La película prohibida
Disco Pirata
Por Sebastián Miranda
Nos veníamos frecuentando a veces. Si pintaba, bien. Y si no, también.
Como esas amistades a la distancia; o más bien, como esas amistades con cierta distancia calculada, donde se celebra la compañía y la ausencia no da lugar al reproche. ¿Estrategias del ajedrez llamado vida? Quizás, ¿por qué no?
Más allá del injusto análisis que pueda hacer de la clase de amistad o del valor de la amistad en sí, lo indiscutible es que había afinidad. Una dulce afinidad. Y calculo que sí, nos gustábamos.
Todavía estábamos en ese punto donde conocíamos parcialmente nuestras aspiraciones, deseos, nuestros puntos de conexión y diferencias. Supongo que esa distancia que cautelosamente manteníamos también podía notarse en nuestras opiniones por los gustos del otro. Como sea, coincidiendo o difiriendo, cuando nos animábamos a exponernos sabíamos que la opinión del otro tendría un considerado valor y nos prestábamos particular y recíproca atención en nuestras exposiciones. Esa fruición compartida me gustaba verla como algo parecido a tener el cofre del tesoro, para abrirlo juntos y disponernos secretamente a sacarle brillo a nuestras monedas. Algo así.
Una noche fumábamos o tomábamos cerveza, no recuerdo el orden en realidad. Estábamos acostados o sentados en la cama. Lo que si juraría es que ya habíamos quebrado ese momento donde el post-sexo te une o te separa. Estábamos entrando en otra etapa de la noche y estoy seguro que el caudal anímico del momento la animó a sacar aquel DVD de su mochila. Me lo extendió con calculado desinterés.
Me dice que es una película que me quería pasar. Que no sabe si me va a gustar, o no. Es una animación. La historia le pareció tierna. Que si me aburre no la vea. Etcétera.
Enseguida intuí que esa desautorización de sus propias palabras encerraba un nuevo secreto. Observé el disco y, por un segundo, creí ver rotulada la leyenda “¡Hey flaco! Es importante que veas esto. ¡Me importa mucho que lo veas! ¡A mí me mató!”.
Volví a revisar mejor el rótulo, solo decía “MARY and MAX”.
Escapándole a ese momento de tan íntima auto-exposición, la veo evadirse tras un pucho o más cerveza. Ya no importa cómo, pero se evadía. El desnudarse en el sentido físico de la palabra la exponía menos, pensaba para mí. Debió haber pensado exactamente lo mismo porque enseguida volvió a quitarse el vestido. ¿Otra cortina de humo?
Miré de nuevo el compact. Sí, “MARY and MAX”.
Pasaron varias largas semanas hasta nuestro siguiente encuentro. Nuevamente entre cigarrillos, cerveza y algunos comentarios locos al pasar, deslizó algún comentario desentendido sobre la película.
“Okay, sinceramente, el cine de animación no es mi debilidad”. Eso no se lo dije. Le confesé sí, que no la había visto todavía. “El reproductor no me la leyó”, aseguré. Era la pura y exclusiva verdad, pero dudo que me creyera.
De todas maneras, enseguida minimizó el tema; ahora la película le parecía bien pero no gran cosa. Hubo un aura de cierta decepción. No evidente, pero era lo que flotaba en el ambiente.
Puta tecnología.
La serie de encuentros devinieron en más espaciados. Al mismo tiempo que por su parte volvía a insistir con nuevas copias fallidas de Mary and Max, de este lado crecían las negativas ante la pregunta obligada. Y desde mi débil ser, era cada vez más frecuente posponer nuestras citas tan solo por sentir que no había hecho bien esa dulce tarea, que se traduciría en el otro como simple desinterés.
¿Puede ser que se haya reído de mí? Podría haberlo hecho adrede también. Esa sería su historia.
En la mía, no había reproductor, ni programita, ni códec especial que pudiera abrir ese corrupto archivo. Y así, de a poco, Mary and Max comenzó a transformarse en una película encriptada, negada. Enseguida ese concepto se transformó en un símbolo ya establecido de lo trunco, de lo que no avanza. La imagen de un castillo de naipes “en pause” antes de una evidente caída. En fin, para cuando terminé de elaborar en mi cabeza esta lúdica metáfora ya no nos estábamos viendo más.
Como la amistad a la distancia —o con distancia—, no hubo reproches, ni despedidas. (II PAUSE).
Pasó tiempo, bastante tiempo. Y cada tanto me cruzaba con esa copia maldita perdida dentro de apilados bulks.
Los años pasan pronto, la tecnología pasa más ligero aún. Pero en este caso la ciencia no ha inventado aun el software que pueda abrir ese DVD. Nunca hasta hoy.
¿Verla en Internet? ¿YouTube? ¿Cuevana? Nooo ¡¿Qué pasa?! ¡¿Ya no quedan románticos por ahí?!
El disquito prohibido sigue dando vueltas por la casa, en estado suspendido, nunca lo tiré.
Todavía puedo ver su caligrafía manuscrita intacta, redondeada… “MARY and MAX”.
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Mary y Max (Mary and Max, 2009) | Adam Elliot