La película prohibida

Diario íntimo de una niña anticuada /// Laura Ramos

La película prohibida
Diario íntimo de una niña anticuada
Por Laura Ramos

Mi película prohibida, en una familia de puro linaje troskofeminista, no podía ser otra que La novicia rebelde. Porque La novicia rebelde era, para mí, la antípoda de la joven moderna que mis padres deseaban que yo fuera. La novicia rebelde es, ante todo, un dispositivo tan anacrónico como una institutriz. Como su parienta Mary Poppins, como Miss Kate Ellis, la gobernanta inglesa de Victoria Ocampo o Mademoiselle Alexandrine Bonnemason, su camarada francesa; como Jane Eyre, la institutriz más hardcore de la literatura.

Yo insistía en ver secretamente La novia rebelde pese a que Julie Andrews tenía muy pocos de los atributos de la verdadera gobernanta. En primer lugar, era rubia y norteamericana. Una verdadera gobernanta es inglesa, como Julie Christie en Miss Mary (o al menos alemana, como mi bisabuela paterna, o suiza, como Mademoiselle O, la institutriz de Vladimir Nabokov en la Rusia imperial). Pero nunca norteamericana. En segundo lugar, Julie Andrews es saludable. Sus mejillas son rosadas, se viste con colores claros, tiene una dentadura vergonzosamente sana y radiante y, fundamentalmente, no sufre, no padece.

La institutriz genuina es un ser oscuro, lóbrego, sentimental y apesadumbrado. La novicia rebelde de Julie Andrews es un colegial revoltoso travestido de monja austríaca, una Mary Poppins poseedora de una ingenuidad, vivacidad, seguridad en sí misma y sereno poder sobre los niños que ninguna institutriz europea podría lograr. “Yo tenía que correr detrás de mis alumnas, llevarlas o arrastrarlas hasta la mesa y, con frecuencia, tenerlas sujetas a la fuerza hasta que la lección había terminado” dice Agnes Grey, la heroína de Anne Brontë, la institutriz entre institutrices. Anne Brontë, que trabajó como institutriz toda su vida, escribió a su hermana Emily, que detestaba ese trabajo: “La tarea de la instrucción es ardua para el cuerpo y la mente”. Muy lejos del espíritu jovial de Julie Andrews y más cerca del de las hermanas Brontë, a la verdadera María Kutschera, luego fräulein von Trapp, le sobrevenían unos ataques de furia que dejaban paralizados a sus hijastros. (Yo creo que en realidad el verdadero objeto de mi devoción era ella, y no Julie Andrews).

María Augusta Kutschera nació a bordo de un tren, camino al hospital, en 1905, en el Imperio austrohúngaro. A los siete años quedó huérfana, y esto dice muchísimo a su favor en su carrera como institutriz. A los dieciocho se graduó en el Colegio público para la educación progresista de Viena. Una vez terminados sus estudios, entró como novicia en la Abadía de Nonnberg, un convento de monjas benedictinas en Salzburgo (yo hubiera dado mi reino por trocar mi hogar con muebles de Le Corbusier y lecturas marxistas por ese convento). Entonces, una vez en el noviciado, fue requerida para trabajar como institutriz de una de las hijas del comandante de la Armada Georg Ludwig von Trapp, un viudo reciente.

Como Julie Andrews, menos de un año después de haber conocido a la familia von Trapp y entrado a trabajar en la casa, María abandonó el convento y se casó con el comandante. “Yo amaba a los niños y me casé con ellos antes que con él”, confesó en su autobiografía The Story of the Trapp Family Singers (1949). “Luego aprendí a amarlo, y lo amé más que a nadie antes o después”. Georg no le solicitó matrimonio a María, sino que le pidió que se quedara con la familia para convertirse en la madrastra de los siete huérfanos. “Dios sabe que él no dijo la palabra matrimonio cuando me hizo la propuesta —explicó ella— porque yo me hubiera rehusado”.

Pese a los esfuerzos de Julie Andrews, la verdadera María tenía arranques de enojo, gritaba, tiraba cosas y golpeaba las puertas. En una entrevista en 2003, su hijastra María dijo que la señora von Trapp “Tenía un temperamento horrible. De un momento a otro no sabíamos qué podía haberla herido. Nosotros no estábamos acostumbrados a eso. Luego aprendimos que era una tormenta que pasaba, porque al siguiente minuto se volvía encantadora.” Yo hubiera soportado con compostura sus arranques a cambio de sus lecciones de música: los madrigales seculares aprendidos en su convento (en mi casa me despertaban con los acordes de La Internacional: Arriba los pobres del mundo / de pie los esclavos sin pan / y gritemos todos unidos Viva la Internacional).

Los coros de monjas —que en mi infancia yo no supe leer como musicales de Pedro Almodóvar— escudo y emblema de la iglesia Católica, me provocaban epifanías. Vestidas como modelos de Pablo Ramírez, las monjas con sus hábitos llevaban el mensaje político-moral de la trama (Desfile de Pedro Ramírez 2007: Ten piedad de nosotras).

(Apunte al margen: Una buena razón que explicaría la lozanía de su tez en La novicia rebelde podría residir en la extraordinaria revancha sobre Audrey Hepburn que esta película significó para Julie Andrews. La rivalidad entre las dos actrices se arrastraba desde un par de años antes. Cuando la familia von Trapp no existía aún para Hollywood, Julie Andrews trabajaba en Broadway junto a Rex Harrison como protagonista de la versión teatral de Mi bella dama. Ella era Eliza Doolittle, la florista cockney transformada en una dama por el severo profesor de fonética Henry Higgins. Cuando la Warner adquirió los derechos para llevar la obra a la pantalla todos creían que sería Julie Andrews la elegida. Pero, por fortuna para el cine, y para mi relación con mi madre, la protagonista fue la adorable y morena Audrey Hepburn, que acaba de protagonizar Charada con Gary Grant. Mi madre, feminista, bisexual y bohemia extrema, además de macrobiótica y trotskista, adoraba a Audrey, y juntas vimos una y mil veces la ultramachista My fair Lady con delicia.

//////////////////////

La novicia rebelde (The Sound of Music, 1965) | Robert Wise

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.

Copyright © 2022 - GrupoKane

Salir de la versión móvil