La película prohibida
De niños ya éramos nosotros mismos
Por Florencia Schapiro
Familia standard: madre, padre, hijo y Niña.
Por el lado materno, familia que ha tenido chofer en auto plateado, viñedos en Francia, pisos en París… y las mujeres firmaron su amor a hermosos jovencitos que se quedaron con su patrimonio. Murieron sin un peso y felices.
Por el lado paterno, mujeres con poca tolerancia a la sumisión y con los problemas que eso podía acarrear por aquellos tiempos. Hombres autoritarios y contrabandistas llegados de Rusia que buscaban el descanso acostados en el piso de la cocina, el lugar más fresco de toda la casa.
Por eso, esta familia paradójicamente siente que pertenecer a la clase alta es un derecho innato, ya sea por herencia o por una gran trayectoria de haber engañado a las autoridades con tanto esfuerzo.
Unos padres enamorados, una madre que entre sus grupos de nutrición y pintura estaba únicamente dedicada a sus dos hijos (ella y dos niñeras), un padre ingeniero y emprendedor, un hermano tranquilo, un buen colegio… De este modo la Niña creció sin grandes sobresaltos, al menos hasta que el cine irrumpió en ese cuadro tan equilibrado. Claro que no fue a través de esas películas para niños en Betamax —un reproductor que nunca se impuso en el mercado y con el que sólo pudo ver Gulliver en loop— sino con el VHS, accediendo al cine que sus padres veían, o al menos a fragmentos que le resultarían indelebles. Un potpourrí de imágenes de los más diversos, como la mano que rasguña esa pared en Hiroshima mon amour; el cuerpo de Mussolini colgado de pies balanceándose espásticamente empujado por la gente y escupido al final de La historia secreta; el tío vestido de mujer encerrado en el sótano de la casa de Fanny y Alexander; el bebé que la madre decide tirar por el agujero del caño de escape del tren como única salvación ante el inminente campo de concentración en Los Unos y los Otros…
Pero lo prohibido no pasaba tanto por ver estas imágenes, y hasta es probable que sus padres se las hicieran ver con fines educativos y culturales. Lo que nadie sabía era el impacto que estas imágenes causaban en la Niña. Y entonces nadie se enteraría jamás sobre el ritual de tensar las sábanas de dos puntas de los placares abiertos de su habitación para colgarse de pies como Mussolini, cayendo por supuesto al primer intento. O cuando se cayó del caballo y todos dieron por evidente que había sido un “accidente”. No. Jugó que un hombre, montado a sus espaldas, la empujaba como en aquella película en que la mujer es arrastrada brutalmente por un hombre para luego encontrarnos con un plano en el que ella misma se agarra de los pelos, despaturrándose por el piso. Sólo una vez intentó explicar su último descubrimiento: fijar la mirada en su mano rasguñando la pared (a lo Hiroshima…, obvio) y caer en la más pura conciencia de la Existencia, observándose desde otro punto de vista. Hoy parece ser que a eso se le llama “despersonalización”.
¿Serían esas imágenes de cine disparadores de algo ya latente? ¿Serían moldeadoras de su personalidad? Lo prohibido pasaba por adueñarse de esas imágenes, y no sabía por qué, pero sabía que era un juego que no se podía compartir.
(De niños ya éramos nosotros mismos).
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Hiroshima mon amour (1959) | Alain Resnais