Aquella película contigo

Derribar paredes y que aparezca el amor /// Mónica Acosta

Aquella película contigo
Derribar paredes y que aparezca el amor
Por Mónica Acosta

Para el psicoanálisis el amor está ligado al amor a la madre. Según los griegos, en un principio éramos uno, una unidad completa en sí misma, una especie de ser que no necesita salir de sí para ir hacia otro. Hasta que algo nos separó y entonces, estamos siempre buscando lo que nos puede cubrir, completar, lo que nos falta desde el nacimiento.

¿Qué es el primer amor? Un deseo inmenso de tomar al otro todo para mí y darme toda para él. Linda definición para pensar el amor al cine. También para hurgar a partir de la consigna de escritura que nos convoca en este nuevo encuentro.

Mi adolescencia no fue un manto de rosas. Miradas sus espinas desde hoy, estoy en condiciones de afirmar, casi borgeanamente, que he sido todas las mujeres, he atravesado al menos siete siglos en poco más que cuatro décadas.

Un año antes de pasar a mi segunda década, el amor me llevó a ver un film que para la niña que todavía era, insistió en sonsacar todo lo que había estado escondido, dormido, prohibido durante una adolescencia signada por el ahogado respirar de la dictadura militar.

Esas serían mis últimas vacaciones familiares, clase media playera, resquebrajada por los efectos que en mí, hija predilecta y perfecta hasta ese momento, habían hecho una anacrónica educación religiosa: mi negativa a armar rosarios a los combatientes de Malvinas, mi negativa a donar dinero para la gesta guerrera en una diócesis comandada por las huestes de Monseñor Quarraccino, mi negativa a seguir con mi pelo planchado en honor al orden y atado en dos inmundas colitas, mis poemas eróticos en un ambiente monacal, mis pinturas de siluetas de desaparecidos sobre unos papeles de diario, los dibujos hechos sobre variaciones de desnudos femeninos que fueron secuestrados durante una muestra final de arte de quinto año, en fin, toda una estructura dispuesta a amar y a ser amada, a vivir la vida como la palabra en la poesía… Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.

Finalmente, el día llegó y vino vestido de hombre. Me llevaba una década en edad, pero contaba con al menos cuatro siglos de ventaja. Había conocido lo mejor y lo peor de este mundo, había vivido en París, en Roma, en Brujas, en Amsterdam y en Recife. Había realizado innumerables profesiones hasta recalar en esa insignificante playa de la costa bonaerense, unos meses antes de las elecciones generales de octubre, con claras intenciones de ver qué estaba pasando acá como para evaluar si definitivamente podía volver, o tenía que renunciar para siempre al deseo de vivir en este país.

Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir, habré leído por ahí, en una de esas librerías de saldos escondida en alguna galería que daba sobre la peatonal, y en las que a menudo vendían libros que ni en la capital se encontraban.

Y ahí sí, frente a todas las prohibiciones familiares, apareció la medida de mi tiempo… Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Y ahí sí, empecé a ir en busca de quién soy.

Una noche estrellada de verano, con la brisa sobre el rostro, entré como quien camina sin sentido, a una sala cinematográfica cuya pantalla se caracterizaba por estar atravesada, durante todas las funciones, por innumerables murciélagos con sus consiguientes chirridos. Una sala húmeda, a media cuadra del mar, en una geografía demasiado apta para la formación de médanos contra su medianera, una sala que ya no está y creo, es hoy, estacionamiento frente al mar. Digo “entré” como si hubiera tenido conciencia de mi voluntad y en realidad fui llevada, transportada por el amor a no sabía bien dónde pero ya no importaba.

La película fue Pink Floyd The Wall de Alan Parker que, estrenada en 1982 en Gran Bretaña, vino a parar a esta salita del fin del mundo patagónico en el verano de 1983. Creo que entré en un éxtasis profundo, durante y después de la proyección. Los 15 minutos de secuencias de animación creadas por Gerald Scarfe —aclaro que hablo de una época en que la animación era patrimonio de la infancia y las producciones nacionales se limitaban al Libro Gordo de Petete— me sumieron “estoy segura”, en una especie de coma profundo. Fui del hipotético ataque alemán sobre suelo inglés a los campos minados por alemanes abusadores descriptos por mi nona durante mi infancia; se cruzaron los héroes ingleses, con los argentinos y con mi propio abuelo italiano sobreviviendo en un campo de concentración inglés en África.

El film no me daba respiro, la escuela era mi escuela, la familia eran todas las familias playeras por mí conocidas, el amor signado por la frustración… todavía no lo había conocido, pero funcionó como un indicio… después, bala certera… Pero, la entrada del protagonista en un estado alucinatorio y su enajenación me asustaron. Todavía era muy pequeña a pesar de mi edad. Era mucho para empezar así y recuerdo que pensé “menos mal que termina con estos niñitos volviendo a construir algo, aunque sea lo mismo”. Me vi finalmente, una y otra vez en la niña que estaba empezando a dejar de ser, y terminé perdiéndome en la imagen presentida.

Miré y me olvidé de todo lo que era. Lo siniestro se coló en mi percepción desdoblada por las caricias del amor y la violencia del mundo que asomaba. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.

(algunos versos de Alejandra Pizarnik acompañan este texto)

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Pink Floyd: The Wall (1982) | Alan Parker

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