Aquella película contigo
Eisenstein en invierno (Una aparición)
Por Lucas Granero
Ese año, J. se dejó ver más bien poco. Tenía esas cosas: de repente la veías muy seguido y de repente se esfumaba, como si todas las cosas que habías compartido con ella en realidad no habían sido más que reuniones esporádicas con un fantasma. Su forma de comunicación, sus comportamientos, todos sus actos, todas sus proezas, todas sus historias… Estar con ella era estar con una persona de los márgenes, con un pie en este mundo y todo el resto de su cuerpo en otro, uno incierto, enigmático. Indecisa pero siempre segura, quebrada pero siempre firme, cansina y a la vez activa, las cosas para ella no se buscaban, sino que llegaban indefectiblemente. Por eso, los momentos con ella tenían una cierta magia indescriptible, como si de repente todo dependiera de sus actos. Momentáneamente manejaba los hilos del mundo y todo se suspendía. Nunca supe cómo lo hacía, cómo respondía tan elegante e irresponsablemente a semejante tarea. Por todo eso, J. siempre fue la persona más cinematográfica que conocí: invisible, impenetrable, lejana pero siempre ahí, embrujándome desde las sombras.
Decía que ese año J. se dejó ver más bien poco. Yo la vi una vez nada más. Y en un cine, por lo que cualquier grado de extrañeza o encanto ya de por sí se veía maximizado a límites impensables. “¿Qué hace J. en un cine?” fue la primera pregunta que indefectiblemente me hice a mí mismo. La segunda cosa que pensé fue más bien una negación producida por la duda, algo como “es imposible que esa sea J., debe ser alguien que se le parece mucho”. Pero cuando se dió vuelta, toda duda se esfumó por completo. Ahí estaba, era ella. Abrió la puerta del hall del Teatro San Martín como si el viento la hubiese empujado por accidente. Mi sorpresa fue contrarrestada por su falta total de emoción al verme: me saludó como si nos hubiéramos visto ayer. Por un instante pensé en la posibilidad de que no me reconociera y que su estadía en ese lugar fuera toda una confusión. Pero no, sabía quién era y sabía exactamente qué es lo que venía a hacer ahí. “Una película de Eisenstein” dijo y en ese mismísimo instante entré en una dimensión desconocida.
En el ascensor hacia el décimo piso me fue contando algunas de las claves para armar el rompecabezas en el que se había convertido el contexto. Que estaba saliendo con un pibe que estudiaba en Púan, que lo conoció porque ella estaba yendo de oyente a algunas materias de Artes Combinadas, pero que no le interesaba nada, que estaba viviendo por Caballito, que estaba viendo si se mudaba con este pibe o no en los próximos días, que estaba cansada, que ayer no había dormido nada, que el cine estaba bueno para dormir pero “tengo miedo que este pibe se enoje porque me duermo viendo la película”, que “no sé quién es el director pero en la facultad nos dijeron que vengamos y el pibe este me insistió y acá estoy”. Cuando finalmente llegamos al decimo piso, J. se sacó la bufanda del cuello y dijo que todavía no entraba, que tenía que esperar a que llegue su amigo, “pero vos entra, y nos vemos a la salida. Si me siento al lado tuyo me vas a odiar y no soportaría que me odien dos personas al mismo tiempo, por el mismo motivo”. Y ahí nomas prendió un cigarrillo.
Sentado en una de las últimas butacas comencé a pensar que la película, aún sin haber empezado, había pasado evidentemente a un segundo plano. Encontrarme a J. en la Lugones era algo que jamás se me habría ocurrido. Una situación realizable sólo en los sueños más radicales, más furiosamente extraños. J., aún siendo el personaje que era, no tenía relación alguna con el cine, de hecho, su estadía en este lugar tenía más que ver con el amor que con el cine, más con dormir que con pensar, más con pasar un momento con alguien que enfrentarse a una obra de un director ruso cuyas películas lejos están de ser las más accesibles.
