A la salida del cine

Después de Saló /// Alejandro Ricagno

©Žilda – «Saló» #Scena1 [Pasolini Roma]

A la salida del cine
Después de Saló (poema en forma de caminata que se revela dantesca, es decir, circular)
Por Alejandro Ricagno

Los cuerpos ya fueron masacrados
en la pantalla —onírica—
de un obscuro deseo de destrucción.
La Historia —hacia atrás— adelantó
el Presente.
Hablo en primera persona, y también
objetivando un ojo interior
—anterior—. Ese es mi privilegio
de espectador y se paga caro.
Concentracionarios, en un obscuro deseo
de víctima y verdugo indiscernible
nos licuamos en el vino posterior.

Misa negra de nuestras miserias más negras,
bebemos el vino hasta las heces.
Y ahora hablo en el plural de una cultura
que nos forjó. Dios —muerto y redivivo—
era la palabra primera; la segunda
la carne en su extensión.

La calle del regreso va clausurando
los paisajes: aquí un borracho, allá
el que no sabe cómo volver, y el que vuelve
sin saber a su propio interrogante.

Cómo seguir, clausurado en las puertas
de esa palabra manoseada: deseo.
Palabra que no abre ni levanta el cuerpo,
pero lo señala como cosa
anterior al alma. Pero el alma
no soporta el peso corporal de la Realidad.
Y la Realidad, dura como el sexo de un verdugo
se impone contra cualquier Ideal.
Ideal sería pacer —como quería aquel poeta—
“tomados de las almas”. Pero acaso
sólo podemos tomarnos de las manos.

Y las manos solo quieren Poseer.

Después de Saló, ¿cómo continuar?

Si la villa libertina continúa en nuestras cabezas
en un sol ardiente de degradación.

¿Habrá que alzar la mano, el puño?

(Y mientras escribo esto
un muchacho orina contra un árbol
como si quisiera fecundar un fruto
que no le pertenece)

¿Habrá que alzar el sexo del verdugo,
de la víctima, del guerrero pese a sí?

“La noche es de luna llena”, dijo el amigo
a la salida del cine como de un útero oscuro,
“y la luna nos marca, mujer al fin”.
Aunque yo (hablo en primera persona)
necesite ahora de un sol viril donde
quemar el sueño de Ícaro,
que ya sabe su destino de mareas.

Cómo seguir, pregunto, y la estancia
es en otro lugar, con un café frío y el deseo
de no volver jamás.
¿Volver a dónde?
¿A las imágenes de orgia y destrucción?
¿A la casa materna?
¿A la ilusión de un sexo duro como espada
penetrando en el centro de la Realidad del Dolor?

Después de Saló toda masacre se hace pequeña.
Y no hablo de Abu Ghraib, ni de Guantánamo
ni de la casilla en la villa donde se difumina el Estado
y es clase de sumisión de violencia.

(Mientras escribo un cuerpo deseable y asesino
clava sus ojos en el centro de los míos.
Y sé que su deseo es poseer
¿como el mío de ser poseído?
Clava sus ojos en el centro de mi corazón
de víctima perfecta y aceptada).

La poesía ¿podría salvar algo de todo esto?
¿O describirlo, al menos?
¿Convertirlo en caos mensurable?
casi como noticia de periódico.

Mientras tanto escribo para no morir de mano propia,
empuñando la lapicera como el sexo del adolescente
en su primera masturbación, que no sabe aún
de la repetición vacía del acto.

Actor de una escena no filmada en Saló,
donde el verdugo sucumbe ante la víctima
Mímesis de una ascesis donde Dios ha muerto,
pero está. Escindido en los pliegues
sagrados del sexo y las heces.
Como la soga del ahorcado
en una orgia de sí mismo.

Éxtasis y estrangulación.

¡Ah, amigos, —digo a la mesa vacía—,
estrangulamos palabras que dirán
para otros su pregunta, su pequeña muerte,
que es tan sólo el anticipo de la propia!

¡La libertad de morir como bandera
es el trapo que enarbolamos. No son los ideales;
es aquello que no soñamos como Ideal
lo que nos mantiene despiertos en la pesadilla de la mortalidad!

Digo con sangre que no derramé.
Ahogo deseos que el Infierno encierra,
para que una sola Verdad insoportable como Cielo
devuelva al cuerpo una subjetividad inadjetivable,
una razón que se anteponga a su formulación balbuceante:

Gemido de muerte que ignora todo posible renacer.
Después de Saló.

Después de Saló,
los amigos ya idos,
busco en mi bolsillo, el sexo inerte,
el café frío sobre la mesa del café,
los pocos dineros —¿acaso treinta?—
con que intento sostener el consumo
de la noche
—Eterna—
que me consume…

Addenda: 30 de octubre, 2013, escrito a la salida del Teatro IFT, después de la proyección de la película testamento de Pasolini. Itinerario posterior Abasto-Congreso, bajo el fantasma del neocapitalismo de la Nueva Prehistoria, acompañado de algunos jóvenes amigos que no podían ver —ya que nacieron bajo el mismo— el trágico cambio antropológico denunciado por Pier Paolo Pasolini en los ‘70 bajo el cual sobrevivimos, como podemos.

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Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) | Pier Paolo Pasolini

 

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