La película prohibida

El cerco /// C. Adrián Muoyo

La película prohibida
El cerco
Por C. Adrián Muoyo

Eran tiempos de alambradas culturales, creo que supo decir Cortázar alguna vez. Y sí, algo de eso había. Había un cerco. Mi viejo me lo hizo saber casi sin palabras. Íbamos por la Plaza de Mayo y —acaso inspirado por el escenario— se me dio por cantar la marchita. Me apretó la mano con fuerza y me dijo “Acá, no”. Ahí supe, por primera vez, lo que era una dictadura.

Pero adentro de la casa las cosas eran distintas. Como en una ciudad sitiada, mi familia se había podido inventar un mundo aparte de puertas para adentro, del lado interno del cerco. Hasta las relaciones familiares eran distintas. El dinero —escaso en un hogar de obreros— era algo secundario. Lo que importaba era el ser humano en comunidad. Sus afectos, sus vínculos, su libertad de ser y de estar.

Primaba una particular interpretación de todo. Hasta de la religión. La única más o menos practicante era mi vieja, que a su manera fundó su propia interpretación. No comulgaba con la jerarquía eclesiástica. Mangueaba las ramitas de olivo en el Domingo de Ramos, para zafar de la ceremonia. Como a mi hermana en su momento me permitió elegir si quería hacer la catequesis. Opté por no hacerla, tenía otras ocupaciones. Un día, ella me llevó a misa. Cuando llegó la hora de la ostia, me dijo “andá si querés”. “Pero no hice la Comunión”. Me miró con una ternura infinita y me dijo “¿Le hiciste daño a alguien?”. Le dije que no. “Entonces, andá”.

Así que en ese ámbito familiar hablar de prohibiciones de películas, libros o discos era en sí mismo absurdo. Ni siquiera —como a otros chicos— nos prohibían las películas de terror porque “impresionaban” o “no nos iban a dejar dormir”. En el diario leíamos las listas de la censura del otro lado del cerco. De lo que no se podía ver, escuchar o leer. De los artistas de los que debíamos abjurar porque “atentaban contra el ser nacional”.

Me costó mucho entender el sentido mismo de la censura en tiempos de la cultura de masas. Nunca se me ocurrió preguntárselo a mis viejos. El cerco se había hecho natural en esos tiempos. Ahí estaba. La censura estaba afuera. Muchos años después, Salvador Sammaritano me contó que el censor Tato le dijo que en esa época le dejaba pasar algunas películas prohibidas en el Cine Club Núcleo “porque su público es preparado, el resto no puede ver eso”. Ahí entendí. La censura era una desaforada privatización de la percepción. “Esto lo podés ver, esto no”. “Esto es para algunos y para otros no”. Como la vida digna o los derechos sociales que suele conculcar la voracidad capitalista. La censura como la propiedad privada aplicada a los sentidos. Como una forma de alambrar la mente, de vedar su perpetua inquietud.

Por suerte la dictadura terminó antes de que yo tuviera la edad de desear ver una película prohibida. Debo agradecer a los asustadizos católicos la posibilidad de que me hicieran vivir esa sensación en plena democracia. Porque aquí también comprendí que la prohibición le trae a quien la sufre la ingente necesidad de evadirla. Algo así habrán sentido mis viejos cuando inventaron la vida en el lado interno del cerco.

Me tocó vivir la censura cuando un grupo ultra católico logró que un juez prohibiera el estreno de La última tentación de Cristo. Se veía venir. Los noticieros anunciaban desde hacía meses que la película de Scorsese se prohibía en varios países. El cerco se cernía otra vez.

Siempre fui muy garibaldino en mi consideración de papas y reyes. Así que encontrarme con que los papistas me habían prohibido una película —lo sentía así, como un desafío personal— me molestaba bastante. Algunos pudieron verla porque viajaban a Uruguay. A mí no me daba el cuero y mucho menos el sueldo para ese viaje. La alternativa local era verla en video, en una versión doblada “al gallego”. Había que anotarse en Liberarte, en una lista interminable. Me dieron turno para dentro de tres meses. Me anoté la fecha por todos lados. Si no pasaba el día indicado, debía anotarme de nuevo.

Llegó el momento. Vi la película en casa. En video y doblada. No importó. No tengo tantos recuerdos de la película en sí. Me pareció que lo que más les molestaba a los católicos ultraconservadores era ver a un Jesús que de tan humano había querido tener una familia. También creo que les inquietaba ver a una María Magdalena deseosa, erótica y encima, madre de los hijos de Jesús. Nada asusta más a un católico que una mujer gozosa, libre y plena. Pero ese día hubo una sensación mucho más importante, tanto que eclipsó a todas las demás. Ahí, en medio de mi casa, el cerco se había roto para siempre.

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La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988) | Martin Scorsese

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