La película prohibida
Corazón delator
Por Magalí Bayón
— No, no la vi.
— ¿Cuál? ¿Ninguna?
— No, y no laS pienso ver. Sí, así en plural; no pienso ni remotamente verlas.
Ante mi intransigente actitud los interlocutores se ofuscan, patalean, elevan el volumen de su voz buscando razón en los altos decibeles, y comienza así el interminable desfile de argumentos (todos válidos, todos buenos, todos fundamentados) que intentan doblegar mi firme decisión. Discusiones que han culminado en comunicaciones telefónicas interrumpidas de manera abrupta, abandono en bares, amistades suspendidas, descrédito profesional, e interminables rondas de mate con budín buscando entender(me).
Y es que debo confesarle —ya que estamos en confianza— que no es verdaderamente que no quiera verlas: muero por verlas, quisiera cruzar los umbrales junto a ellos, abrazarlos, oler el perfume de su pelo (si pudiera), recorrer esas ciudades y celebrar años juntos… pero simplemente no puedo: no puedo ver la trilogía de Richard Linklater.
Before Sunrise, la primera, la “vi” (acompáñeme en el uso de las comillas) a mis dulces 19 en un formato que antropólogos investigarán en unos años: le llamábamos VHS. La alquilé en un Videoclub de bario y me dispuse a verla ante el revuelo que había generado unos años antes. Imposible no enamorarse al instante, no querer Viena, no querer volver a cualquier viaje que uno hizo hasta el momento y recordar una mirada cruzada para darle rienda suelta al fatídico qué hubiese sucedido sí… STOP. La VTR trabó la cinta magnética. La respiración contenida, lo mismo que en esa pequeña cabina discográfica. Fue el movimiento de entrar en primera persona a Viena, a las palabras, a esa noche, y a tantas otras noches y palabras que no fueron en Viena pero que hicieron eco como si ese VHS fuese una caja de resonancia, lo que provocaron la huida. Sí, salí huyendo del film, porque en ese momento Céline y Jesse se convirtieron en fantasmas: hermosos y mágicos fantasmas al acecho.
La cosa solo empeoró con la llegada de Before Sunset, secuela de la anterior. Que cómo que no las viste, que VOS, JUSTO VOS tenés que verlas, que son grandes películas, que-esto, que-lo-otro. Los argumentos se ponían robustos y mi argumentación solo prorrumpía en palabras dislocadas.
Ellos habían crecido, y yo también. No era el hecho inevitable de envejecer, sino el de crecer, el de tener vida transcurrida, transitada, celebrada y dolida. Y ahí estaban ellos, lo mismo que yo. Todavía recordaba latente —¿lo mismo que ellos?— ese tren en Viena, esa noche, esa promesa (de la que me enteré años más tarde porque —como le dije— no vi la primera película). Creí que, en el bálsamo de una segunda parte, la dulce herida melancólica sería menor. Entre las tinieblas emergió un nuevo formato: el DVD. Éste me permitía una promiscuidad de visualización que tomé para mí enseguida: en vez de “ver” el film de manera lineal, comencé por el final (sí, lo admito). Baby, you’re gonna miss that plane / I know. STOP. La irrupción de la fuerza centrífuga detuvo el disco laser. El reencuentro, el no-encuentro, el desencuentro y el encuentro-otra-vez de ellos entre sí, de ellos conmigo, y la caja de resonancia latiendo en tonos graves y sostenidos. Otra vez los fantasmas. Creo abandoné la visualización convencida de que con lo que había visto era suficiente. Ese DVD quedó en mis manos y me encontró varias veces comiendo las migajas de la historia, saltando de una escena a otra, del final al medio al comienzo, sin atreverme a verla de manera única y lineal… sin poder transitar con ellos ese París.
Luego comenzó un periodo de ocultamiento, casi de clandestinidad. No podía explicar por qué esas películas estaban vedadas, blindadas, deliberadamente prohibidas para mí. No podía explicar que esa diégesis me había revolcado como ola brava de costa atlántica, y me había dejado despatarrada en la playa de mi propia historia poniéndome el barrenador de telgopor de sombrero simbólico. ¿Cómo le podría explicar eso a alguien?; ¿acaso usted está entendiendo —de manera unívoca— el nivel de desasosiego que me produce?; ¿cómo explicarle a quien no vive el cine de manera vital entendeme que para mí no es sólo una película? Como cualquier incomprendido, me escondí tras algún que otro velo y evité el tema por años, creyendo que el tiempo borraría la huella y que nunca más volvería a oír de Jesse y Céline en mi vida… Craso, craso error.
A esta altura podrá imaginar cómo todo se salió de control hace unos años cuando anunciaron el estreno de la tercera y última parte: Before Midnight. Me volví una hereje en tierra cinéfila. Fui abucheada, denostada y fuertemente criticada por tener el tupé de no haber visto las películas anteriores. Militantes Linklaterianos me acercaron copias de las películas para que estuviera lista para el gran evento. Me llegaron propuestas de jornadas maratónicas de visualización —con manjares y en compañías varias— para prepararme para el viaje a Grecia. Se me brindaron promesas de finales felices, se me adelantaron pasajes de la trama (para mi supuesta tranquilidad), y luego mi teléfono sonó incesantemente con invitaciones, debates y consultas sobre el film. Propuestas, críticas y sazones que pulsaban para que enfrentara, cara a cara, a mis fantasmas.
— No, no me están entendiendo: no la voy a ver. Ni ésta, ni ninguna. Ni ahora, ni nunca.
Una tarde de por aquel entonces, caminando sola, me detuve frente al Arteplex. Ahí estaban ellos: los reconocí por su foto, por el perfume que sin conocer conozco. Escuché proveniente de la oscuridad de la sala cinematográfica (y quizás no solo de allí) ese latir profundo, apasionado, excepcional, cansador, fugaz, real, urgente, rutinario, doliente, incondicional, mágico, y milagroso del amor. No pude entrar a la sala. Llegué a mi casa y, nuevas tecnologías mediante, busqué On-Line los retazos, los ecos de mis fantasmas. Los vi maduros, uno junto al otro, sentados frente al Mediterráneo, luminosos en sus sombras. Mirando un horizonte decir Sigue ahí, sigue ahí, sigue ahí. STOP. La barra espaciadora detuvo el flujo de los ceros y unos. Todo el aire sostenido en el pecho y ese latir profundo, presente y sonoro, otra vez.
— ¡Basta! ¡Confieso que no puedo! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí tengo amordazados a Céline y Jesse! No puedo ver sus películas, entiéndame, simplemente no puedo…
Soy caja de resonancia, por eso laten en mí; y es que sin verlos creo haberlos visto, creo haberlos vivido. Y así como ellos resuenan en mí, resuenan en otros; como otros tantos personajes que viven en nosotros, como nosotros resonaremos vaya uno a saber en dónde… o en quién. Y es que laten las historias; laten porque parpadea iridiscente un mundo en el cine. Laten las historias que nos atraviesan, y luego se nos fugan de las manos a un papel, a una imagen, a un sonido. Laten bajo una tabla de madera, en una pantalla o bajo la dermis. Y laten, sobre mi repisa, los DVDs de la trilogía que me regalaron hace poco, y que algún día — quizás— pueda ver.
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Antes del amanecer (Before Sunrise, 1995) | Richard Linklater
Antes del atardecer (Before Sunset, 2004) | Richard Linklater
Antes del anochecer (Before Midnight, 2013) | Richard Linklater