La película prohibida

¿Cuándo aprenderé? /// Daniel Grilli

La película prohibida
¿Cuándo aprenderé?
Por Daniel Grilli

Hay películas que podemos ver una y mil veces, o ver cada tanto, o ver muy esporádicamente. O verlas quizás una sola vez y con eso alcanza. Pero que, cualquiera sea la cantidad de veces que la veamos, hacen que inevitablemente nuestro ser interior se superponga al exterior, al punto tal que no podamos frenar las emociones que surgen de repente. El reír, llorar, gritar, maldecir, no pueden ser contenidos por un cuerpo que pierde el equilibrio y que siente que explota al no poder contener tanta urgencia. Uno debería saber que eso pasará, simple e irreversiblemente, cada vez que se conecte perceptivamente con una determinada obra. Que incluso debería alejarse de ella y encerrarla en lo más profundo de su ser para que no aflore, ni a través de la memoria, esa función del cerebro tanto racional como emotiva. Porque sabe que hay películas a las que se quiere más que a las personas. Esas deberían ser las películas prohibidas.

Sin embargo, cual masoquistas, volvemos a cruzarnos con ellas, las vamos a buscar, y volvemos a tropezar. Queremos de alguna forma liberarlas de la misma prohibición que nosotros mismos le impusimos, pero las prisioneras liberadas no se olvidan de su cautiverio y nos hacen pagar caro el castigo infringido.

Todo este conflicto no saldría a la luz pública, sería un hecho meramente casero, si el reencuentro con la película prohibida fuera un proceso decididamente individual y privado. Pero, ¿qué pasa si se decide atolondradamente liberar la película delante de otros espectadores? ¿Qué pasa cuando toda racionalidad puede explotar en pedazos frente a la mirada sorprendida de extraños?

Esto, casi, sucede cuando días atrás en una función en el cineclub que coordino, dentro de un ciclo dedicado a la infancia, decidí proyectar Matar un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962), una película, como digo, ‘‘prohibida’’. Desde la mirada infantil que cuenta la película, hasta la temática de discriminación racial, pasando por la actuación ‘‘paternal’’ de Gregory Peck, todo me conmueve de manera casi irracional… Para no hablar de los créditos iniciales que, con el acompañamiento musical de Elmer Bernstein, ya me desarman completamente y me llevan a un punto de no retorno. Podría pasar horas mirando y escuchando a todo volumen estos créditos (que muchos cinéfilos de la globósfera terrestre consideran entre los mejores créditos de la historia del cine), sin necesariamente mirar la película completa. E incluso, en un tiempo ya lejano y adolescente, con mi guitarra había humildemente compuesto una melodía propia a partir de la melodía original.

Volviendo a la función de marras, termina la proyección y, como de costumbre, llega el momento del debate tan esperado (otra cosa que nunca aprenderé… por qué esa obsesión por los debates… ¿no sería mejor que termine la función y todos nos volvamos a casa sin chistar?). Puesto que el que va a empezar a hablar delante de desconocidos es el susodicho, quien tiene un nudo marinero en la garganta, y el rostro estirado cual vedette pasada de años para impedir que las lágrimas afloren.

Pero el destino siempre está presente. Por suerte (¿?), y por una cuestión técnica de cómo quedó grabado el DVD con la película, al terminar la misma se reinicia automáticamente desde el comienzo, proyectando de nuevo los créditos iniciales… Aparentemente estoy acorralado: no solo tengo que hablar, emocionado después de haber visto toda la película, sino que otra vez tengo ante mí los créditos fatídicos.

Y sin embargo el milagro se produce. Una vez concluidos los créditos, y detenido el DVD, la película prohibida se compadece por primera vez de mí y me regala los minutos necesarios de tranquilidad y mesura para poder sobrellevar dignamente el debate prometido.

Sin poder creerlo, una vez llegado a casa, ya cenado, y antes de disponerme a dormir, vuelvo con curiosidad a ver los créditos iniciales para comprobar lo incomprobable. Y otra vez, la irreversible catarata de emociones vuelve con todo su ímpetu.

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Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962) | Robert Mulligan

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