La película prohibida
De Cucos y doncellas
Por Verónica Bergner
A mi abuela le decían Cuco; “un nombre imposible para cualquier abuela”, siempre pensé.
¿Con qué voz podría contarle un cuento a su pequeña nieta? ¿Con qué máscara podría esconder la impronta del monstruo? ¿Con qué pseudónimo podría suspender el miedo que su nombre imparte por las noches de insomnio?
Cuando estaba en séptimo grado mi abuelo murió, y a partir de ese día mi relación con mi abuela mutó. Hasta ese momento recuerdo que todos los viernes íbamos a comer albóndigas a su casa, una de sus especialidades; algunos domingos los mejores asados con todas mis tías y primos; escasas noches en las que me dejaban a su cuidado, observar las partidas de póker que armaban con parejas amigas… Pero tengo pocos recuerdos con los dos solos, en la intimidad. Es que mis abuelos eran muy independientes y tenían una relación fundida con acero, donde no cabían muchos más. Sin embargo, tengo una imagen que me acompañó siempre: una tarde con ellos en el supermercado. Nunca vi a nadie divertirse de esa manera, en ese escenario; todavía escucho sus carcajadas que asomaban en cada pasillo. Qué les causaba tanta gracia me costó entenderlo. Tiempo después, recapitulando otras imágenes, descubrí que no era por el afán consumista actual, sino porque cada segundo compartido era una aventura, una fractura en la línea cronológica para degustar y recordar en la posteridad.
Y yo nunca fui buena para hacer reír. Al menos no intencionalmente, aunque a pesar mío suelo desencadenar bastantes risas. Cómo lograr entonces que mi abuela pudiera recuperar esas sonrisas fue mi misión oculta a lo largo de los años que trascendió a mi abuelo; porque a partir de su ausencia, yo gané una presencia: la de mi abuela que hasta ese entonces había estado a una distancia prudente. Ella siempre había mantenido sus actividades y sus formas. Eso lo demuestra otro nombre que tenía en su barrio: “la señora alta”. Creo que fue una de las personas más bajas que conocí en mi vida, y, sin embargo, su postura arrogante, sus tacos muy altos y su cuello hiper estirado, la convertían en una señora estilizada y elegante. Tenía buen porte, como se dice, y una habilidad asombrosa para ir en contra de lo previsible sin evidenciarlo.
A partir de entonces ella empezó a venir mucho a mi casa. Mi mamá se la traía, aunque ella mucho no quería. Sí a pasar algunas tardes, pero no a quedarse a dormir como generalmente sucedía. Así fue, que por las noches su nuevo espacio pasó a ser mi pequeño cuarto, donde yo sacaba una cama debajo de la mía para que durmiéramos una casi pegada a la otra: la nieta tendría que intentar soñar con el Cuco a su lado.
No voy a reproducir las absurdas morisquetas que me la pasaba haciendo cada vez que me asomaba a mi puerta, pero sí puedo asegurar que eran bien ridículas. Cada entrada practicaba distintas muecas que incluían vestuario y utilería: por ejemplo, ensayé días enteros cada gesto de Chaplin para intentar desplegar su comicidad con sombrero, bastón y bigotes pintados. Tampoco voy a sacarme tanto crédito y admito que de vez en cuando alguna risa le sacaba, sobre todo por el efecto que mis irrupciones le causaban, pero lentamente ella se iba apagando y su rostro se iba tiñendo de un verde, verde musgo. Los dos amaban su jardín y sus plantas, creo que después de la muerte de mi abuelo ella cobró ese tono, develando que desde el día que se conocieron habían construido una sola naturaleza.
