A la salida del cine
Cosa de la luz
Por Camila Fabbri
Últimamente no sé si seguirá teniendo valor exponer los recuerdos. Como si explicitar que lo que se narra es parte del pasado de alguien real —con cuerpo todavía— quitara todo provecho. Tuve el arrimo de cierta artimaña que me dijo que no lo haga: que ponga nombres propios en vez de primera persona. Pero no. Hoy no tuve ganas de mentir.
“El que prende un fósforo en la oscuridad está inventado el fuego” me dijo mi hermana cuando tenía once años. No lo inventó ella. Con eso quiso decirme que la magia, existe. Yo le creí. Y la salida del cine es muy parecida a un ritual mágico. Viajar en el tiempo no es posible todavía, pero una experiencia muy parecida es salir de una sala de cine después de haber visto una película. Ese viaje de pigmentos que sucede en la calle, después de haber estado prestado a una pantalla tamaño monstruo, es lo mágico. Cosa de la luz.
Una de las primeras veces que viví esta experiencia de la luz nocturna en la calle, después de una ficción que comenzó de día, había ido al cine con mi papá. Mi madre y él recién se habían separado, y el único momento posible que tenía para seguir viendo a su hija menor eran esas salidas. El momento del derrumbe.
Creo que él no atinó a nada más. A prolongar el encuentro con la hija menor me refiero —más allá de la salida interactiva que solía comprender cine con McDonald’s o Burger King o Wendy’s, que en ese momento estaba bastante de moda con la astucia de la carne cuadrada—. Así que el cinematógrafo, aunque a él no le gustara demasiado y más de una vez se quedara con los ojos cerrados, era la única opción. Intercambio allí dentro no había. Entre los siete y los trece años no hubo intercambio verbal con mi padre porque estábamos entregados a la ficción a lo largo de dos horas.
Una vez que salíamos del cine la acción mágica de la luz operaba tan fuerte sobre nosotros que nos quedábamos sin las palabras. Mi arrimo de ansiedad por contar alguna hazaña —del estilo “se viene la adultez, lo sé”— quedaba anulado por rituales que exceden la capacidad de un hombre. Y ahí afuera la gente caminando de a pasos, cuando tiempo antes nomás lo hacía de a planos. Y la luz de un farol sobre una esquina del barrio de Boedo era suficiente para entenderlo todo, cuando tiempo antes nomás eran luces absolutas para entender un complemento.
La película que vimos esa tarde no era para niños, aunque tampoco para adultos. Nosotros dos no entrábamos tampoco en ninguna de las dos categorías. Esa tarde dentro de sala del cine estábamos justificados. Habíamos ido a ver una de esas películas norteamericanas donde lo que más transita son: tetas, bombachas de todos los colores, vasos de cerveza, jovencitos de ojos azules que gritan y se rompen las gargantas, vasos de cerveza, chistes que incluyen roturas de alguna parte del cuerpo (sangre), un personaje haciendo las veces del malo de Scream en versión lunática y vasos de cerveza.
La sala estaba llena y mi padre y yo rodeados. Un manojo de adolescentes tomaba sus Coca-Colas y se baboseaban las caras. Mi padre se reía alto y los jóvenes se daban vuelta para mirarlo. La única persona mayor que miraba la película estaba a mi lado. El cine estaba incluido en un Shopping. Por esos tiempos me había quedado viviendo con mi madre en un departamento imposible de lo pequeño, pero estaba bien ubicado, así que nada de eso parecía importar. Mi padre me pasaba a buscar casi todos los sábados por la tarde y, un poco hermanados también, caminábamos por la calle Centenera silbando bajo.
La película norteamericana con los desnudos duraba una hora y media. Lo que más escuchamos dentro de la sala fueron los gritos de los jóvenes argentinos respondiendo a los gritos de los norteamericanos: la sala del cine parecía una tribuna del conflicto mundial. No tuve ninguna sensación respecto de la película. Creo que mi padre tampoco. Cuando salimos de allí ya era de noche y entonces, de nuevo, la concepción de la magia. Luz de noche donde segundos antes, luz de día. Escasez de recursos donde minutos antes, plano detalle de una uña.
Mi papá y yo nos miramos en un espejo gigante que había en una de las partes más coquetas del Shopping. Ahí nos quedamos. Detrás de nosotros iba pasando una hilera enorme de señoras que habían acompañado a sus nietos en la hazaña de ver una película de muñecos articulados. Las abuelas con collares de perlas, los nietos con raspones en rodillas y brazos. Todos ellos, embobados con el efecto mágico de la luz que se había escapado.
Afuera ya era noche cerrada. Nos dábamos cuenta, incluso sin salir del recinto, por unas hendijas que dibujaba el techo del Shopping. Parados mirando hacia adelante como si alguien nos hubiese dibujado, él se miraba los mocasines rotos y yo mis sandalias blancas. El espejo del shopping era bastante grande, nos contenía a los dos de cuerpo entero y todavía tenía espacio para alguno más que quisiera sumarse a nuestro peritaje. ¿Eso que hacíamos era reconocernos? ¿Qué de la salida del cine nos ponía tan conscientes, incluso no habiendo visto nada?
Como una máquina del tiempo —o la noción— la sala del cine nos mostraba ahora buscando las siete diferencias entre la unión y la separación, porque asistir a una película todas las semanas era, también, estar separándonos. Alguien me había quitado el tiempo, pero no solamente ese día-noche en que se transformaba la realidad después del tiempo de la película, sino que otro. Alguien me había quitado el tiempo al lado de él y ese tiempo tampoco estaba dentro de un cine.
Dejamos liberados los espejos del shopping porque justo detrás de nosotros venía la manada del manojo adolescente con las Cocas y las Sprites, gritando cosas graciosas que terminaban en golpes secos sobre los cuerpos de los amigos (sangre). Afuera había muy poca gente ya, hacía frío. En mi cabeza, resignificándose, la broma de la película norteamericana. El despilfarro de los cuerpos. Caminábamos ligero y nos animábamos a las vidrieras que también reflejaban mis sandalias y sus mocasines. Mi padre me depositó en el departamento de dos ambientes de la calle Centenera. Abrí la puerta con la llave magnética y nunca más lo volví a ver.
Una de las publicidades anteriores a la película norteamericana incluía ballenas. Una voz en off de una mexicana relataba el comportamiento de la especie y avisaba que estaban en peligro de extinción. Ya lo sabíamos. Decía que nadie creía que podían evaporarse porque eran enormes como la pantalla del cine, pero que aun así, podían. Poder, podían.
Él habló del arte de magia. Yo le respondí del descuido del hombre.
En todas las salidas del cine, después de la proyección, sigue pasando la misma cosa de la luz, pero hay dos personas que ahí ya no están. Ese tiempo robado que aparece con la luz del farol de una esquina, ya no tiene nada que perder. Cuando se habló de la especie mi padre y yo nos miramos. Y ahí fue. Se fue ahí.
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Scary Movie (2000) | Keenen Ivory Wayans