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Aquella película contigo

¿Dónde está mi amigo? /// Federico Godfrid

Aquella película contigo
¿Dónde está mi amigo?
Por Federico Godfrid

Muchas imágenes se desprenden de mi recuerdo de esa noche de noviembre, como una mamuschka infinita que incluye desde mi niñez, viendo la película en la tele un sábado en familia, hasta imaginar un evento que iríamos a hacer seis meses después de la experiencia convocada por el siguiente relato, con mis amigos presentes en esta memorable aventura.

Recuerdo que hacía calor, no era una noche ni para ravioles ni para puchero. La cola para entrar era inmensa y la versión a cappella de Barrilito de cerveza era acompañada por las palmas de cientos que, como nosotros, clamaban ansiosamente por acceder a la sala. Habíamos estado esperando este momento desde el inicio del festival de Mar del Plata. Era “El Evento” del festival y aunque teníamos mesa para cuatro, finalmente “el cuarto Beatle” decidió abandonarnos por una de Godard. “¡No entiende nada!”, nos dijimos.

¡Entramos! Corridas y amontonamiento, parecido al que se suscita cuando se abren las puertas del estadio en el que tendrá lugar el recital de una mega banda de rock. Con la platea abarrotada de gente, pero con la experiencia de muchos festivales a nuestro favor, logramos gambetear y ubicarnos en los pequeños “palcos” que tiene el Teatro Colón, accediendo a una vista central privilegiada. Todo era alboroto, todo era arengue, y la sala más que de espectadores explotaba de hinchas. Todo estaba listo para una noche mágica.

De pronto se encendieron las luces del escenario y algunos de los máximos artífices del legendario equipo subían para volver a jugar el partido 25 años después. Pablo, Pato y yo, emocionados y movilizados, aplaudíamos de pie y estoy seguro que también se nos escapó algún chiflido. Todo era exaltación, pasión, estaba por empezar un clásico de la envergadura de un Boca-River, pero esta vez, en vez de pelota, era un rollo de celuloide lo que en instantes empezaría a rodar.

“—Yo hago puchero, ella hace puchero, yo hago ravioles, ella hace ravioles… qué país”; “—¡¿Qué hizo con mi mayonesa?! –Flancitos… vos la oíste Jorge, ¿iba o no iba a hacer flancitos?”; “—¿Cuando me van a traer a la nena? —Mañana. —No, mañana no, el martes… ¡no! El martes tampoco, el miércoles… el miércoles te telefoneo y arreglamos”; “—Bueno, pero la tuya es una pobreza Ddddigna”; “¡Son los zapatos de mamá!”; “—Qué miseria che, qué misera. ¿Sabés lo que tenían para comer? —¡Empanadas! —¡Tres! Me partieron el alma”; “—¿A dónde está mi amiga? ¿A dónde está mi amiga? ¿Pero a dónde está mi amiga?”.

Y mientras se sucedían una a una las imágenes sobre la pantalla de aquel cine, nosotros, en comunión con el resto del público, como si se tratase de una-de-esas-canciones-que-sepamos-todos, repetíamos estas líneas al unísono y a los gritos, haciendo estremecer a la sala, tapando inclusive el sonido original de la película que en vano trataba de expresarse a través de los parlantes, porque todos los allí presentes estábamos ante una experiencia única e intransferible, sólo para los iniciados al ritual que, llegando a su fin, profesa aquella maravillosa frase acompañada de una risa en solitario: “…de nosotros, de todos nosotros me río”.

Luego, con los viejos corriendo por la calle al son de “tengo una vaca lechera (…) tolón, tolón”, la euforia y las exclamaciones exacerbadas que acompañaron a toda la proyección devinieron en el más profundo y sentido de los silencios. Los seis ojos que estábamos en ese “palco” comenzamos a lagrimear, sosteniendo junto al resto de la comunidad un respetuoso mutismo hasta que finalmente, una a una las luces de la sala volvían a encenderse, y entonces sí, la emoción se transformó en catarsis y la sala comenzó a aplaudir, a gritar, a chiflar. Nos abrazamos los tres, hermanados y afónicos de alegría. En ese momento, desde el “palco” de al lado, completamente anonadado, un periodista colombiano que habíamos conocido durante el festival nos pregunta: “¿A qué se debe esta reacción del público? ¿Qué sucede con esta película?”. “Intransferible, no busques respuestas”, le dijo Pablo. Improvisamos una sonrisa, nos miramos cómplices y nos perdimos los tres en algún barrilito de cerveza en algún bar marplatense.

Entrada la noche nos encontramos con el resto de los chicos, pero nosotros ya éramos parte del mito.

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Esperando la carroza (1985) | Alejandro Doria

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