Aquella película contigo
Dos extraños son, los que se miran
Por Magalí Bayón
“—¿Cuántas?”, me preguntó de manera mecánica. “—Una” le contesté, esperando que me devolviera la mirada vidriosa que te otorgan aquellos que sienten lástima por tu soledad cuando comprás una única entrada para ir al cine. Pero no. El muchacho de la ventanilla ni se inmutó y me entregó el boleto. Sucede que en ocasiones no tenemos nada que hacer en mitad de la tarde (en mitad de la semana), y además estamos más solos que el uno. Suena lógico —entonces— esconderse en la oscuridad de una sala de cine para olvidar la propia existencia por dos horas a cambio de preocuparse por los problemas de otros. Esos “otros” tan verdaderos como irreales, que despliegan ante nuestros ojos sus problemas y deseos, aquellos que hacemos piel y referente, y que —para nuestra tranquilidad— ofrecen convincentes resoluciones a vicisitudes que aquietan el misterio de nuestro propio devenir.
La película ya la había visto antes, hacía un par de meses. En aquella oportunidad había compartido ese mismo misterio hipnótico de la luz proyectada con alguien que, como el cómplice de una aventura, me había acompañado en la audacia de arrojarme a ese universo animado. Aquel era ese compañero cinéfilo ideal, el que no te cuestiona el film, el que te lo deja ver en silencio, el que considera una aberración la ingesta de pochoclos en cualquier película si tenés más de ocho años, el que siempre tiene un pañuelo para compartirte, el que se queda con vos en la sala hasta que el acomodador te hecha, el mismo que después te aguanta 15 horas hablando de una película de 2. Ese que, en su ausencia, ahora recordaba mientras bajaba las escaleras del cine y me adentraba a la sala sin entender de manera clara por qué nuevamente me arrastraba a ver esa película de Sylvain Chomet sobre el mago más triste del mundo.
La población del cine céntrico (un miércoles por la tarde) es clara: un número oscilante entre 5 y 15 personas, casi todas mayores de edad, casi todas señoras, y casi todas confunden la sala de cine con el living de su casa y conversan toda la película como si compartieran un té con scones mientras juegan a la canasta. Estaban todas ellas… y yo. Y ese Señor Mayor de Boina que, habiendo una infinidad de asientos libres, vino a sentarse justo al lado mío. Es notable como uno espera que un desconocido se siente asiento mediante, que guarde una distancia. Pero no fue el caso; vino a sentarse pegadito a mi asiento. En su proximidad me sentí observada; venía a perderme en la amarga dulzura de “la magia no existe”, y por seguro no quería compartirla con un extraño.
El film comenzó y como estaba previsto el Club del Té Canasta comenzó a comentar cada ribete de la película. El grupo de cuatro estaba compuesto por una que —lo mismo que yo— ya había visto el film. Para ella era lógico anticiparles a sus amigas vírgenes de trama cada evento y accionar del Mago, debatir posturas y actitudes de los personajes, develando misterios a las víctimas cautivas de sus graznidos. Con esfuerzo hice abstracción de ese chirrido permanente y me dejé llevar por el hechizo. Noté que el Señor Mayor de Boina también hacia esfuerzos sobrehumanos por no acogotar a las comentaristas.
La trama avanza, y la tristeza me va calando los huesos (no hay nada de alegre en este film; no se confunda usted: es una de las películas más tristes del mundo, que sean “dibujos animados” sólo empeora las cosas). Y mientras la ilusión del Ilusionista va desquebrajándose paso a paso por las calles de Edimburgo, lo mismo le sucede a mi entereza dentro de esa sala cinematográfica. No sé si fue el hechizo, la empatía o una alineación planetaria lo que produjo que me resultara inevitable desdibujar la frontera entre la ficción semi acuarelada y mi realidad: nudo en la garganta mediante, me dejé arrastrar por el efecto catártico del llanto en la oscuridad. No faltó mucho para que ese desconocido Señor Mayor de Boina comenzara a observarme de reojo mientras inútilmente intentaba ocultar avergonzada esos sentimientos desbordados sobre el clímax del film.
Las luces se encendieron (como siempre, antes de tiempo) y el rimel que prometía ser a prueba de agua, claramente no lo fue: mi rostro parecía una ría de tinta china. Inútilmente intenté buscar en mi cartera un pañuelo mientras continuaba presintiendo de reojo la mirada constante de ese copiloto circunstancial. En ese momento me inundó el flashback de mi propia existencia y recordé a ese Compañero Cinéfilo Ideal, y el nudo en la garganta se volvió candado con combinación. En medio del diluvio de lágrimas negras, sucedió lo inesperado. El Señor Mayor de Boina buscó en el bolsillo interno de su saco y me tendió su compasión, y a mí no sé qué me conmovió más: si el gesto o el hecho que el pañuelo era de tela. Intentando no ensuciar demasiado el objeto prestado, quise devolvérselo; “—No, Nena. Quedátelo. Consideralo un regalo”. Me tomó del hombro, y me brindó una mirada cálida y compasiva. Lo miré a los ojos tras esos enormes lentes gruesos que usaba y vi que él también había llorado; que por los mismos motivos o por otros completamente distintos, en esa emoción algo nos unía. Y entonces entendí que yo, cegada entre la empatía y la nostalgia, no había visto en él al potencial compañero, el que ya había estado sentado al lado mío, brindándome el silencio, la comprensión y el pañuelo que necesitaba para atravesar ese film. Un giro de guion digno del film que acababa de ver (otra vez).
El Club del Té Canasta se levantó de sus butacas y como una horda de gaviotas en celo continuaron el debate a viva voz en retirada. El Señor Mayor de Boina salió detrás de ellas, junto con las otras pocas personas que poblaban la sala. Lo vi irse sin mucho más, y como sucede en estos casos, no me animé a preguntarle su nombre. El acomodador tuvo que esperar hasta que apareciera ese último gag de los films de Chomet antes de despotricar para que abandonara la sala.
Es un misterio lo que nos aproxima y nos distancia, butaca de por medio o sin butaca siquiera. El mismo enigma mágico de dejarse encantar por un film arrojándose a la ilusión de esos ilusionistas cinéticos. Ese misterio de llorar o reír junto a un otro completamente desconocido, y sin embargo cercano en esa emoción. Un misterio parpadeante, y por suerte, indescifrable.
Todavía atesoro el pañuelo de mi Monsieur Hulot, esa compañía que supo brindarme y —por sobre todo— el creer que la magia de los desconocidos aún existe… al menos dentro de una sala de cine.
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El ilusionista (L’illusionniste, 2010) | Sylvain Chomet