Un corto. Realizar un cortometraje, contar una historia intensa. Tarea que no es para nada sencilla, lleva consigo una gran empresa. Creatividad, un buen guión y veinte minutos que van a transportar a la audiencia dentro de una ficción sin vueltas. Es allí, donde comienzan a aflorar las marcas de estilo propio. Experimentar en la búsqueda de una forma propia. Es allí, dónde se encuentra el germen que se desarrollará en las más importantes filmografías. Dicen las buenas lenguas, que los grandes realizadores comenzaron contando pequeños relatos. Dicen que lo bueno viene en frasco chico, que se disfruta rápido y te deja con las ganas. Dicen los entendidos, que todo cortometraje es una excelente carta de presentación como antesala para un largo. Dicen y dicen todos, que el arte del corto es saber llevar adelante un relato que transforme a quien mira.
¡Ratas!
Dieguillo Fernández y Diego Sabanés
Argentina – 1996 – 18 min.
Por Anabella Speziale
¡Ratas! Gritaron al verlo. O tal vez fue un susurro, un rumor, para ahuyentar al forastero. Nadie puede quebrar el orden de vecindad. Allí, llegó de lejos, con su valija a cuestas, su proyector y una larga lista de películas con estrellas. Proyectó sobre las paredes borrosas: trajes diminutos y bailes exóticos. ¡Ratas! Sí hay ratas… no las ven, las oyen corroer las entrañas del edificio. ¡Fuera extrañas ratas! Pero nadie pudo ver sus colas arrastrarse por el suelo. Sólo proyectores de luz de plata. Sin embargo, tal vez por miedo o por falta de comprensión, el consorcio se reunió para echar veneno. Y más veneno. ¡No! A las películas de antaño, a los recuerdos, a las memorias de estrellas… ¡No! A la vida licenciosa, de estadía nocturna. El veneno hizo efecto. El forastero se desvaneció. Pero… ¿Y el amor? Dejó un recuerdo… la semilla del relato, de mundos fantásticos… y una vez más se escuchó al viento el nombre de una plaga… ¡Cucarachas!
Hotel Chevalier
Wes Anderson
Estados Unidos/Francia – 2007 – 13 min.
Por Pablo Acosta Larroca
París. Hotel Chevalier. Habitación 403. Cheddar y en la caja chica Stalag 17, una en blanco y negro del gran Billy Wilder. Todo el amarillo lo envuelve, incluso su fina bata. Un llamado y una dulce voz femenina. Un latido intacto reactiva el deseo de un encuentro postergado por un doloroso desencuentro del pasado.
Ascensor. Música. La incertidumbre renueva la expectativa por el rostro añorado. Detrás de la puerta la mujer fálica. Delante el hombre de corte nuevo. Inversión de roles para dos excéntricos de gris existencia. Se inicia el juego de las pistas de los sentidos: una estatuilla al tacto, un pianito al oído, una pintura fresca al ojo, un perfume negado al olfato y dos “Bloody Mary” que nunca llegan al gusto. “¿Acaso huyes de mí?”. Un cuerpo lunar se esconde debajo de su segunda piel. Espléndida. Todo se ilumina. Marcas en su delicado cuerpo. Rapto. Sus miradas. Esa mirada. Palabras al borde: “Si follamos mañana quedaré hecha polvo”. “Te prometo que nunca seré tu amigo”.
Where do you go to (My lovely)? Inmóvil y estática como modelo para fresco, aquella Lolita que robó el corazón de Léon y nubló la razón de Skywalker, se envuelve en la bata de su compañero, y despacio, aun más despacio de lo habitual, el tiempo dilatado los conduce al azul del exterior parisino, donde cada indiscreta ventana de alma amarilla guarda, como ésta, una nueva historia en su interior: un Amor Amarillo cuyo enigma cobrará sentido luego, durante un único e irrepetible Viaje a Darjeeling.
Loin du 16e en Paris Je t’aime
Walter Salles y Daniela Thomas
Francia – 2006 – 8 min.
