ya sabés de qué van a hablar a la salida. Ir al cine cuando eso que está en la pantalla lo hiciste vos; sentir ese nudo del día del estreno. Sentarte al lado del director o del protagonista de la película: que el nudo sea de otro; compartirlo por ósmosis. Todas esas experiencias merecerían, como mínimo, un libro entero. Pero voy a ser egocéntrica. Muy egocéntrica. Y voy a decir que, para mí, no hay como ir a ver una película conmigo.

Hay un prejuicio idiota que todo cinéfilo tiene que enfrentar tarde o temprano. Hay distintas formas de formularlo, de tirárselo en la cara a uno sin reparos, pero se resume más o menos así: al parecer, para buena parte de los mortales, ir al cine solo “es deprimente”. Yo —que nunca lo creí— se lo he discutido a muerte a unos cuantos amigos que me siguen poniendo cara de compasión cuando a la pregunta: “¿Y con quién fuiste?” les respondo contenta: “¡Sola!”. En general, cuando pasa eso, los miro con más tristeza que ellos a mí, pensando que me gustaría que se sintieran los suficientemente cómodos con ellos mismos como para salir solos, pero no les importa. Y es que a veces todo parece darles la razón. Si hasta el señor de la boletería del cine que está cerca de casa me mira raro de vez en cuando, cuando pido sólo una entrada. Y los encargados de idear promociones no entienden que el mundo sería un lugar mucho mejor si el “2 x 1” cambiara por un “A mitad de precio”. Ni hablar de ir sola a ver una comedia romántica un viernes por la noche: las caras con que las parejitas compañeras de sala la miran a una son siempre mucho más divertidas que la película.

No me malinterpreten: me encanta ir al cine acompañada. Con novio, con amigos, con colegas, con extraños; con todos. Pero si me piden que rememore una salida al cine que me haya marcado, no puedo más que pensar en la primera vez que fui a ver una película sola. No sé exactamente cuándo —pero fue en plena adolescencia—, ni tampoco sé cuál fue, pero recuerdo las dudas, la indecisión, y finalmente la felicidad de instalarme solita en la sala, sin preguntarle a nadie si le gustaba sentarse adelante o atrás. La independencia: dejar de perderte esas películas que nadie más que vos quiere ver; salir corriendo para el cine un martes a las tres de la tarde, o a las once de la noche, si tenés ganas; no tener que dar explicaciones apenas se prende la luz de la sala; poder esperar hasta que la película haga su efecto para ahí, recién ahí, levantarte y caminar despacito, mientras el rollo sigue dando vueltas en ese proyector que todos tenemos en la cabeza. Para mí, aprender que una podía (¡y debía!) ir al cine sola fue asumir que algo me gustaba tanto como para hacerlo sin importar lo que piensen los demás. Cómo no recordarlo, si todo lo que vino después, supongo, tuvo que ver con esa revelación difusa pero contundente.

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