Mi primera película

El cine es como un amigo /// Julia Salerno

Mi primera película
El cine es como un amigo
Por Julia Salerno

En muy pocos casos se puede precisar cuál es el momento en el que uno empieza a hacerse amigo de una persona. No creo que sea como el amor a primera vista, ni como un amor de pareja cualquiera. Pueden presentarte al que luego será tu novia o tu marido, reencontrarte con uno que luego será el padre de tus hijos, y siempre habrá un momento, una primera vez, una mirada o algo que pondrá el cronómetro en cero y que establecerá que esa es la escena uno de la historia. Pero con los amigos es distinto.

Ser amigos lleva tiempo. Aunque te presenten a alguien en una cena y te pases toda la noche hablando con ese individuo no será tu amigo, sino “alguien que te cayó bien”, “un conocido”, y después de un tiempo, finalmente quizás “un amigo”. La amistad requiere tiempo, entendimiento mutuo, empatía.

Con el cine me pasó lo mismo… Les explico por qué:

Para saber realmente cuál fue la primera película que vi en el cine tuve que entrar a IMDB y chequear las fechas. No podía saber con exactitud cuál de las dos películas que recordaba haber visto de pequeña había sido la primera. Y resultó ser E.T. Según las cuentas yo tenía sólo 4 años y recuerdo muy claramente que me llevé un buen susto.

Era 1982. Un año para nada especial, que había empezado un viernes. Ese año Israel invade el Líbano, en EEUU aparece la diet Coke, se funda Adobe, Michael Jackson lanza Thriller, y en Argentina los militares se dedican a perder la guerra por las Islas Malvinas y a fin de año tocará por primera vez en público una banda llamada Soda Stereo. Es el año del Nobel a García Márquez, del estreno de Blade Runner (1982, Ridley Scott), de la muerte de Philip Dick, de Martina Navratilova ganando Wimbledon y Roland Garros.

Y yo tenía 4 años y me llevaron por primera vez al cine. Me llevaron a ver E.T. (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982, Steven Spielberg).

Recuerdo unos maníes con chocolate que venían en una cajita de cartón amarilla y azul. La cajita decía únicamente “Maní con Chocolate”. En el cine había un kiosco y un señor que venía a venderte golosinas al principio de la película. No existían ni el popcorn, ni las burbujitas dentro de la sala.

Era uno de esos Atlas gigantescos que en Buenos Aires ya no existen más, reemplazados por los Multi, las Maxi, los Show… pocas salas, muy grandes, que después se dividieron en seis, para terminar en local de venta de electrodomésticos, bingos o centros religiosos.

Pero volvamos. El bicho al que todo el mundo recuerda con un “Ahhh” cariñoso, a mí me generó pesadillas. Sobre todo, la escena en que salía del placard. E.T. me parecía un monstruo intolerable: un bicho medio baboso, huesudo, deforme, y para colmo color caqueta. Digamos que no encontraba en él nada que me resultara amigable. Porque de eso se trata E.T.: la historia de una amistad. Pero yo no entendía cómo se podía ser amigo de un bicho tan espantoso, por muchos poderes mágicos que tuviera. Y, además, a los 4 años yo no tenía claro que cosa era la Tierra o el espacio, así que menos que menos podía entender qué era un extra-terrestre. Incluso la realidad del chico terrestre, cuya familia vivía en una casa gigantesca y jugaban en un bosque, distaba mucho de mi realidad de departamento. Y hablaban raro, no en castellano, como nosotros. “Ellos”, todos ellos, no sólo el bicho, eran raros.

Cuestión que ya en la sala, no sé si mis padres me dejaban bastante libre o realmente se engancharon con la película y no se dieron cuenta, pero lo cierto es que yo me dediqué a tirarme tipo tobogán por debajo de los asientos, limpiando el piso del cine con mi ropa. No tenía atención para ver la película entera, ni la disciplina para quedarme sentada tanto tiempo “sin hacer nada”.

No puedo escribir mucho más. Sí, claro, la bicicleta a contraluz de la Luna y sentir muchas ganas de volar en bicicleta… Eso, y que el huesudo dedo de E.T. me genera, aún hoy, más asco que ternura.

No recuerdo que el cine ni toda la experiencia me resultaran especiales en ningún sentido. A esa edad me impresionó muchísimo más viajar en tren por primera vez que ir al cine.

Pasó mucho tiempo para que yo pudiera hacerme “amiga” del cine. A diferencia de mi hija, que siendo más chica que yo (en el momento que vi E.T.) ya se sabe de memoria infinidad de films infantiles, pasaron años hasta que pude hacer del cine un entretenimiento, un interés, una pasión. Pasaron las Indiana Jones, las Volver al Futuro, Las aventuras de Chatrán, y muchas tantas hasta que trece años después vi Un perro andaluz en la casa de un novio que era mucho más grande que yo, y ahí, sí, vi mi primera película y tuve atención para entender todo lo que quise entender. Y sólo entonces el cine y yo empezamos a ser amigos. Como si la magia de aquel dedo huesudo llegase después de mucho tiempo y así convertirse en un amigo para la vida.

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E.T. El extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982) | Steven Spielberg

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