Nuestra última película

Cosas que pasan /// José Martínez Suárez

Nuestra última película
Cosas que pasan
Por José Martínez Suárez

Teníamos casi la misma edad. Yo hacía la pizarra y él tiraba cables. La gente se quería en el estudio, pero nosotros dos hicimos una amistad más genuina. Como ambos vivíamos en Munro, empezamos a ir juntos al cine los fines de semana. Los sábados en el tren, escapando del guarda, llegábamos al centro, donde empezábamos a ver películas a las dos y terminábamos en la trasnoche. El domingo sin la trasnoche, nos veíamos cinco películas seguidas. El problema era enhebrarlas, porque si estábamos en Saavedra y la película duraba dos horas, no podíamos llegar al Trocadero, por ejemplo, para ver la siguiente. Era toda una planificación divertida con “La Prensa” abierta de par en par, con la cartelera ofertándonos doscientas o trescientas películas en casi cien cines. Algunas veces venían chicas con nosotros, pero con el tiempo terminaron aburriéndose y pocas fueron las que aguantaron más de cuatro o cinco maratones. Los viernes por la noche nos colábamos en “Gente de Cine” porque no había espacio para nuevos socios. El Biarritz sólo tenía 440 plateas y 190 pullmans. Reventaba.

Con el tiempo él pasó a cámara porque lo pidió Traverso y lo hicieron foquista. Yo ya era primero y luego asistente gracias a Pimentel, más conocido como “Pimienta”. Un día se le ocurrió a él hacer un corto. Yo lo ayudé. Creo que fue el cuento que más veces se hizo en el cine argentino: “A la deriva”, de Quiroga. Hasta le fui a pedir permiso a la viuda que vivía por Paraná o Montevideo casi Santa Fe y no podía creer en mi honestidad. —“Pero claro, háganlo… ¡Muy buen gesto el tuyo! Y que les salga muy bien”, me dijo. Un hombre, un bote y un arroyo arbolado. Y dale para adelante en el Delta, donde el tío regenteaba un hotel familiar más falso que moneda de treinta. Blanco y negro, dieciséis, revelado gratis por amigos en Alex, voz en off, la compaginamos a ojo. Salvador Sammaritano nos la pasó un domingo por la mañana en el Dilecto y la gente la aplaudió. No podíamos creerlo.

Un primo me habló de hacer una película publicitando la mueblería donde trabajaba. Había que hacerla cómica y luego pedirle a don Kurt para que la metiera en alguna sala en las que él pasaba sus placas hechas a mano. En cinco minutos escribimos el argumento: llega el marido de pronto a la casa, abre el ropero para colgar el saco y encuentra un tipo desnudo oculto dentro del mueble, cubriéndose las verijas. Ambos quedan congelados. Y ahí sobreimprimíamos la frase publicitaria: “Así se va a asombrar usted cuando conozca los precios de la Mueblería XX. Venga a comprobarlo.” Dirección, teléfono y todo eso (“Pe-Pu”, Películas Publicitarias). La pasaron antes de la de fondo en algunos cines y la gente se reía, así que él largó el foco, yo la asistencia, y pusimos una oficinita ambulante en un café de la calle Libertad casi Lavalle donde el dueño conocía a mi hermano y nos dejaba hablar y recibir llamadas porque en ese entonces el teléfono no era medido. El sello nos salió 9 pesos y todavía lo encuentro de vez en cuando en el cajón de abajo del mostrador.

Un colega nos pasó un cuento de Pedro Gdansky lindo y fácil de hacer: un tipo le va a reclamar una deuda a la pensión donde vive su hermano, discuten y uno mata al otro. Lo bueno es que se escuchaba el balazo y no se sabía quién había matado a quien. Le dije que ahora quería dirigir yo. Me dijo que mejor siguiera con la producción y que no jodiera más. Le dije que bueno. Cuando empezamos a buscar a los actores nos salieron con que querían cobrar. Entonces decidimos que él iba a hacer a uno de los hermanos y yo al otro. Yo era el que disparaba la pistola fuera de cámara. Marzialetti nos había enseñado a armar balas de fogueo con cera de vela y todo eso.

Un sábado por la mañana empezamos el rodaje por Paternal. Me daba bronca que yo actuara mientras él actuaba, dirigía y daba las órdenes. Y yo haciendo la claqueta muda donde había escrito su nombre. Cuando llegó el momento del disparo, cayó de verdad, como muerto. A Bernardo, el único ayudante que teníamos, gratis y para todo servicio, se le notó en su cara —siempre a lo Buster Keaton— que había un problema, sobre todo cuando vimos cómo salía sangre de lo lindo del pecho del herido. Herido por poco tiempo porque para hacerla corta, no alcanzó a que llegara la ambulancia; se cortó antes. Fue la primera vez que de verdad vi como se estiran las patas cuando alguien muere. Los pesquisas investigaron chamboneando. Uno hasta dijo esa frase que no se había dicho nunca antes ni se dijo después: “A las armas las carga el diablo”.

Anduve un tiempo mal y cuando me ofrecieron volver de ayudante en una cooperativa trucha, dije que no. Me fui a trabajar en la ferretería de mi viejo que todavía la tengo y no me va mal. A veces me acuerdo de todo aquello. Siento una especie de arrepentimiento pero se me pasa pronto. Nunca volví a entrar a un cine. Además, fue la última película que hice.

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A la deriva (1964) | Miguel Bejo
Posesión (1965) | Miguel Bejo

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