Nuestra última película

Deadlines /// Fernando Castets

Nuestra última película
Deadlines
Por Fernando Castets

Querido Pablo:

Quisiera ubicar tu insistencia entre el delirio y la herejía, lo cual es sencillo alfabéticamente pero a nivel humano me resulta casi incomprensible. No puedo evitar que mi caída sea, otra vez más, en un lugar común. Pero me has dado más de un deadline y, por supuesto, me estoy poniendo a escribir en el último. Es que esa palabrita que tanto gusta a directores creativos, productores y organizadores varios, a mí me sigue sonando un poco macabra. Estoy en un momento en el que no quiero tener ningún deadline más en mi vida, ni siquiera el propio, único y final. Así que trato de esquivarla siempre que puedo, pero estos días me ha resultado muy difícil.

Leo el párrafo anterior y no he sido lo bastante claro en lo que respecta a caídas, deadlines y el momento en el que me encuentro. Es que estoy escribiendo adentro de un tubo de aluminio y otras aleaciones suspendido a diez mil metros de altura y que se desplaza a más de novecientos kilómetros por hora. Le llaman avión, yo le llamo milagro. Sabés que no me gustan los aviones, cada vez me gustan menos porque sé que estoy abusando de la estadística y cada avión al que me subo me acerca un poco más a mi último deadline, y a mayor velocidad que los novecientos kilómetros por hora que en algún momento la voz del comandante anuncia, convencido de que te tranquiliza con informes así, como nuestra velocidad de crucero.

¿Cómo me puedo tranquilizar con eso de la velocidad de crucero si el comandante del “Costa Concordia” también iba a velocidad de crucero y hundió dicho crucero con chiquicientos mil pasajeros yendo a dos por hora? ¿De cuánta velocidad de crucero estamos hablando? ¿De qué tipo de crucero me habla? ¿De los que flotando se hunden o de los que volando se caen? Me dan ganas de ir a preguntarle al comandante quién le enseñó a hablar así. Es más, quisiera preguntarle quién lo hizo comandante, pero tengo miedo de que me vean atalibanado y alguien de la tripulación decida adelantar mi deadline. Además, no tiene sentido preguntarles nada porque como pertenecen a una industria tan mentirosa, sí son capaces de decirte la verdad con los horarios de salidas y llegadas. Y encima esa musiquita de ascensor en el ambiente que de tan mala se te termina pegando. Mejor que empiece pronto la película, que por muy mala que pueda ser, lo único que será capaz de matar es el tiempo…

Cuando leas esto ya se me habrá pasado este humor de perros, pero en este viaje está más que sobrecargado. Es que estoy regresando a Buenos Aires desde Madrid después de un par de meses y en este mismo momento en el que te escribo, el papá de un querido amigo está siendo despedido por sus familiares más íntimos, porque acaba de atravesar él también su propio deadline, final y único. Lo conocía desde mis diez años y lo conocí personalmente hace cinco. Tuvo una vida de ésas que se llaman plena, pero de verdad que fue una vida muy divertida y llena de historias, recuerdos, momentos de gloria y meses de hambre. Y se despidió a sus ochenta y tres años que podrán ser muchos para algunos, pero a las personas que queremos siempre las queremos tener un poquito más, un año más.

Tuve la enorme dicha, además, de trabajar con él, como guionista junto con su hijo, Emilio. Y, ahora que lo pienso y porque estos dos últimos días me lo han dicho varias veces, tuve la suerte de escribirle la mejor despedida que se le puede escribir a un artista: agradeciendo a su público, a sus seres queridos y sobre el escenario de un teatro repleto. Sería otro lugar común decir que fue premonitoria, porque si se escribe la despedida de alguien en esta vida, en algún momento se habrá vuelto premonitoria. Es inevitable, es parte del deadline.

