A la salida del cine
El cine
Por Juan Manuel Domínguez
Era como si lo negro, eso que permitía al cine ser cine y no ser un relato (dueño de una anemia espectral) peleando contra la luz, hubiera decidido que había pasado demasiados milenios siendo benevolente.
Así de mercuriano, de acuoso, de asqueroso, de impetuoso: como si un fragmento de petróleo decidiera tomar entidad y se inflara humanamente (cuando se levantaba del ras del suelo o se despegaba de las paredes nunca llegaba a más de 1.70 mts.: extrañamente tenía la altura del espectador perfecto, que suma presencia y no tapa), haciendo de sus pliegos líquidos unos reconocibles gestos inhumanos. Pliegos y movimientos ondulados tan pacíficos en su velocidad envolvente, en su recorrido de esa masa fuliginosa, como letales en su absorbente, todo-lo-absorbe contacto. Eran como los cachitos que se juntan uno con otros del T-1000 pero a la inversa: goteando una dimensión que no veíamos, sobre las butacas, sobre las alfombras que ahora soñaban con la mugre de antes, sobre pochoclos que ahora —paradójicamente— eran las primeras víctimas del Cine.
Le pusimos así, Cine, porque las salas eran su portal de entrada: sea un “NosequécarajoPlex” o el cine de barrio lastimado por miopía, sea Los Pitufos 4 o Dogville, el Cine se desprendía del aire de cualquier sala que se animara a proyectar algo (creíamos que el sistema de castas cinéfilo —de cool a conservador, de archivo a mainstream— era una variante: nos equivocamos), el Cine aparecía y todo lo hacía negro. Una vez que la sala goteaba, el Cine avanzaba, sin apuro, como si fuera una Pompeya azabache, mutando a cada Espectador en una estatua de sal negra. Lo más extraño era lo que seguía: una vez tocado, manchado, el Espectador se movía con la misma histeria, alegría, irritación, excitación o parsimonia que solía mostrar en las salas cuando todavía no era una unidad glutinosa.
El Cine sabía por diablo pero también por Cine.
Era aterrador verlo en YouTube: se solía mostrar una especie de bulto humanoide debajo de una sustancia negra que todo lo cubría jugando a ser espectador autómata, encadenado a sus gestos en una sala dentro de su viscosa prisión. Si eran de esos que prendían el celular, entonces ahora se sentarían uniformes, como si fueran un organismo unicelular (o un fantasmita de Miyazaki) y harían lo mismo. Por ejemplo, sacarían un celular diseñado a imagen y semejanza de uno de verdad, pero chorreante y solo dueño de grados de oscuridad (emulando hasta la insistencia de las pantallas brillantes de los aparatos emitiría un resplandor negro, que sobresaldría en el abismo cuantificable que cada sala se había convertido).
Así, cada Espectador era espejo sin luz de sus modos. Lo que antes había pasado con el cine, eso que hacíamos de meterlo en cajitas, ahora el Cine en su retruco nos lo hacía a nosotros: nos metía en líquido, nos catalogaba y nos encerraba ahí.
Las salas donde el Cine se apareció durante funciones infantiles eran las más perturbadoras: una felicidad hundida en brea, un perpetuo museo de seres que no serían y al mismo tiempo gritaban, se reían, comían ese inmundo pochoclo contaminado, lo volcaban, o, en los peores casos, lloraban. Pero lo descubrimos después: los Espectadores tenían, en su (en más de un sentido) cinta de Moebius, un sentido de percepción de lo que hacíamos. Nos sabían. No era inercia, era algo distinto. Y lo descubrimos cuando intentamos destruir los cines.
Está ahí, en YouTube (que ahora podemos ver sin el miedo de los primeros años), el puto primer Día del Silencio. Cuando frente al primer Cine destruido (como empezó acá, en Buenos Aires, no importó mucho bombardear cines del centro —había arrancado por Lavalle: el Cine era conservador de una extraña forma—), nos quedamos aterrados, clavando los dedos en nuestras radios (el terror a la imagen audiovisual prevalecía) y los más valientes viéndolo en pantallas. El puto Día del Silencio. Todas las salas, todas las infectadas, vieron a sus Espectadores pararse en el preciso instante en que la bomba tocó el Atlas Lavalle, como un ejército copipasteado, caminar (cada uno todavía encerrado en sus caprichos y motricidad cinéfila) y pararse en la entrada del complejo. Todo eso sin poner ni una gota de ellos fuera del cine. Y ahí fue: se desactivó su “personalidad” y todos, con una sincronización acuosa que parecía rozar algo realmente desconocido y que nos tocaba la ingenuidad como una antorcha toca un granero de paja, llevaron sus “dedos” a la boca. Todos.