Una vez más J. había dado vuelta el panorama: pasé de estar en un territorio que conocía ha entrar subrepticiamente al de ella, siempre inquieto, agitado. Entraron a los diez minutos de película y desde ahí en adelante ya no recuerdo más nada de lo que salía de la pantalla. El pibe en cuestión era alto, altísimo. La persona ubicada detrás de él tuvo que correrse hacia otra butaca para poder continuar viendo la película, cosa que me vino perfecto, porque ahora tenía todo el panorama liberado para observar hasta los más mínimos detalles de esta otra película que se estaba desarrollando dentro de la sala.
Pero lo cierto es que a J. casi no la veía. Demasiado enterrada en su butaca, sólo la vislumbraba en los breves momentos en los que se acomodaba, en lo que suponía una lucha fatigosa frente al sueño. A su amigo la película parecía interesarle, se lo notaba concentrado. Hubo un momento en el que la falta de una actividad del todo interesante en el acto del dúo hizo que vuelva hacia la película. Y de alguna manera logré poner toda mi atención en la misma porque no fue sino media hora después cuando finalmente llegó a su punto de giro la película de J. y su amigo.
El acomodador de la sala entró junto con una señora y comenzó a iluminar al dúo con la tenue luz de su linterna. No se escuchaba lo que el hombre les decía, pero parecía que se trataba de una discusión silenciosa, respetuosa con el cine. El amigo alto de J. se levanta y comienza a hablar a un costado con el acomodador. La señora vuelve a sentarse. J. directamente ni se mueve. Pero yo la observo cuidadosamente, porque estaba seguro de que, si algo había ocurrido, fuese lo que fuese, ella había tenido que ver.
Lo que sucedió después superó a cualquier ficción.
El acomodador y el amigo de J. entraron junto con un policía. La película no fue detenida, sino que siguió proyectándose, aunque todos los espectadores ahora estaban mirando lo que hasta hace unos momentos era mi propia película privada. Lo que nadie sabía era que esa película estaba por finalizar. El policía sacó de la sala a J. y a su amigo. Hubo un poco más de revuelo en la sala, pero inmediatamente todo se calmó y los ojos volvieron a reposarse en la proyección. Para todos los demás espectadores de la sala, eso había sido un inconveniente molesto, una mosca que había que sacar de la casa y, una vez afuera, el orden volvía a lo establecido. Pero a mí ese final no me convencía. Había un momento, una acción que se me había escapado y necesitaba recuperarla. El resto de la película no me interesó nada. Pero cuando finalmente se prendieron las luces, comencé a entusiasmarme.
Esperé que todos los espectadores salgan de la sala y me acerqué hasta el lugar del crimen, las butacas que J. y su amigo habían estado ocupando. Me decepcioné mucho al observar que no había nada raro en ellas. Pero cuando comencé a prestar atención en las butacas aledañas, la revelación apareció: en un acto completamente arrebatado, las tres butacas siguientes a la de J. estaban tajeadas, rasguñadas en un acto de vandalismo digno de ser entendido como un happening ocurrido en la oscuridad, en el silencio compartido que nos hizo a todos los que estábamos ahí cómplices del atentado.
La herramienta con la que había operado J. fue un cutter, y los rastros que había compuesto en las butacas estaban curiosamente proporcionados. Eran tres en el respaldo y tres más en la parte de abajo. Los toqué, como tratando de que un tercer sentido logre comprender la razón de este acto.
Obviamente no llegué a ninguna conclusión, pero ahora pienso que quizás lo que J. hizo fue querer copiar en forma física, palpable, algo de lo que Eisenstein había hecho con los fotogramas de su película. Tajear, romper, resignificar, encontrar el sentido en el corte. Pero probablemente sólo estaba aburrida y con un elemento entretenido a mano. Más allá de todo eso, J. había estado ahí y su marca quedó plasmada como una firma, como una mano en el cemento fresco de mi memoria cinéfila.
//////////////////////
La línea general (Lo viejo y lo nuevo) (Staroye i novoye, 1929) | Sergei Eisenstein y Grigoriy Aleksandrov