Connect with us

Hi, what are you looking for?

GrupoKane.net.arGrupoKane.net.ar

Mi primera película

El cine Nilo /// Máximo Eseverri

Mi primera película
El cine Nilo
Por Máximo Eseverri

Para comprender cómo es Ayacucho, mi ciudad natal, basta con leer el poema de Baldomero Fernández Moreno Tormenta de verano. Les cuento el desenlace: luego de la tormenta, en la que “Parece que va a volar / El pueblo todo en pedazos”, el poeta concluye “Y todo está en donde estaba: / Quieto, fresco, alegre y claro”. Ayacucho es una de tantas localidades de la provincia de Buenos Aires, “la capital del Ternero”, con su calma chicha, su orgullo de glorias pasadas, su ausencia de glamour, sus ricos de siempre, sus pobres de siempre. Una modesta isla humana rodeada por un océano de llanura. Nací en el hospital de esa localidad el 16 de octubre de 1974. Mis primeros recuerdos corresponden a fines de esa década. La mía es una de las primeras generaciones que conoció la televisión antes que el cine o, para decirlo con más precisión, descubrimos el cine a través de la televisión. Los cowboys de Bonanza, El Gran Chaparral o las películas con John Wayne se parecían un poco a los paisanos que veíamos pasar a caballo por la puerta de nuestro hogar, lo suficiente para sentirlos cerca y emocionarnos con sus aventuras. No había distancias importantes entre los sioux o los cheyennes que caían de sus monturas por el hierro de los rifles y la sangre austral de Patoruzú, cuyas historias nos llegaban cada semana a través de unas revistas pulp de formato apaisado. Ver televisión (esa televisión, la del cine) era una forma más de jugar. Junto con los pistoleros del lejano oeste se encontraban también los policías citadinos, los agentes secretos, y, mis favoritos, los tripulantes de la astronave de combate Galáctica. La prueba irrefutable de la hermandad de todos aquellos arquetipos, era que Lorne Greene podía ser tanto el Comandante Adama como, algunas horas más tarde, el padre de todos los Cartwright.

Las salas de cine, en cambio, pertenecían al mundo de los adultos. Un recuerdo, que decreto como el primero: desde el asiento de atrás de un Ford Taunus verde oscuro alcanzo a ver las marquesinas del único cine del pueblo, que se encontraba en el centro. Una araña gigante avanza entre los edificios de una gran ciudad, mientras, en primer plano, hombres y mujeres huyen con rostros aterrados. En ese momento las arañas me eran más familiares que los edificios, pero desde luego el arácnido perturbó mi sueño unas cuantas noches.

Poco después de aquella experiencia una noticia revolucionó a todos los niños ayacuchenses. Un tal Berruti, cuyos negocios se encontraban al borde de lo legal (su cara más visible era un local de “regalos” en el que se vendían cuchillos y armas de fuego) y cuyo rudo hijo preadolescente era temido y respetado por el resto de los menores, se embarcaría en una nueva aventura: reabrir el abandonado cine “Nilo”. En los ochentas, contar con dos salas en un solo pueblo era como poseer una casa con dos piletas de natación: un lujo al borde de lo ridículo. Pero había más: las proyecciones incluirían una “matinée” (era la primera vez que escuchaba esa palabra) para niños. La idea de proyecciones para infantes era para mí algo raro y fascinante. Y no porque no supiera que existían, sino porque, como tantas otras cosas, “no habían llegado al pueblo”. Una nueva forma de divertirse se sumaría pronto a los circos, los desfiles, las domas o las exhibiciones de motocross.