Se llamó Emilio Aragón Bermúdez pero es mucho más conocido como Miliki. Era hijo, nieto y de familia de artistas. Cómicos. Payasos. Y nos regaló la emoción y la alegría de interpretar en la escena final de la película, al niño que durante casi dos horas antes vivió y compartió aventuras con una especie de familia disfuncional, de Armada Brancaleone de artistas de varieté durante la postguerra civil española. Él, su personaje, aparece unos pocos minutos, en una escena donde le brindan un homenaje a su carrera y todo el teatro le aplaude. Dijo sus líneas “clavándolas”, como si las supiese de toda la vida. Mejor aún, como si se le acabaran de ocurrir en ese momento, que es la alegría más grande que cualquier guionista puede recibir cuando aquellas palabras que se escribieron y reescribieron tantas veces para no perder espontaneidad siguen sonando frescas y etéreas. Y finalmente, se emocionó durante su monólogo y esa emoción que no estaba escrita, porque es imposible hacerlo, llegó y seguirá llegando cada vez que alguien vea ese momento. ¿Cómo se hace para poner en palabras lo que tiene que ser puro sentimiento? Se emocionó él y nos emocionamos todos, los que asistimos al rodaje y los que vieron la película. Y así será cada vez de ahora en más, me imagino; aunque no en mi caso porque creo que por un tiempo bastante largo no me darán ganas de ver la película, sabiendo que al final llegará ese momento.

He interrumpido la escritura porque el avión se empezó a mover y cuando el lugar sobre el que escribís se mueve, la caligrafía deja bastante que desear. Te salen frases como “he imterrunpido la scrriturs porque el abipon se empesò a moveeeer…” y cuando dicha caligrafía no es electrónica no parece que tenés mala letra, sino que sos ágrafo. Además, tengo que agarrarme fuerte de los apoyabrazos porque el inconsciente te indica que, si el avión se cae, hay más posibilidades de sobrevivir si estás agarrado a los apoyabrazos del avión. Si por lo menos quitaran esa musiquita de merda. ¿Quién fue el genio que pensó que un dúo de charango y quena tocando “El cóndor pasa” en versión de Richard Clayderman es como tomar simultáneamente Dormicum y Rivotril para atravesar mejor las inclemencias de volar en un tubo que a esta hora estará pesando apenas doscientas cincuenta toneladas? Si al menos cualquiera de las dos opciones me hicieran dormir, quizás hasta sueño que vuelo. Pero es imposible, así que aprovecho esta pausa estremecedora para revisar viejos archivos y me doy cuenta de que mi cuento de película anterior, el de “Aquella película contigo”, empezaba hablando de la muerte de mi padre y casi terminaba con la muerte de la madre de un amigo. Y ahora hablo de otro padre, otra muerte, otro amigo… Y yo sigo echándole la culpa a mi miedo a los aviones por tener tan presentes estos temas mortales. Ja.

Bueno, han usado una vez más el truco de la turbulencia para no darnos de comer, un recurso tan viejo como la historia de la aviación comercial. Creo que sacuden el avión a propósito y así se ahorran la comida para el próximo vuelo. Ya no saben cómo hacer para recortar gastos. Otra mentira aeronáutica, aunque ésta produce en mí cierta calma. Quizás no hay turbulencia de verdad, porque el cielo se ve diáfano y sin nubes. Y como han empezado a dar ese “magazine” que es la versión visual de “El cóndor pasa” claydermanesco, luego darán la película, finalmente. No, finalmente no me parece el adverbio adecuado en estas circunstancias. Ya dijo antes el nombrado por no sé quién comandante que nuestro destino final era Buenos Aires y yo quería que fuese más preciso porque destino final no es una expresión adecuada en este tipo de situaciones y Buenos Aires… ¿No puede decir “Ezeiza”? ¿Y con más precisión, “la pista más larga de las dos que posee el aeropuerto Ministro Pistarini de Ezeiza”? Eso me hubiese tranquilizado un poco, quizás.

Bueno, el asunto es que empieza la película en el avión y estoy dispuesto a verla pensando que puede ser nuestra última película juntos, yo viéndola y vos leyendo estas impresiones mías, acontecimiento que me producirá una alegría enorme porque significa que habré llegado a buen puerto, al destino final de este viaje, a su deadline. Y si no es nuestra última película juntos, quizás sea nuestro último relato.

“Haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad”, dicen que dijo Antoine de Saint-Exupéry. Que además de escritor era piloto y por eso ya sabemos cómo terminó.

Y ésta es mi deadline final.

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Pájaros de papel (2010) | Emilio Aragón

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