Una tarde mi abuela estaba en mi casa, bastante cansada y verdosa. Era viernes y ya no tenía más recursos para seguir adelante con mi propósito. Tenía pocos elementos y no podía moverla mucho por su estado de salud. Pero daban Honor de caballería y un amigo me había dicho que sí o sí tenía que ir a verla. Sabía que estaría poco en cartel, entonces le propuse la salida. Ella había comenzado la carrera de Filosofía y Letras de joven, así como yo lo hice tiempo después, supongo que para seguir con nuestra relación íntima pero distante que nos unía desde que fui muy pequeña.
No me había interiorizado mucho en la película, sabía que había sido tan aclamada como polémica, pero estaba segura que igualmente le interesaría. Además, el Quijote es uno de los personajes que más quiero y que más gracia me causa en mi vida. Sin dudarlo, la rapté.
Al llegar a las puertas del cine Lorca, pensé también con alivio que ese espacio podría trasladarla rápidamente a otros tiempos dorados. Había poca gente y nos sentamos bastante adelante por la vista chicata de ambas. Acomodamos nuestros abrigos, se apagaron las luces y empezó a función. Claro que no ansiaba una lectura convencional del clásico, pero a medida que iban pasando los minutos un fuerte malestar empezó a trenzar mi cuerpo: esas imágenes no eran las que esperaba y difícilmente podrían sacarle alguna sonrisa sino mas bien enojo o en el mejor de los casos, un dulce sopor. Las imágenes se sucedían y mis hombros se iban hundiendo cada vez más en la butaca por la presión de haberla sacado de mi casa sin permiso y en ese estado; mientras tanto, mis ojos insistían en permanecer a flote para relojear las expresiones de su cara. Y, sin embargo, la sorpresa fue escuchar las primeras risas del Cuco que tenía a mi lado, que, en contra de todas las predicciones posibles, comenzaba a quitarme los miedos que me envolvían en la oscuridad de la sala. Su estado de diversión fue cobrando tal densidad que terminó por arrasar con todo el espacio, al punto de sentir su codo que me golpeaba para compartir conmigo su alegría. Pero la segunda sorpresa, fue reconocer el enojo que entonces iba concentrándose en mi estómago al ver que ella disfrutaba esa película que yo estaba odiando. Hay y habrá múltiples apropiaciones de semejante personaje, pero el que tenía adelante había perdido toda vitalidad, profesaba insistentemente su fe católica y estaba vaciado de su gula desmedida por la ficción, capaz de arrancar al más descreído de su tedio cotidiano. Pero aún así, y ante un Sancho casi mudo y de paso cansino, ella se empeñaba en sostener sus labios desplegados, hasta llegar a proponerme un viaje a Córdoba al ver a la dupla chapoteando en el agua… Fue en ese preciso momento donde largué una gran carcajada (que despertó un ronquido que estaba por perforar mi tímpano) exacerbando aun más su jolgorio, que duraría hasta el final.
Es que recién a partir de ese instante pude descifrar de qué se trataba toda esa situación en la que el Cuco no asustaba, sino que suscitaba gracia y en la que Don Quijote se presentaba desde un Quijano decadente y sin rumbo, enmarcado en planos de una belleza depurada. Entendí a tientas que el cine daba lugar a la fractura de mis normas, donde las aventuras de Don Quijote se daban en sus reflexiones individuales y silentes; donde el Cuco se encarnaba en una señora mayor con una risa pícara que contagiaba a los pocos espectadores que la rodeaban; y donde una Dulcinea totalmente desplazada de la pantalla, adquiría volumen corporal para intentar reconstruir idealmente a su caballero andante.
Fue esa noche, envuelta en la luz fílmica y en el humo del cigarrillo que mi abuela se fumó a la salida, que volví a escuchar esa risa que tanto me había empecinado en reencontrar; y en la que descubrí esa otra naturaleza que la definía: ese gesto irreverente que la emparentaba con Albert Serra, por su deleite compartido en despojar hasta lo prohibido a personajes canónicos y populares para reapropiárselos libremente.
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Honor de caballería (Honor de cavalleria, 2006) | Albert Serra

