Por Lucía Carnicero
“Que linda manito que tengo yo, que linda manito que Dios me dio”. Ana tiene manos de madre, le canta a su hija que la mira llena de amor. Ana elige esa canción porque es su preferida, con ella despide a su hija todos los días. Aunque sea muy temprano, aunque haya truenos, aunque llore, Ana debe irse a cantar su canción. Amanece. Ana sube a un colectivo y luego a un tren, sube y baja escaleras, se aleja cada vez más, todavía no ha llegado. Se apura, su largo cabello oscuro sigue cada uno de sus movimientos y casi sin aliento abre la puerta de una gran casa. Quietud. La casa reposa sobre sí misma, amplia, ordenada, brillante. Una mujer se aleja y cerrando la puerta le avisa a Ana que llegará tarde otra vez. Ana asiente resignada mientras cuelga su campera en un pequeño cuarto. Llanto. Una niña que no es su niña. “Que linda manito que tengo yo, que linda manito que Dios me dio”. Ana canta su canción.
Nocturno / Nocturne
Lars Von Trier
Dinamarca – 1980 – 8 min.
Por Leandro Rodríguez Salcedo
La locura es lo constante bienamado sobresalto, esperado pestañeo.
Es un lúdico lamento.
Es lo opaco de esas luces de artificio.
Es la brisa de juguete sin refresco.
Una lágrima sintética.
Una lluvia de pañuelos.
Una mano sobre ampollas.
Un anhelo de hojas verdes.
Un paisaje suburbano.
Un patético gateo.
Un huidizo descanso.
Una jaula en el desierto.
Una ausencia, una avaricia. Una nostalgia negada de emigrar y firmamento.
The alphabet
David Lynch
Estados Unidos – 1968 – 4 min.
Por Diego Cirulo
Nace. De su boca. Nace.
A, B, C…
Muere. De su entraña. Muere.
X, Y, Z…
Primer peldaño y el ascenso. Paso a paso. Cuidado con la sangre en el suelo.
Manchas. En las sábanas jóvenes. Agrias.
Un vistazo breve hacia el comienzo y otro profundo hacia el final.
Sigue la crecida escalonada. Abierta y desesperada. Ansias de nacer y morir a la vez.
Último paso. Se ha abierto la cáscara. Bienvenida a la oscuridad.
Cópula, grito, madre…
Abre.
Busca.
Crece.
Arde. En sus dientes. Arde.
A, B, C…
Brota. En su mente. Brota.
X, Y, Z…
The heart of the World
Guy Maddin
Canadá – 2000 – 6 min.
Por Andrés Besada
La tierra muere, lentamente. Las mareas inmóviles, en un presagio de lo inevitable: el corazón dejará de latir. Cálculos exactos, sin errores. Dos hermanos aman a la misma mujer, aquella científica que piensa en dinero. Aquel vil metal no logra evadirla de su propósito. Entonces ocurre la catástrofe, los muertos salen de sus tumbas, hay saqueos, la gente, desesperada, corre por las calles sin rumbo ni Sol. Salvemos la Tierra dice Anna. El carrete comienza a girar, el celuloide envuelve al mundo. Entonces, para cuando el carrete deje de girar, el Mundo se habrá curado. Con la magia del cine.
“La ricota” en Ro.Go.Pa.G.
Pier Paolo Pasolini
Italia/Francia – 1963 – 34 min.
Por Natalia Taccetta
“¿Qué significa la crucifixión?”, entre otras cosas, eso parece querer contestar el cineasta (Welles/Pasolini). De la ricota al descendimiento, de la filmación de una película a la pasión del cineasta, de la pasión de Cristo a la figura del mártir. El director y la estrella; el hambre sin fin y la miseria. Entre ellos, Stracci que se disfraza, compra, vende, se vende, se esconde, cambia, vuelve, se humilla y todo por una ración de comida. La última cena es literal y metafórica y la crucifixión adquiere nuevo sentido con la víctima sacrificial pobre. No es siquiera el enviado, es apenas uno de los dos que están al lado de Cristo, un pequeño papel, una pequeña ración, una larga espera. La congestión no se demora y la película sigue; la estrella tiene sus antojos y Stracci espera. El cine es la excusa para hablar de la pasión de Cristo que es también el tableau vivant de la pobreza. Mientras, Stracci espera, espera, espera… Es el chivo expiatorio, la excepción que confirma la regla, la encarnación del lumpen sagrado, dentro y fuera de la filmación. Es literalmente un extra, un excedente, algo que sobra y, justamente por eso, el que configura un adentro siempre sólido y siempre fuerte. Aquí, más que nunca, el cine pinta el estigma. En colores y en blanco y negro mientras nadie advierte que muere hasta que mueres.
Luna
Alejandro Amenábar
España – 1996 – 12 min.