Haya niños, hipters, ancianos, parejas de trampa, enamorados, agotados, acomodadores, críticos. Dedo en la boca. Una boca que no tenían se formó, como un agujero negro debe formarse en el espacio, y un “Shhhhh”, el peor, que parecía venir de una criatura antediluviana, sopló. En ese instante, todos, pero todos los cines del mundo eyacularon oscuridad, abruptamente. Fueron Cine para siempre. No hubo sala de cine que no fuera Cine. Nunca más. Como una pileta de yogurt detonada con dinamita, así las pantallas dijeron ser Cine. Y el planeta entero ahora tenía una legión de Espectadores.
Las Salas tenían, a veces, flores y velas, muy a la yanqui, para aquellos que nunca dejarían de ver películas y que nunca saldrían del Cine. Otras, las más místicas, poseían en los ahora completamente negros complejos ofrendas de bebidas, comidas y ropas. Se negaban a ver al Cine como un limbo (y la verdad no sabíamos qué eran). Los rebeldes, cuando cruzaban las barreras militares, se inmolaban contra el Cine, sin otro resultado que volverse parte de esa masa viviente negra y su matinée ad infinitum.
Pero todo cambió con las Cinéfilas, así le decíamos en el segundo Twitter (todo, por miedo al contagio, se formateó: ni les voy a contar de los cinco años “Re: Edad de Piedra” donde no teníamos Internet) a esas personas que querían saber, que no tenían miedo y se ofrecieron, que empezaron con las preguntas y, en los peores casos, se adentraban voluntariamente con micrófonos, con cámaras y con esas cosas que las agencias gubernamentales pegaban para estudiar cosas en las películas (de más está decir que el cine, en minúsculas, cambió y ahora, por “Re: Edad de Piedra”, era un hábito online y casi revolucionario, ya que el miedo había apagado cualquier necesidad de relato lúdico o experimental en formato de película.)
Uno. En China. Uno funcionó. Tenía que ver con la vibración de su cuerpo, y un sistema que permitía se camuflara sus vibraciones. O algo así. Entró. Al menos así decía Crónica: “Entró.” Y por dos días, dos larguísimos días, no supimos nada más que lo que vimos en el primer video: como lo engullía el Cine.
Todo le habían enseñado: taquigrafía hasta, braille por las dudas. Pero no aparecía aunque “Las lecturas indican está vivo”, decía la radio.
Peor fue la mañana del otro día: “Salió. ¿Cómo que “Salió”?” “Sí, salió”. Alguien había salido del cine. Por primera vez desde el Cine, alguien salía de una sala. Me dio más miedo que la idea de que no sé podía salir. No sé porque. Prefiero cuando no hay opciones a esos abismos.
“Salió.” Y peor: habló. No me acuerdo el nombre. Le decíamos “Él que salió” (suena pelotudo, pero no se nos ocurrió nada mejor). Lo más demoledor, mientras lloraba, mientras unos señores vestidos con trajes que parecían protegerlos hasta de la idea de alma le limpiaban los cachos de negro (salían como se limpia la Boligoma de las manos: ya no era acuoso el asunto) era su balbuceo.
“Pelí…culas, hay películas, hay…”.
Mentira, lo peor fue cuando sus ojos, llenos de lágrimas, se llenaron de negro. Y, eso pudo ver la cámara, se veía una pantalla en su retina obscura, aunque solo tenía enfrente militares y equipos de filmación. O eso dicen las pocas Cinéfilas que quedan.
Lo cierto es que desnudo, pegoteado, se sentó como en el cine en plena mesa de observación. Le dispararon, lo sumergieron, lo quemaron. Y nada. Ni silencio pedía. El veía una película. Una perfecta. O varias. Lo que su cerebro Cine quisiera. O eso dicen las Cinéfilas. Al menos las que no persiguió el Gobierno.
Pero ese día, ahí, todos corrieron. Gritaron. “Él que salió” no se movió. Nunca más. Está ahí. Mirando. En una sala de cristal (algunos patalearon, pero la curiosidad nos ganó). En una plaza en New York.
Es la última persona que jamás salió de un cine. Está en la Lonely Planet bajo ese nombre, por si viajan para allá (siempre de día, obvio). El último que vio una película. Nunca más pensamos en el tema. Nunca más soñamos en negro. Bloqueamos la noche.
Todo ahora es luz. En todas las horas.
Menos, claro, en el Cine. Y en “Él que salió.”

























