Nuestra última película

De fotogramas y licuados /// Anabella Speziale

Nuestra última película
De fotogramas y licuados
Por Anabella Speziale

Era nuestro ritual. Una o dos veces al año, en época de vacaciones, íbamos al cine a ver una película y después elegíamos una confitería para tomarnos un licuado de banana con leche y un tostado. Siempre terminábamos en uno de esos locales suntuosos donde las señoras suelen ir a tomar el té a las cinco de la tarde. Así pasábamos las horas hasta que caía la noche mientras hablábamos de lo que habíamos visto en el cine o de las últimas novedades y planes familiares.

Allí estábamos sentadas las dos, en una mesa junto a la ventana, una octogenaria y una veinteañera, cada una con su vaso largo y un sorbete disfrutando de nuestra bebida favorita. Las dos frente a frente, y entre nosotras nuestra charla llena de experiencias tan propias y tan distintas. Allí estábamos compartiendo una salida que, aunque no lo supiésemos en ese entonces, no se volvería a repetir. Sin embargo, algo se sentía en el aire, en las palabras, en las ganas de contarme sus anécdotas de cinéfila. Mi abuela se apoderó de la conversación y con ese acto minúsculo nos transportó a aquella época dorada…

— Ya las películas no son como las de antes —sentenció con un suspiro mirando hacia la calle en una actitud nostálgica para luego concluir con una exclamación en tono jocoso — ¡Qué venido abajo que está Paul Newman!

Acabábamos de ir a la función de matinée del cine, mi abuela había elegido para ver Las cosas de la vida porque era la única en cartel en esa semana que tenía como protagonista a una estrella que ella admiraba. Paul Newman y Jessica Tandy llevaban adelante una historia sencilla que apelaba a un público de su edad, pero, de todos modos, el film la había decepcionado. Lo primero que hizo al salir de la sala fue quejarse que esta producción tenía a una figura sólo para llevar público a la sala.

— ¡En mi época hacían películas que te daban ganas de correr al cine para verlas nuevamente y enseguida, o al menos volver a la semana siguiente!

— ¿Cuáles?

— Mis favoritas fueron Cumbres borrascosas con Laurence Olivier y unos años más tarde La dama de las camelias. ¡Las vi tantas veces que te las podría contar de memoria! Había cierto encanto con las historias del cine, además los actores te seducían desde la pantalla con mucho atractivo y siempre con un aire a misterio. No como lo que acabamos de ver, esta es una historia más de la vida cotidiana.

— Y Paul Newman era tu favorito…

— No, él apareció después, es muy joven para mí. Montgomery Clift me hacía suspirar… De aquí a la eternidad ¡qué película!… Mi secreto me condena… ¡otra!… En ese entonces no teníamos el cine en casa como ahora… para verlos a Gary Cooper, Humphrey Bogart o Thomas Mitchell tenía que ir al cine o comprarme las revistas… pero no era lo mismo.

— ¿Qué tipo de películas veías?

— Todos los géneros, hasta los westerns como La diligencia con John Wayne. Siempre me llevaron a conocer otros horizontes. En ese entonces no se viajaba como ahora. Además, había que ir al cine para ver los vestidos, los peinados de las actrices, y por supuesto, las historias de amor…

Mientras mi abuela se remontaba al pasado y continuaba con su lista de películas memorables y actores que la desvelaron, mi preocupación estaba puesta ante el inminente futuro. El film que acabábamos de ver me había perturbado. Ya dentro de la sala de cine, cuando la historia se sucedía en la pantalla, miraba a mi abuela de reojo para ver cómo la estaba pasando. Ella estaba atenta a las imágenes con sus dos manos juntas sobre el regazo, como rezando. De vez en cuando se las llevaba al rostro en un gesto desanimado de asombro. La historia hablaba de la tercera edad, de los achaques del cuerpo, del final de la vida, y yo no podía dejar de ponerme en el lugar de mi abuela. A medida que nos adentrábamos más en la historia me sentía cada vez más incómoda. El film no me dejaba soñar, sino que me traía constantemente a la realidad. A ponerme en el lugar de ella, a llevarme a imaginar qué estaría sintiendo y si le afectaba todo aquello.

En una escena, se la veía a Jessica Tandy de espaldas, estaba sola en el porche de la casa sentada en una silla de estilo campo, esas que tienen el respaldo alto y están hechas de algarrobo. La cámara estaba puesta en el interior de la casa, con un plano lejano reencuadraba la figura de la actriz a través del marco de la puerta. Era una imagen de mucha soledad y cierta opresión. Una imagen que se tomaba su tiempo… hasta que, en un movimiento sutil y casi imperceptible, la cabeza de Beryl —el personaje que llevaba la piel de Tandy— se inclinaba hacia un costado. Luego la cámara se posaba sobre el té que ella tenía sobre su regazo… un té que se quedaría allí enfriándose.

En la confitería, no podía borrar esta escena de mi memoria —y aún hoy la sigo viendo como si estuviera en aquella sala de cine junto a mi abuela—. Una escena que me caló hondo. No pude dejar de preguntarle que le había parecido…

— Todos esperamos la carroza —me contestó— ya te vas a dar cuenta con los años… todo se ve distinto, se siente distinto.

Una muerte representada en toda su soledad. Una muerte que anunciaba otros finales. Este fue el último film de la actriz. El último film de nuestro ritual…

Si bien continuamos viendo el cine en casa —como ella llamaba a ver películas por televisión— nos faltaron la magia que sucede en la oscuridad de la sala y la dulzura que derivaba de su charla junto a nuestros licuados…

Hoy, también me faltan sus consejos, sus palabras sabias… pero siempre tengo el relato de sus anécdotas que me acompañan y me hacen soñarla.

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Las cosas de la vida (Nobody’s Fool, 1994) | Robert Benton

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