Desde luego, todos estuvimos allí cuando llegó el día. La vieja sala del Nilo me pareció gigantesca, con techos que llegaban hasta el cielo e incontables asientos tapizados, curiosamente atornillados al piso (“para que no se los lleven”, me explicó un amigo). Todos los sábados por la tarde, durante años, el Nilo fue un lugar de asistencia perfecta para centenares de niños. Un extraño patio de recreo a oscuras, sin padres, maestros, curas ni profesores de educación física (aunque bajo la intimidante mirada de Berruti), con gigantescas imágenes desfilando en una de sus paredes y sonidos ensordecedores. Allí descubrimos películas como Superpolicía nuclear (Sergio Corbucci, 1980) o El gato que vino del espacio (Norman Tokar, 1978). Pero ni la ficción más salvaje le llegaba a los talones a los cortos de Tom y Jerry, con sus gags infalibles, su hipnotizante música incidental, sus trazos entre clásicos (Hanna y Barbera, producidos por Fred Quimby) y modernos (las genialidades de Chuck Jones). Ninguna de esas realizaciones, sin embargo, es la que más persiste en mi recuerdo. Como las películas se encontraban en un estado lamentable, al menos dos veces por función las cintas se trababan o cortaban. Berruti activaba entonces un segundo proyector que tenía cargado ad eternum con un extraño documental sobre la construcción de un acueducto en el desierto. En ese momento, se desataba el ritual: al ver los obreros, los tubos y la arena, como si se tratara de un mantra, todos silbábamos o gritábamos y arrojábamos golosinas contra la pantalla. No volví a experimentar un sentimiento similar de “hermandad en la masividad” hasta los pogos del rock under porteño durante mi adolescencia en los noventas.

Esta golden age del cine Nilo, sin embargo, duró poco. Pronto Berruti se cansó de los griteríos de ese kinder y encaró nuevas aventuras comerciales supuestamente más redituables y seguramente más acordes con su personalidad. Las funciones del sábado a la tarde se volvieron entonces repetitivas y erráticas. Nada de esto, desde luego, amedrentó a su público, que se congregaba fiel cada sábado, esperando que la función ocurriera. Si no, simplemente se trataba de caminar hasta la plaza más cercana. Pero lo que realmente acabó con aquellas matinées pueblerinas para (casi) siempre fue el contraataque de la TV. Por esa época, las repetidoras de Mar del Plata comenzaron a incluir en su grilla programas para niños como Telejuegos, que emitían los mismos cortos animados que habíamos descubierto en la oscuridad de la sala. Gachi Ferrari, Cecil Charré, el perro Alfonso y el robot “Tuerquita” unieron el mundo de los dibujos animados con el de la TV, las tardes, las meriendas y la vereda hasta la caída del sol. Ver dibujos animados por televisión era la prueba implacable de que el futuro había llegado a Ayacucho. El Nilo se convirtió así en algo del pasado, junto con los terrenos baldíos, las locomotoras de la estación o las mangas para ganado abandonadas.

Era aún un niño cuando abandoné Ayacucho con mi familia. Descubrí una Buenos Aires plagada de estímulos, pero recuerdo haber sufrido mucho la impersonalidad que todo lo atraviesa en una gran ciudad. Con todo, en lo que al cine se refiere, pude vivir los últimos coletazos de un mundo hoy desaparecido. Concurrí incontables veces al cine Capitol, al Grand Splendid, a los cines Santa Fe, más tarde al Studio y a muchos otros cuya ubicación podría describir con facilidad, pero cuyos nombres he olvidado.

Años después, cuando volví a Ayacucho por unos días, noté que el cine había sido recuperado una vez más, esta vez a manos de la cartera de Cultura de la municipalidad. En un esfuerzo por modernizarlo, habían reemplazado los carteles que decían “Cine” y “Nilo” por otros que rezaban “Cine” y “Arte”, confeccionados en una nueva chapa superpuesta, de color blanco, con unas letras amarillas que conjuraban la bufa monumentalidad de sus antecesoras. La iniciativa se agotó con el fin de aquella gestión política, y el cine volvió a hundirse en el oprobio. Pero una noche de tormenta, muy parecida a las que describe Baldomero Fernández Moreno, como si se tratara de un episodio bíblico, un rayo cayó sobre el cartel. La porción de chapa que decía “Arte” salió despedida y al otro día todos los habitantes de Ayacucho volvieron a ver las gruesas letras herrumbrosas de la palabra “Nilo”. Durante mucho tiempo nadie se atrevió a tocarlas.

//////////////////////

¡Tarántula! (The Giant Tarantula, 1955) | Jack Arnold

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Tal vez también puedas leer.