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Nuestra última película

¿Cuál es tu época? /// Dieguillo Fernández

Nuestra última película
¿Cuál es tu época?
Por Dieguillo Fernández

Miro mi teléfono.

No tiene disco, no tiene cable, no tiene tubo, es liviano, finito y entra perfectamente en la palma de mi mano.

Escribo con mi teléfono.

¿Escribo un telegrama? ¿Escribo una carta? ¿Un mensaje de texto?

No.

Escribo un “WhatsApp” proponiendo a alguien una ida fugaz al cine entre semana.

¿“Alguien”…? (no digo aún quién porque he aprendido que la expectativa es necesaria en cualquier tipo de narración que pretenda seguir siendo leída. Gases del oficio).

Ese “alguien” es el único al que le puedo proponer por esta moderna vía de comunicación una escapada al cine entre semana.

Mi hijo pre-adolescente de 13 años.

Acepta.

Responde casi antes de que yo termine de escribir el mensaje de invite. Y lo hace tan rápido, no por especial interés o amor al séptimo arte, sino por habilidad en el uso del dispositivo móvil… sin cable, sin tubo, sin disco.

Tal vez sea una obviedad decir que la película ya estaba elegida… que no lo invité “al cine”… que lo invité a ver “una película específica”… y reitero, aceptó.

(¿Aquí habré evitado nombrar el filme por ese rollo de la expectativa, o por alguna otra cuestión? Mientras lo pienso, sigo escribiendo; para no aburrir con la pausa reflexiva, digo).

Función de las 14:15… Poca gente en el multicine, nadie en los pasillos y expendedoras de pochoclo. (“¿Por qué le decís pochoclo al Pop Korn?” —me preguntó este mismo individuo hace unos años).

Extraña sensación. Espacios preparados para el desfile de multitudes consumidoras que a esa hora no están allí. Espacio vacío… El Eternauta… Chernovyl…  28 días después… Soy leyenda… Walking Dead…

Padre e hijo.

Padre e hijo solos.

Solos contra los zombies, contra el Imperio del Consumo, contra la Brecha Generacional… solos, yendo al cine… entre semana… a ver una película “para pensar”… juntos.

Soy un padre progre preocupado por darle a su hijo las herramient… Ahhhhhhh… me come el cerebro un zombie mientras pienso. “Chau —me digo— mi padre siempre me advirtió que pensar era peligroso, pero no imaginé que se refería a esto”.

¡¡¡Pum!!! Mi hijo acaba de liquidar al zombie con una itaka. Me quedo perplejo…

—“De dónde sacaste eso” —le grito entre enojado y agradecido.

—“Es una shotgun, la más básica del ‘Call of duty, Black ops’” —me responde mientras aún sale humito de la punta de la itaka/shotgun.

(Call of Duty: Play Station 3, juego de guerra en primera persona. Explosivo, sangriento, violento, adictivo).

—“Gracias… ¡me salvaste la vida!”

—“Todo bien, igual estamos en ‘modo rookie’, tenés infinitas vidas”.

Abro un poco la boca para contestar algo… pero desisto. Entramos a la sala.

No puedo evitar mirar para los costados intentando prevenir la entrada hambrienta del zombie-vendedor de maní con chocolate. Mi hijo me mira de costado… “¿Maní con chocolate?”.

—“Es como el M&M de mi época” —le digo.

Nos sentamos.

—“¿Cuál es tu época?” —me pregunta.

—“Cómo… eh…”

—“¿Cuál es mi época?” —me pregunto.

Lo miro sin responder, y las luces comienzan a apagarse.

Estamos en un cine, a oscuras, a punto de entregarnos a dos nuevas horas de misterio.

—“Esta es mi época” —le digo.

No me mira, está apagando su teléfono sin cables, sin disco, sin tubo.

—“Sí, claro… la mía también” —me responde sin despegar la vista de la pantalla.

Oscuridad.

Padre e hijo solos, y ese atemporal ritual del cine.

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Infancia clandestina (2011) | Benjamín Ávila

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