La película prohibida

De cómo lo prohibido, es mejor que siempre vuelva… /// Mónica Acosta

La película prohibida
De cómo lo prohibido, es mejor que siempre vuelva o Acerca del pan de manteca en la estructura deseante de los espectadores de cine
Por Mónica Acosta

Lo prohibido siempre vuelve. La escena interdicta multiplicada infinitamente por el lenguaje: el uso de un pan de manteca en Último tango en París de Bernardo Bertolucci. Una escena que, prohibida, hace hablar, parlotear el filme.

Es dudosamente ingrato y profundamente antifeminista el tratamiento que el personaje de Marlon Brando hace sobre su seducida, Jeanne. Sin embargo, esa escena y toda la película muestran justamente el verdadero corazón de las tinieblas. No hay nada más humano que la caída —la de él, primero, la de ella, después—. Tampoco hay nada más humano que la inocencia de la búsqueda de aquél, en este caso, aquélla, que se desconoce a sí misma.

Nuevamente vuelvo sobre la dictadura que sumió a la Argentina y a nosotros, sus habitantes, en la peor de las noches. Entre tantas prohibiciones, también estaba esta: primero, toda la película, y después, la película sin la escena de la manteca de la cual todo el mundo hablaba, y nadie, o casi nadie había visto.

Era un mundo distinto, claro. Un mundo en el cual la pecaminosidad de la carne —esa era la denominación oscurantistamente católica que nadie recuerda en estos tiempos de papas y vaticanos— estaba a flor de piel, ya que aparentemente, todo era pecado, todos debíamos ir al infierno, y la necesidad de la pureza y del sacrificio se imponían entre discursos religiosos, políticos, artísticos y mediáticos.

Ahí estaba yo, tratando de sobrevivir en ese mundo al que había sido eyectada por mis creyentes y temerosos padres. Merodeando voyeurísticamente aquello que parecía estar mal. Siempre mirando con desconfianza, escuchando con más desconfianza aún, desdoblada entre lo que se desea y lo que se teme. Con los ojos bien abiertos en un barrio de provincia que horrorizaría hoy en día a las burguesías votantes y bienpensantes de esta Ciudad de Buenos Aires.

La película se había filmado en 1972 y Bertolucci había ganado el Oscar al Mejor Director, mientras Brando, el de Mejor Actor, en el año 1973, en medio de críticas, denuncias, rechazos y aceptaciones internacionales. En Argentina, en octubre del ´73, acompañando los tiempos liberados de la Tendencia y los deseos de los Hijos de Fierro, Octavio Getino, puesto al frente de un organismo de censura, dio la orden de estrenarla e hizo que la película se viera en el entonces Cinema Uno. Duró trece días y fue exhibida sin cortes. Luego fue secuestrada por orden judicial y hasta bien pasada la dictadura no se vio entera. Pienso en estas cosas, en estos tiempos políticos que nos tocan vivir, me pongo maquiavélica: alguien puesto a censurar y no censura; un juez puesto a hacer justicia y no la hace, o más bien, se ocupa de hacer lo contrario. La relatividad moral de los actos y de los medios para llegar a un fin. La voluntad política de un Getino supera cualquier circunstancia. Pienso en la superficialidad del discurso sobre libertades institucionales y políticas cuando caigo en la cuenta de que fue un particular quien —como hace unos años nomás otro particular de libertad individual intentó hacer cerrar la muestra de León Ferrari en el C. C. Recoleta— pidió el secuestro de la copia en el cine. Digo, fue el pedido de justicia de un particular el que terminó prohibiendo la película, obturando nuestra mirada y evitando que las imágenes se encuentren finalmente con su destino político. Miles de espectadores deseantes de ver la película, al menos para saber de qué se trataba la anécdota del pan de manteca, y si de paso era posible que alguna vez se tomara por aceptable tal denostada práctica, siempre y cuando fuera para felicidad de las muchachas. Pero esta es una digresión que abandonaré, por ahora.

Por esos años, aunque pequeña, ya iba sabiendo yo todo acerca de lo inevitable, los secretos y misterios de las organizaciones barriales, y un tiempo después, su destrucción y desaparición, y el relato de esta escena de ficción acerca de las relaciones perversas entre hombres y mujeres, que escuchaba multiplicarse en mis oídos, concitaba mi atención. Tal vez lo real era peor, y una historia de pasión entre dos seres, uno que ha caído, y la otra, que tarde o temprano caería como todos caen alguna vez, me conmovió, aunque no hubiera podido ver ni un fotograma sino hasta el año 1983.

Hace pocos días Bertolucci admitió que él y Brando se aprovecharon de la juventud e inocencia de Schneider para provocar en ella una reacción “no de actriz, sino de joven mujer”, una especie de método neorrealista italiano que tiene sus antecedentes en Vittorio de Sica, cuando para hacer llorar al niño porque el padre se robó la bicicleta le puso sus cigarrillos en el bolsillo y lo acusó de ladrón. En el caso de Bertolucci, esta expresión de patriarcado italiano salvaje, le valió el reconocimiento internacional. Aparentes paradojas del cine en este mundo del capital —segunda digresión que abandonaremos hasta una nueva convocatoria de Kane—.

Hace cuarenta años el mundo podía ver cómo el deseo erótico destruye, pero también, y eso no lo vieron todos los denunciantes moralistas, cómo en el descubrimiento del otro aparece el límite humano de la muerte, y cómo toda historia de amor y comprensión lleva en sí la latencia del mal, que nos termina conmoviendo.

Yo vi la película diez años después de su estreno, en esa incipiente, restringida pero potente democracia del ’83. “El mal” había sido lastimosamente interdicto por la dictadura para imponer propósitos peores aún, bajo la falsa denominación de “bien nacional”. Y en esa sala donde pude ver la película entera y la escena del famoso pan de manteca, se apareció, en toda su belleza, el mal tan esperado, así como tan temido.

El cine suele ser cruel, una máquina de matar buenos espíritus antes de la caída de la inocencia. Y sin embargo, es lo más real que conozco, porque es implacable, no da una segunda oportunidad, o sus segundas oportunidades, como en la vida, son engañosas.

Schneider perdió su inocencia en esa escena, y hoy sería justificación para una denuncia por violencia de género. Tal vez, lo que dice esa escena de Brando y Bertolucci enmantecando una baguette y pensando en lo que van a hacer con una joven que se propone sin entender demasiado nada, entrar al mundo de la experiencia, es el poder que tiene la horda primitiva sobre la cultura. Toda película que se precie tiene que tocar esa cuerda. Esos dos tipos, uno de ellos, ya era un grande, y el otro, en camino seguro a serlo, se miran como dos chicos y se les ocurre una picardía que termina siendo reconocida como valiosa en la historia del arte cinematográfico, pero que ronda el sadismo, el sometimiento de personas, la violencia de género, el delito criminal justificado por la sociedad patriarcal. Y el cine, más allá de los discursos y las buenas intenciones del hombre nuevo setentista de la época, muestra que la pulsión destructiva, vuelve, porque nos pertenece.

//////////////////////

Último tango en París (Ultimo tango a Parigi, 1972) | Bernardo Bertolucci

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.

Copyright © 2022 - GrupoKane

Salir de la versión móvil