Por Jorge Sebastián Noro
El viaje se hace más largo, otros puntos de stop, aunque sorpresivos colaboran para develar las verdaderas intenciones, las reales. En el cielo, fuerte oscuridad y pesada luz, dos contrastes, aparentes, sus límites se rompen y se ponen al descubierto otros matices. Se reanudan relaciones, los interlocutores al principio desconocidos ahora constituyen una unión, determinados por un viaje infinito, con inicio y final eternos. La unión ya es un delgado hilo, cualquiera que intente arreglarlo se sumergirá en un entramado sin salida que lentamente herirá su cuerpo hasta eliminarlo definitivamente. Es el fin, oscuridad y luz se mimetizan para volverse a armar en otro tiempo y espacio, en otra relación, que, en realidad, es la misma.
True en Paris Je t’aime
Tom Tykwer
Francia – 2006 – 7 min.
Por Pablo Apiolazza
-¿Me escuchás?
-No, te veo.
La primera casualidad. Un cruce en el camino. Una sonrisa, una frase. Y el principio. Las charlas, las risas. Las sonrisas, las miradas. Mi mano, la tuya. Tu carcajada en la noche. Tu teléfono. Mi llamado. Los seis días. Tu regreso. La lasaña. Tu abrazo. El vino. Tus besos. El recuerdo risueño de una torpeza. El chiste interno. Los apodos íntimos. Las fechas, la minuciosidad. Las salidas. Y el cariño. La silueta en la cama. Tu olor en la almohada. El cepillo de dientes. La pereza. El jogging roto que no sale de casa. Las compras. Los paseos. El videoclub. Las películas en el sillón. Las vueltas en el subte lleno. La cocina. Los platos. Las noches solos. Los mensajes. Las vacaciones. Las visitas. Los celos. Los gritos. La estupidez. El corte de luz. El alquiler. La lámpara quemada. La promesa rota. El llanto. La obsesión. Tus ideas. Las horas. Los días. Los meses. El tiempo. La pelea. El tiempo. El tiempo. La distancia. El tiempo. Mis saludos. Los tuyos. El tiempo. Tus fotos. El tiempo. Tus cartas. El tiempo. Mi invitación. Tu rechazo. El tiempo. Mi nueva invitación. El tiempo. Tu rechazo. El tiempo. El motivo. Mi error.
Y el tiempo.
Father & Daughter
Michaël Dudok de Wit
Holanda – 2000 – 8 min.
Por Martín Figueredo
Suaves y simples curvas, dulces y aguados colores ensayan la forma de mis recuerdos. Lo transforman y definen con una impaciencia caprichosa que se aferra a lo que alguna vez fui. Como creadora de todas las cosas, mi memoria traza un camino que nunca recorrí. Una línea clara y recta.
¡Se los juro! ¡Es real, es mía! Yo la siento bajo mis pies. Vuelvo allí cada día y la encuentro y la observo en su inacabada inmensidad. Veo sus reflejos de cabeza y sus sombras negras y blandas. Huelo eso que recuerdo era su perfume. La escucho susurrar una promesa de que va a volver, le creo.
Idiota.
Es solo una línea, una raya, un montón de puntos. Una franja que se convierte en horizonte ratero. Cosa inmadura y pueril. Paisaje yermo, incapaz de devolverme lo que es mío. Suntuosa en su alarde, líquido imposible de atravesar.
Mientras tanto, estrategia inútil del triunfo de otros, mi inocencia fiel promete desdibujarla al final para revelar lo que detrás oculta celosamente.
Ahora ella también lo sabe: mi enemiga, astuta. Todo lo conoce.
El hoy va en bicicleta por un camino demasiado largo, los árboles evaden un final que solo es retrasado en vano, el olvido nos pone obstáculos justo en frente, la gente deja de pasar, el hombre muere y el lago se seca. Pero la línea sigue ahí. Siempre delante, siempre eterna. Al fin y al cabo, lo único que me acompaño, o, mejor dicho, lo único por lo que fui.
Ahora la desierta sequía con muerte que rodea el costado del camino me permite ver lo que una vez perdí. Ya no es el recuerdo lo que compone las curvas vivas, los colores deliciosos, las formas dueñas de sombras colosales de tiempos de vida.
¡Se los juro! Si solo pudieran verla.

























