Mi primera película
Cuando la primera vez no es la primera de las veces
Por Carlos Losilla
Cada vez estoy más convencido de que la primera película que vemos no tiene ninguna importancia. En cambio, sí la tiene aquella que hubiéramos querido que fuera nuestra primera película. Nací en 1960, el año en que todo cambió. El año alrededor del cual se arremolinaron muchos otros años, inmediatamente anteriores o posteriores, hasta el punto de que a veces no sé si pertenezco a uno o a otro, al de Los cuatrocientos golpes o Psicosis, al de À Bout de soufflé o Plácido, al de Anatomía de un asesinato o Los crímenes del doctor Mabuse. Incluso podría pertenecer al de Tú y yo, que es 1957, tres años antes, pero que muchas veces he visto como el año de mi nacimiento al cine, sobre todo desde que vi la película por primera vez. Otro caso con el que me ocurre algo parecido es La Maman et la putain, de 1973, pero que encierra en sí misma muchas otras películas, muchos otros años.
La Maman et la putain, en fin, creo que es la primera película que debiera haber visto. También Tú y yo, un poco antes, para hacerme una idea de lo que significaba mi tiempo. McCarey embalsama imágenes del pasado y planta la semilla de las imágenes futuras, que a su vez encuentran su momento crítico en La Maman et la putain. Alguna vez haré un estudio comparativo entre la última secuencia de Tú y yo y la última de La Maman et la putain. En las dos se trata de un personaje que intenta comprender el mundo que lo rodea a través de la palabra, pero con modos radicalmente distintos. En la película de McCarey, ese tipo que se llama Nickie Ferrante da vueltas alrededor de una habitación, alrededor de un sofá donde se encuentra la mujer a la que ama, o a la que amó y de la que ahora sólo ama el recuerdo o la imagen. Y ese tipo intenta recordar, rememorar, estimular la memoria a la vez que se autoflagela, para que no queden rastros de nada, para volver a empezar. En la película de Eustache, el personaje masculino calla y el femenino se enfrenta a otro monólogo expiatorio que puede conducir a una especie de redención, o de liberación. Yo pertenezco a ambos, si me permiten decirlo así. Yo pertenezco al hombre que se alza y al que se hunde, es decir, al ideal de lo que fuimos y a la realidad de lo que somos. Porque en La Maman et la putain se trata de enterrar una época y abrir el abismo de lo desconocido, de lo que luego pude vivir yo. Esas dos películas realizan una inquietante elipsis con mi infancia y me lanzan al vértigo, del pasado y el futuro, de un presente que para mí fue un paréntesis.
Nací en 1960, decía. Por lo tanto, llegué tarde a las revoluciones, pero no a las derrotas, por lo menos no a las consecuencias de la derrota. Siempre he vivido en un territorio devastado, el que empieza a dibujar la película de Eustache. Y por eso no puedo decir ahora que mi primera película fue Los diez mandamientos, ni El globo rojo, ni Fantomas, ni alguna de Alfredo Landa (que seguramente lo fue). Mi primera película la veo voluntariamente, con el ánimo de que signifique algo en mi vida futura, y eso es lo que ocurre con La Maman et la putain. Me pregunto: “¿Dónde me encuentro, y por qué es tan espesa la niebla que me rodea?”. Y la película de Eustache responde a ello: estás donde ya nadie puede estar, donde ya nadie podrá habitar, ese paisaje desolado que pinta Jean-Pierre Léaud en un momento de la película. Podrás tener momentos de felicidad, instantes de alegría, incluso largos periodos de goce, pero no habrá nunca un horizonte, un paisaje, un espacio. Sólo lugares, que es distinto. Y los recorrerás de uno en uno, sin posibilidad de detenerte demasiado en cada uno de ellos, por mucho que te gusten. Por eso Nickie Ferrante camina, en la película de McCarey, y Alexandre, en la de Eustache, no sólo permanece inmóvil, sino también fuera de campo. Ahora lo sé. Ese camino sin fin es el de la inmovilidad, la parálisis. Algún día lo desarrollaré con más calma. Por ahora, éste es el autorretrato de un estupor que continúa y que proviene de esa primera película que ni siquiera es una, que podría ser dos en una. Todavía estoy en ese intersticio.
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La mamá y la puta (La maman et la putain, 1973) | Jean Eustache

























